Los efectos de combatir la violencia con violencia

¿Cómo paramos la violencia, con más violencia?, ¿Militarizamos la seguridad pública y arreciamos la guerra contra el narcotráfico, con más balas, con armamento cada vez más pesado?, más aún, ¿hacemos justicia a las víctimas asesinando a los malos?

Por: Michael W. Chamberlin

A Susana

 

Javier[1] es un joven adolescente a quien la policía municipal le desapareció a su papá cuando tenía 8 años. Él piensa que la justicia es que todos los responsables de la desaparición estén muertos, e incluso pensó en algún momento en hacerse militar para cuando sea mayor salir a “cazar” a los responsables.

Según los datos más recientes del Registro Nacional de Personas Extraviadas y Desaparecidas  -que como se ha documentado no toma en cuenta todos los casos- a enero de 2018 hay 35 mil 482 personas desaparecidas en México. Detrás de cada persona desaparecida hay al menos 4 víctimas directamente afectadas por la desaparición, en un efecto de expansión en círculos concéntricos hacia familiares, amistades, allegados, etc. El número de víctimas por la desaparición de personas es incalculable en la actualidad.

Los familiares de las personas desaparecidas sufren[2] innumerables vejaciones. Como Javier, pierden rápidamente el patrimonio y el acceso a los servicios de salud, sobre todo cuando la persona desaparecida es el sostén económico de la familia; en otros casos, el acceso a la educación, a créditos, a los ahorros familiares y al trabajo; en no pocas ocasiones es causa del desmembramiento familiar. Según un diagnóstico hecho en Coahuila, por ejemplo, más del 66 % de los familiares de personas desaparecidas afirmó tener síntomas de enfermedad de manera posterior a la desaparición[3].

Javier perdió con la desaparición de su papá su patrimonio y su paz, tuvo que desplazarse con su familia a otra parte del país, dejando atrás amigos y una historia, pero no sólo eso, como secuela de la victimización dejó en Javier amargura, rencor y odio. En mi trabajo como asesor de familiares de personas desaparecidas me ha tocado conocer muchas historias terribles de desaparición, pero el drama se complejiza con casos de desesperación, dolor y tristeza. De primera mano he visto al menos a cuatro madres morir de tristeza y he conocido más de 10 casos de madres y padres asesinados mientras buscaban a sus hijos.

La desaparición del papá de Javier ocurrió en respuesta a una política de limpia de posibles miembros de otros carteles, en una época en la que todo aquel que trajera placas de otro estado era detenido y desaparecido por la policía municipal en colusión con la delincuencia organizada. Uno de los policías que detuvo al papá de Javier declaró no conocer al desaparecido y se limitó a señalar que él “sólo hacia su trabajo”. La rabia corre por las venas cuando uno escucha esta narración en boca de Javier y uno comprende su dolor. Si en la desaparición de su padre hubo un crimen banalizado -“yo sólo hacia mi trabajo”-, en Javier generó como daño adicional un odio y un rencor que lacera su corazón y se alimenta con los años por la falta de resultados en las investigaciones[4].

Cientos de miles de personas en México sufren por la desaparición, el secuestro, la trata de personas, el asesinato, la impunidad, la pérdida de sus bienes y el desplazamiento forzado, todos estos elementos que caracterizan la violencia en México. ¿Cómo paramos la violencia, con más violencia? ¿Militarizamos la seguridad pública y arreciamos la guerra contra el narcotráfico con más balas, con armamento cada vez más pesado? Más aún, ¿hacemos justicia a las víctimas asesinando a los malos?

No hay buenas razones para la violencia y por ello no hay violencia legítima[5]. Quien ejerce violencia no se distingue entre buenos y malos. La violencia no tiene lados, es sólo una bola de nieve que crece en la medida que la alimentamos. La única manera de parar la violencia es dejando de ejercerla, desmantelando las causas que la generan, como controlando las armas, desfondando el poder financiero de la delincuencia, acabando con la corrupción y la impunidad, en una lógica de seguridad ciudadana (contraria a la lógica de seguridad nacional o seguridad interior, que se enfoca en el mantenimiento del régimen, no en las personas) y reparando los corazones rotos que como Javier, anidan infelicidad, amargura y odio.

En el mismo sentido, la justicia tampoco puede ser fuente de violencia, por el contrario, la justicia debería ser fuente de reparación, incluso de los sentimientos de odio y de venganza que la violencia ha sembrado en los corazones de muchas víctimas. La justicia desde una perspectiva restaurativa debe poner su interés en la persona como fin último de la ley.

Javier piensa que la única reparación posible es que le devuelvan a su papá; esto es cierto parcialmente porque el daño está hecho y hay que sanarlo. Javier tiene derecho a saber el paradero de su papá, a que se esclarezcan los hechos, es decir, saber cómo y por qué pasó, y que se haga justicia haciendo rendir cuentas a los culpables, más aún, la reparación para las víctimas también consiste en recuperar su derecho a ser felices, su proyecto de vida y su paz interior. La justicia debe ser dirigida hacia esa reparación.

El 2017 fue el año de mayor número de asesinatos en México desde 2006 cuando comenzó la estrategia se seguridad de Calderón, sólo después de 2011, un año también prelectoral. Vivimos una época en la que no es posible ver una salida al túnel oscuro de la violencia. En medio de la confusión, no podemos perder el sentido de la justicia para las víctimas y desde las víctimas como una condición para la paz. Dejar crecer el odio es apostar a una inacabable violencia y a una vida de sufrimiento y dolor, un castigo perpetuado en las víctimas, e incluso a que se vuelvan victimarias.

 

* Michael W. Chamberlin es consultor en derechos humanos. Consejero de la CNDH.

 

 

[1] El nombre se ha cambiado para proteger la identidad de la persona. Se omiten también nombres de lugares y fechas para evitar la identificación del caso y una posible revictimización o estigmatización.

[2] ‘…todo acto de desaparición forzada sustrae a la víctima de la protección de la ley y le causa graves sufrimientos, lo mismo que a su familia´ Corte IDH. Caso Blake Vs. Guatemala. Fondo. Sentencia de 24 de enero de 1998.

[3] Según el Diagnóstico: “Las principales enfermedades que se han presentado después de la desaparición, son las siguientes en orden de incidencia: enfermedades crónico degenerativas como la diabetes, hipertensión, esclerosis, insuficiencia renal, Parkinson, Alzheimer y cáncer con el 25.07 %, le siguen las enfermedades gastrointestinales con 6.51 %, luego los trastornos emocionales como la ansiedad, depresión o trastorno bipolar con el 5.43 %, las adicciones con 1.8 %, así como otras enfermedades con 34.78 %.

[4] Según el Índice Global de Impunidad México 2018 (IGI-Mex) de la Universidad de las Américas, “México ocupa el cuarto lugar del Índice Global de Impunidad (IGI 2017) con 69.21 puntos (Croacia es el país con el menor índice con 36.01 y Filipinas el peor con 75.6). México encabeza la lista de países del continente americano con el más alto índice de impunidad”. Ver aquí.

[5] No confundir con el legítimo uso de la fuerza que las fuerzas de seguridad pueden ejercer únicamente para proteger y evitar un daño mayor. Sobre los Principios Básicos del empleo de la fuerza y las armas, ver aquí.

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