El señor de los chicharrones

A veces, estando en México, es difícil contemplar la cantidad de sacrificios y decisiones que los mexicanos viviendo en Estados Unidos tienen que hacer en sus vidas diarias.

Por: Miguel Guevara (@miguelguevaraii)

Crecí en Cuernavaca, Morelos. La secundaria a la que iba estaba lo suficientemente cerca como para ir caminando. Casi todos los días, antes de regresar a casa, me paraba en el puesto de la señora de los chicharrones. Ahí me preparaba unos chicharrones con salsa Valentina, sal y limón. Todavía recuerdo la emoción que sentía al escuchar la salsa escurrirse entre los chicharrones y hacerlos crujir. Mi boca salivaba, y los segundos que pasaban antes de comerlos se extendían sin fin. Disfrutaba inmensamente esos chicharrones; eran como una adicción, no podía dejar pasar un día sin comerlos y siempre trataba de esconder el hecho como si fuera un crimen. Cuando llegaba a casa y no tenía hambre, mi mamá me preguntaba: ¿comiste chicharrones otra vez?

Hace dos años llegué a California emocionado porque la comida mexicana es, supuestamente, la mejor de Estados Unidos. La verdad es que no es cierto. Sin embargo, me propuse encontrar buena comida mexicana. Mi formación ingenieril me llevó a atacar el problema de una forma metódica: hice una lista que saqué de Google Maps de los restaurantes mexicanos en el área y metódicamente fui a cada uno de ellos, casi siempre decepcionándome de no encontrar una salsa verde tan picosa o unos frijoles refritos con ese toque especial que tienen en México.

Ya había perdido la esperanza cuando un día, caminando, encontré al señor de los chicharrones. Desde que vi su puesto supe que era mexicano. Una sombrilla colorida sobre un carrito blanco lleno de delicatessen que solo los locales apreciamos a un primer vistazo: patas de cerdo, elotes, esquites, raspados, y chicharrones. Evidentemente probé los chicharrones, aunque sin tener muchas expectativas; ya me había hecho a la idea que nunca iba a encontrar algo parecido a los de mi adolescencia. Mientras la salsa escurría sobre los chicharrones haciéndolos crujir, mi cabeza se llenaba de imágenes y recuerdos de Cuernavaca y mi cerebro empezó a liberar altas dosis de dopamina.

No lo pude creer cuando mordí el primer chicharrón: la textura era perfecta, la salsa era deliciosa, y el jugo de limón era de verdad (no embotellado). Había alcanzado un nirvana con estos chicharrones perfectos.

Desde entonces se me volvió un ritual visitar al señor de los chicharrones todos los domingos. Su hija ya sabía lo que iba a pedir cuando me acercaba al carrito: ¡con mucha salsa!, ¿verdad?

Descubrí que el señor de los chicharrones vendía afuera de una escuela entre semana y mi adicción de la juventud regresó. Todos los días saliendo del trabajo no podía llegar a casa sin antes pasar por unos chicharrones. Fue así que empecé a conocer al señor y su familia. La esposa del señor hace los chicharrones todos los días, no los compran a un proveedor a granel y ellos, en su casa, los cocinan. Son sin duda los mejores en Estados Unidos.

El señor de los chicharrones es originario de Oaxaca y tiene varias hijas, algunas de ellas nacidas aquí, en Estados Unidos. Lleva más de 20 años en este país, pero hace más de 14 que no va a México. Todas las veces que ha viajado entre México y Estados Unidos lo ha hecho de forma ilegal. No va a nuestro país desde que las medidas de seguridad en la frontera se endurecieron.

Un día fui rutinariamente a comprar chicharrones. El señor no estaba y su hija atendía el carrito. Mientras comía pasaban personas a hablar con la hija y le decían que cuidaran mucho a su papá, que lo ayudaran en esos momentos.

Una semana después me enteré que la mamá del señor había fallecido, supongo en Oaxaca (de donde él es originario). El señor de los chicharrones no fue al funeral de su madre. Entonces me di cuenta que el abismo de oportunidad y privilegio que cruzaba nuestras vidas era infinitamente mayor al carrito que nos separaba en ese momento. Si algo así me hubiera sucedido, yo habría podido tomar el siguiente avión a México. En el universo de lo posible del señor de los chicharrones, esta no era siquiera una opción: tenía que escoger entre ir al funeral de su madre y no poder regresar, o quedarse en los Estados Unidos para cuidar de sus hijas.

En mi día a día en Estados Unidos me encuentro con muchos mexicanos que trabajan arduamente. Muchos de ellos haciendo limpieza en hogares, como meseros, como cocineros o jardineros. Hay más de 5 millones de mexicanos viviendo “ilegalmente” en este país. Me imagino que muchos de ellos habrán vivido decisiones difíciles como las del señor de los chicharrones.

A veces estando en México es difícil contemplar la cantidad de sacrificios y decisiones que los mexicanos viviendo en Estados Unidos tienen que hacer en sus vidas diarias. El señor de los chicharrones vive en algo que se parece a una cárcel, de la que no puede salir para ir al funeral de su madre. Muchos paisanos viven en una situación parecida.

Acabé de comer mis chicharrones y me despedí del señor. Regresaría al día siguiente a comer más chicharrones y a seguir pensando sobre el abismo de oportunidades que nos separa.

 

* Miguel Guevara originario de Cuernavaca, Morelos. Es Ingeniero en Telecomunicaciones por la UNAM. Realizó estudios de posgrado en la escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard.

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