La encrucijada inglesa ante la Copa Mundial

¿Sería un boicot inglés al mundial de Putin un acto inapropiadamente político dentro del ámbito deportivo, o una acción congruente con el hecho de que un Mundial organizado por Putin es ya, por definición, una puesta en escena netamente política?

Por: Andrés Martínez

Las tensiones entre Rusia y Gran Bretaña se acentúan cada día más. Esto, a raíz del silencioso ataque contra un exespía ruso en territorio inglés el mes pasado y del más reciente bombardeo Aliado en Siria, actos que han desatado un debate incómodo en Londres. Con miras a la próxima Copa Mundial de Futbol en Rusia este verano, la discusión recuerda a “Hamlet”, de William Shakespeare: To boycott or not to boycott?

El gobierno de Theresa May expulsó a 23 diplomáticos rusos, medida simbólica que fue respondida de manera recíproca por su contraparte Vladimir Putin. Pero un movimiento más evidente sobre el escenario –para dañar a Putin– sería atacar su Mundial, considerando el alto valor propagandístico que este evento representa para su régimen. De ahí los llamados a boicotear la justa mundialista.

Sin embargo, el debate resulta incómodo por dos razones. Para empezar, no existe un consenso académico claro sobre la relación entre la política y el deporte. A algunos nos agrada cuando los atletas alzan la voz a favor de causas sociales y en contra de injusticias, pero nos genera rechazo que un gobierno enturbie con política exterior una cita deportiva global.

¿Sería un boicot inglés al mundial de Putin un acto inapropiadamente político dentro del ámbito deportivo, o una acción congruente con el hecho de que un Mundial organizado por Putin es ya, por definición, una puesta en escena netamente política?

La historia reciente no es una guía muy confiable en este tema. El boicot organizado por los Estados Unidos a la Olimpiada de 1980 en Moscú –en protesta por la invasión soviética de Afganistán, cita a la que Gran Bretaña sí envió atletas– de poco o nada sirvió para modificar el actuar del Kremlin. Pero sí destruyó los sueños de toda una generación de atletas olímpicos estadounidenses.

Por otra parte, vista en retrospectiva, la decisión de los Estados Unidos de asistir a la Olimpiada de Berlín presidida por Adolfo Hitler en 1936 no luce muy acertada. ¿Y qué decir del Mundial de 1978, jugado en la Argentina en plena Guerra Fría?

Recientemente el canciller británico Boris Johnson empañó aún más el ambiente al comparar el Mundial de Putin con la Olimpiada de Hitler, pero agregando de inmediato que un boicot a la cita no se puede contemplar porque castigaría demasiado a los fans ingleses.

He ahí la segunda razón por la cual resulta tan inconveniente el debate alrededor del boicot: les dolería mucho más a los ingleses que a Rusia (sobre todo si otras selecciones deciden no unirse al bloqueo). Resultaría difícil para cualquier país calificado retirarse de un Mundial, pero es completamente inconcebible en el caso inglés.

Inglaterra se percibe como padre del deporte, y está traumatizado por no haber ganado una Copa Mundial desde 1966. Cuatro años antes de cada decepción, los fans se animan a soñar que este será el Mundial en el que se apoderarán de nuevo del que consideran su deporte. Un boicot al Mundial seguramente causaría disturbios sociales.

Dada esta realidad, el gobierno británico ha propuesto un “boicot de Estado”. Participarán los jugadores y los fanáticos, pero no asistirá ninguna delegación oficial. Así, el príncipe William tuvo que cancelar su viaje. Es este esfuerzo al que muchos otros países sí se están sumando, lo que significa que Putin no estará acompañado de muchos jefes de Estado.

Pero el gobierno inglés tiene otra opción futbolística más para herir a Putin, ya que hay varios billonarios rusos (cercanos al mandatario) que son dueños de equipos en la prestigiosa Liga Premier; escuadras que se cuentan de entre los trofeos más valiosos adquiridos por la fuga de capital ruso hacia lo que algunos llaman “Londongrad”.

De estos, el baluarte más notable es el Chelsea de Roman Abramovich. El empresario, beneficiario de licitaciones petroleras del Estado ruso, adquirió la escuadra en 2003, pero bajo la ley inglesa el gobierno aún podría abrir una investigación para ver si la transacción involucró “riqueza inexplicable”.

Poner en riesgo el patrimonio del círculo cercano a Putin sería una manera tangible y real de castigar al régimen de Moscú, aunque también habría intereses comerciales ingleses perjudicados, sin mencionar a los fans del Chelsea, por supuesto. Al final, resulta que cuando se trata de futbol nada es meramente simbólico, aunque esta opción sería menos apocalíptica para los ingleses que cancelar de tajo el Mundial.

 

* Andrés Martínez es asesor especial del Presidente de la Arizona State University, Michael Crow, y profesor de la Walter Cronkite School of Journalism and Mass Communication.

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