Los candidatos y la lucha contra la impunidad

El primer debate presidencial nos dejó un mensaje claro: ni una biografía impoluta, ni las capacidades retóricas extraordinarias de un candidato, bastarán para ganar la elección.

Por: Guillermo Trejo

Si hay algo que queda claro en esta elección presidencial es que las principales preocupaciones del electorado mexicano giran en torno a la inseguridad y corrupción, y la impunidad que las alimenta. Hasta antes del primer debate presidencial, la credibilidad de los candidatos orientó las preferencias electorales en estos temas. Por ello Andrés Manuel López Obrador va a la cabeza. Pero el debate nos ha dejado una lección: la credibilidad no será suficiente para ganar la elección; se necesitará de ideas y proyectos claros que nos ayuden a los mexicanos a pensar cómo salir de esta larga noche de corrupción y violencia en la que estamos atrapados. Quien con credibilidad y proyectos serios abandere la lucha contra la impunidad ganará la elección. La pregunta es quién tomará la bandera.

Tras décadas de mostrarse como un político austero y de denunciar sistemáticamente a una clase política corrupta, AMLO tiene un enorme acervo de credibilidad en el electorado. Por más que José Antonio Meade se esmere en fincarle a López Obrador cargos de nepotismo y corrupción, la denuncia es estéril viniendo de un candidato que está parado en casos impunes como #LaEstafaMaestra. Y siendo que AMLO parece no tener esqueletos en su armario, el intento reiterado de equipararlo con la clase política priista es un esfuerzo que se antoja inútil. AMLO será un “mesías tropical”, pero no es un político corrupto.

En contraparte, y a pesar de su enorme credibilidad ante el electorado, el debate nos mostró a un AMLO que carece de ideas claras de cómo enfrentar a los tres jinetes de la impunidad –la corrupción, la criminalidad y las graves violaciones de derechos humanos. Insistir que con su biografía sanará al país ya no alcanza. Y sin mayor sustento, la idea de la amnistía se antoja indefendible.

Para ganar la elección presidencial, AMLO tendrá que abrirse al diálogo con la sociedad civil y con una serie de propuestas que vienen madurando ya de mucho tiempo. Es una agenda que incluye por igual reformas institucionales como la de una fiscalía autónoma y medidas extraordinarias como una comisión de la verdad y un mecanismo internacional de combate a la impunidad, como la CICIG de Guatemala. Si quiere la paz, AMLO deberá replantear la solución, empezando con un amplio proceso de justicia transicional que incluya mecanismos extraordinarios de verdad y justicia, y amnistías selectivas que sean compatibles con normas internacionales. AMLO y sus asesores avizoran este escenario, pero creen que esta discusión se puede postergar hasta el 1 de julio. El debate dejó claro, sin embargo, que al postergar estas definiciones, López Obrador corre el enorme riesgo de que su principal contrincante lo alcance, como sucedió en 2006.

Ricardo Anaya, a diferencia de AMLO, tiene poca credibilidad pero ha expresado algunas ideas embrionarias en materia antiimpunidad. Anaya ha balbuceado la necesidad de una comisión de la verdad sobre corrupción –¡sin pronunciarse sobre derechos humanos!– y ha enunciado tímidamente su anuencia por un mecanismo internacional tipo CICIG. Pero en el debate presidencial no dijo ni pío sobre verdad y justicia ni sobre mecanismo internacional alguno. Puesto que Anaya firmó el Pacto por México encabezado por el presidente Peña Nieto, será difícil persuadir al electorado de que él no es parte de la clase política responsable de la grave crisis de inseguridad, corrupción y derechos humanos que tiene postrado al país. Una forma de remontar este déficit de credibilidad sería con ideas audaces y compromisos creíbles –abrazando una agenda seria antiimpunidad que deje claro que ya quemó sus naves con el PRI y que tiene una ruta clara de cómo lograr la paz y construir un auténtico estado democrático de derecho. Si Anaya no le da contenido pronto a sus enunciados iniciales, difícilmente pasará del 25 % de preferencias electorales y su elocuencia mostrada en el debate pronto sonará a demagogia política.

El abanderado del PRI, José Antonio Meade, y la independiente Margarita Zavala, carecen de credibilidad y de ideas. Ante los más de 120,000 muertos en conflictos asociados a las guerras del narco y del Estado contra el narco, lo más de 30,000 desaparecidos y los cientos de periodistas, alcaldes, candidatos políticos y líderes sociales asesinados desde 2006, ni Meade ni Zavala han sido capaces de verbalizar la más mínima crítica de un modelo de seguridad que ha convertido al país en una gigantesca fosa clandestina. Por ello, entre los dos apenas sobrepasan el 20 % de las preferencias electorales –el nivel de aprobación presidencial de Peña Nieto.

Los comunicólogos dicen que una imagen vale más que mil palabras. Comparto con los lectores una gráfica que retrata mi argumentación. A partir de los principales ejes de la competencia electoral en el 2018 –el eje impunidad/antiimpunidad y el eje económico de izquierda/derecha–, la gráfica identifica la posición de los principales candidatos e identifica al centro del círculo la posición del votante mediano –el votante prototípico de esta elección.

Gráfica: Guillermo Trejo.

Como se puede apreciar en la gráfica, sin credibilidad y con una agenda pro-impunidad, Meade y Zavala se encuentran muy lejos del votante mediano. La escasa cosecha de Meade es voto duro priista y lo de Zavala es name recognition. Con poca credibilidad y algunas ideas, Anaya está más cerca del raudal de votantes. Pero si quiere realmente pelearle la presidencia a AMLO, Anaya tendrá que abanderar de forma creíble la lucha contra la impunidad. Con credibilidad, pero con ideas poco precisas, en este momento AMLO es el candidato más cercano al votante mediano, aunque todavía no concreta una victoria. Para ganar, en lugar de correrse a la izquierda en lo económico, tendrá que liderar con propuestas claras y de cara a las víctimas la lucha contra la impunidad, antes de que Anaya le robe la bandera.

El primer debate presidencial nos dejó un mensaje claro: ni una biografía impoluta, ni las capacidades retóricas extraordinarias de un candidato, bastarán para ganar la elección. Siendo que las preocupaciones del electorado están claramente decantadas, el candidato que más pronto deje de mirarse al espejo y de forma creíble abandere una revolución moral de construcción de paz y de lucha contra la impunidad, se alzará con la victoria. Estamos ante una elección histórica que nos ofrece la inigualable oportunidad de transitar a una auténtica democracia liberal fincada en un estado democrático de derecho; la pregunta es quién de los candidatos opositores sabrá entender el momento histórico y actuar en consecuencia.

 

* Guillermo Trejo es Profesor de Ciencia Política de la Universidad de Notre Dame y fellow del Kellogg Institute for International Studies.

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