Renovación en el INEE

El futuro de la reforma educativa requiere de un organismo, independiente y autónomo, que pueda informar al público de manera oportuna y transparente si lo que se está haciendo funciona.

Por: Lucrecia Santibañez

El ejecutivo presentó hace unos días las ternas para sustituir a dos Consejeros integrantes de la Junta de Gobierno del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE). En juego está quiénes integrarán el INEE que dará la cara por la evaluación educativa ante un ejecutivo que puede ser muy diferente de lo que hemos visto hasta ahora. La decisión que enfrenta el Senado no es menor.

En el 2013, el INEE pasó de ser un organismo des-sectorizado a uno completamente autónomo (similar al INEGI o al INE). Investigadores, organismos de la sociedad civil, y el público en general aplaudió la autonomía del INEE. Darle poderes plenos al Instituto de cara a una ambiciosa reforma educativa con componentes técnicos importantes era un enorme paso adelante. La junta técnica se conformó por personas respetadas incluyendo funcionarios anteriores y académicos distinguidos en temas educativos. El presupuesto del INEE pasó de 200 y pico de millones de pesos en 2012 a más de 1,000 millones en el 2017. En el 2014 se cambiaron a un edificio más grande y moderno. El INEE se equipó con todo lo necesario para operar a nivel mundial, y librar las batallas que el interés de los niños, jóvenes, docentes y escuelas mexicanas requiriera. Batallas que, a mi juicio, han arrojado un saldo tibio para el INEE.

Si comparamos el INEE que se vislumbraba en el 2013 con el que tenemos en el 2018, hay algunos puntos destacables y otros más limitados. Se destaca el gran número de evaluaciones internacionales que se realizan, y que se hacen de manera oportuna y profesional. Destacan las diversas publicaciones y reportes con indicadores básicos del sistema educativo así como las bases de datos con resultados de evaluaciones nacionales e internacionales. Muchas de estas actividades continuaron la labor que realizaba el INEE antes de su reconstitución, y se siguen haciendo bien.

Donde el nuevo INEE ha tambaleado es en los temas que trajo la reforma. Como ejemplo está el tema de la evaluación docente. Ya sea por desacuerdos internos entre consejeros o por su naturaleza como organismo que diseña pero no implementa la reforma, la situación actual de la evaluación docente deja mucho que desear. Digo esto con base en una percepción informada de lo que está pasando y mi propio trabajo con docentes a lo largo del país. No cuento con datos duros porque, en general, hay poca información sobre si los instrumentos de la evaluación docente realmente funcionan para identificar a los “mejores” docentes, si los criterios de la evaluación se relacionan entre sí, si los instrumentos logran medir el perfil que se busca medir, etc.

Los candidatos a la Presidencia hablan de cancelar la reforma, o modificarla o anularla sin contar con los elementos para un juicio informado. Antes de defender a capa y espada o de darle carpetazo a la reforma, hay que entender de que estamos hablando.

Si el INEE o la SEP realizan estudios de validez interna de las pruebas o estudios sobre su impacto y validez predictiva sobre indicadores de aprendizaje u otros, no los conocemos. Lo que el INEE y la SEP publican y promueven son encuestas de opinión: qué opinan los de la evaluación, si les parece útil o no. Como no sabemos la tasa de respuesta o potencial sesgo de dichas encuestas, su utilidad es limitada. Se entiende que la SEP no quiera resaltar cosas que pueden no convenir a su agenda política. Del INEE, no.

La consecuencia es que llegamos a una elección Presidencial donde los temas de la reforma educativa se tienen que debatir en abstracto, porque no contamos con evidencias que permitan entender qué hemos logrado desde que se aprobó este monumental acuerdo político en 2012.

Y aquí es donde a mi juicio, el INEE necesita repensar su misión y su modus operandi.

El futuro de la reforma educativa requiere de un organismo, independiente y autónomo, que pueda informar al público de manera oportuna y transparente si lo que se está haciendo funciona. Necesita un INEE que tome el liderazgo en la parte técnica y que esté dispuesto a hacer las modificaciones que se requieran a la reforma para lograr que dé resultado, incluyendo la posibilidad de eliminar algunas evaluaciones para apuntalar otras. De lo contrario, incluso los que en este momento apoyamos la reforma vamos a comenzar a preguntarnos si vale la pena defender algo de manera tan categórica cuando no conocemos su impacto.

La reforma creó un INEE que tiene todo para poder lograr desempeñar un papel de primer nivel: autonomía, capacidad, y recursos. El Senado tiene ahora en su poder decidir para qué sirvió tanta inversión y qué clase de INEE queremos de cara a la nueva administración. ¿Un INEE cerrado o un INEE abierto? ¿Un INEE que toma la delantera y la iniciativa en el debate público o un INEE más cauteloso? ¿Un INEE que se concibe como un instrumento para la mejora de la toma de decisiones educativas en el país o como un hacedor de pruebas?

El talón de Aquiles de la reforma educativa es técnico, no político. Sin embargo, cualidades técnicas no es lo único que necesita el INEE en sus consejeros para funcionar como un agente de cambio en el país. El país necesita un INEE con virtudes técnicas y con una visión bien articulada del tipo de educación que queremos. Los consejeros del INEE deberán  tener la independencia necesaria y el valor para poder ejecutar esa visión.

El Senado debe apostarle a un INEE que refleje no solo solidez técnica, sino valor y perspectiva educativa. Un INEE decidido a librar las batallas que su constitución lo equipa para librar. De poco sirve el poder y la autonomía si no se utilizan para estar por encima de la coyuntura. De poco sirven si no se utilizan para dar pasos decisivos que nos lleven a una mejor educación para todos los Mexicanos.

 

* Lucrecia Santibañez es especialista en temas de política y evaluación educativa. Es Profesora Asociada en Claremont Graduate University. Fue anteriorment profesora del CIDE y Economista en RAND Corporation. Tiene un Doctorado en Educación y una Maestría en Economía por la Universidad de Stanford.

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