Elecciones y fútbol: la objetividad hace la diferencia

No es nada nuevo que el ánimo de los mexicanos se verá afectado por los resultados de la selección los días 17 de junio (contra Alemania), 23 de junio (contra Corea del Sur) y 27 de junio (contra Suecia). Después de esas fechas todo es incierto excepto que, antes del cuarto partido tendremos resultados electorales.

Por: Gerardo Franco

Dos eventos compartirán la atención de los mexicanos en los próximos meses. Por una parte, el proceso electoral en el que votaremos por 629 cargos de elección a nivel federal, así como ocho gobernadores, un jefe de gobierno, 16 alcaldías, mil 596 ayuntamientos y 972 diputados locales. Tan solo para las elecciones federales los partidos políticos recibirán en 2018 la cantidad de 6 mil 702 millones de pesos que, sumados a los recursos del Instituto Nacional Electoral y del Tribunal electoral, resultan en 28 mil millones de pesos.

Por otra parte, el Mundial de Rusia 2018, que iniciará el 14 de junio, tendrá la participación de 32 selecciones, 736 jugadores, técnicos y muchos, muchos espectadores. No es nada nuevo que el ánimo de los mexicanos se verá afectado por los resultados de la selección los días 17 de junio (contra Alemania), 23 de junio (contra Corea del Sur) y 27 de junio (contra Suecia). Después de esas fechas todo es incierto excepto que, antes del cuarto partido tendremos resultados electorales. De cumplirse el ideal de llegar al quinto partido, México recibirá aproximadamente 320 millones de pesos, pero, sobre todo, el orgullo de estar dentro de los ocho mejores equipos.

La provocación entonces para comparar el fútbol con las elecciones no se hace esperar.

Los equipos

La liga mexicana de fútbol está compuesta por 18 equipos, sin embargo, solo unos cuantos logran impactar en el gusto de la gente, generar afición y la fidelidad incondicional de la fanaticada. De igual manera, los partidos políticos, ya sea por ellos mismos o en coaliciones, son quienes agrupan la mayor parte de la intención de voto. En las pasadas elecciones, los tres principales partidos acumularon el 95% de la votación.

Al igual que en el proceso electoral, la Liga MX prevé el ascenso de nuevos equipos de entre quienes participan en la Liga de Ascenso; sin embargo, la oportunidad de acceder al “máximo circuito” no se fundamenta únicamente en el mérito sino en otros factores vinculados con el poder económico, incluida su capacidad de asegurar una adecuada afluencia a los estadios. Así, ni los Alebrijes de Oaxaca ni los Cafetaleros de Tapachula podrán participar en la Liga MX, aun cuando ambos equipos ganaron su derecho a disputar el boleto tras ser los campeones de los torneos de apertura 2017 y clausura 2018 respectivamente.

Sobra decir que tampoco veremos en la boleta electoral a María de Jesús Patricio Martínez, Marichuy, candidata presidencial por parte del Congreso Nacional Indígena y una legítima vocera de los problemas que viven los pueblos originarios.

Los espectadores

Muchos hemos visto un partido de fútbol en la televisión y sabemos que, conforme el final del torneo se acerca, la audiencia se incrementa y, casi siempre, logra su máximo durante la transmisión del partido por el campeonato. Otros partidos de gran interés son los denominados “Clásicos” que son juegos en los que se enfrentan equipos de tradición. Finalmente, cuando una temporada está resultando ganadora para algún equipo, es común que atraiga a nuevos espectadores que eventualmente se convertirán en aficionados.

Desde mi punto de vista, estos juegos de grandes audiencias son comparables con las campañas electorales “ganadoras”, los debates y la última semana previa la jornada electoral, que son el espacio para atraer a los nuevos votantes o a los indecisos. Pero cuidado, de la misma forma que no todos desfrutan del fútbol, la exposición excesiva puede llevar al hartazgo.

Los aficionados

Originalmente la afición a un equipo se fundamentaba en la representación que ese equipo tenía de su comunidad. No es de sorprender que, en Hidalgo, los Tuzos del Pachuca sean el equipo que más seguidores tenga, digamos que no ha enfrentado competencia en el estado. En Jalisco, en cambio, la competencia es mayor y existe afición del Atlas, del Guadalajara, etcétera. En lo electoral, Hidalgo ha sido gobernado por un solo partido, mientras que la historia ha sido distinta en Jalisco.

Actualmente existen otros factores que hacen que entreguemos nuestra lealtad a uno u otro equipo: Las preferencias de la familia, la primera visita a un estadio, un jugador emblemático, una o varias temporadas exitosas, etcétera. Dejo ahora al lector reflexionar sobre su decisión de voto; yo honestamente, en estas elecciones asignaré por vacuidad un peso menor a la calidad de las propuestas de los candidatos.

Baste tomar como ejemplo la afición de Germán Dehesa y su lealtad a lo largo del tiempo (“ser Puma es irrenunciable”). Así es para cada uno de los aficionados de cada uno de los equipos. No basta un mal juego, una mala jornada o las acusaciones por juego sucio para cambiar lo que nuestro corazón siente.

Los fanáticos

Por desgracia del fútbol (y de las elecciones) existe también el fanatismo, que la Real Academia Española define como el apasionamiento y la tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones. Envuelto en una irracional y tenaz defensa de su equipo, el fanático es aquel que ha dejado de mirar objetivamente los aciertos y errores de su equipo y lo defenderá de la más mínima crítica por parte de los aficionados de cualquier otro club.

Entre estos fanáticos no existe remordimiento alguno si, para ser campeones del mundo, tuvieron que recurrir a “la mano de Dios”; llamarán cerdo al defensor del equipo contrario en todas las entradas “a balón dividido”; sentirán que el árbitro y todos los equipos están en su contra y es porque “los odian más”. Ellos dan la bienvenida a los “refuerzos” y le gritan improperios a quienes continúan su trayectoria en otros clubes. Con ellos no es sano habar de fútbol ni de política.

Los jugadores y el director técnico

Son los actores reales en el fútbol. Son quienes ganan o pierden partidos dependiendo de su desempeño y el del oponente. Algunos provienen de “la cantera”, otros fueron contratados por el equipo con base en sus necesidades y las habilidades del jugador. Pueden ser aficionados, incluso fanáticos, pero ante todo son “profesionales”.

Durante el juego, estas personas proponen, arriesgan, se comprometen y exponen tanto su físico como su reputación. Algunos practican el juego limpio, otros incluso tienen por costumbre morder a sus oponentes (Luis Suárez, por ejemplo). Pero además de su comportamiento en la cancha, estos jugadores, directores técnicos, candidatos o integrantes de los equipos de campaña deberían observar un adecuado comportamiento fuera del estadio. Sus declaraciones de los partidos pueden generar un clima de tensión y rivalidad, a veces propiciada por la prensa y los medios de comunicación, pero también por sus propias expresiones en redes sociales. Si la objetividad ha dejado de ser un atributo rentable, al menos que sus declaraciones no sean un llamado a la violencia.

En esta recta final de las campañas las propuestas han pasado a segundo término, es mucho más frecuente encontrar ataques de uno a otro bando. El fanático que todos llevamos dentro se apodera de nuestra objetividad y nos hace escribir barbaridades en las redes sociales y distanciarnos de quienes opinan distinto.

La gran diferencia

Al término del torneo de fútbol, el equipo vencedor levanta la copa, sus aficionados se embriagan de alegría por algunos días; los jugadores, además, toman unos días de vacaciones y regresan para iniciar un nuevo torneo, con nuevas esperanzas para todos, incluso para el Atlas.

Por el contrario, al término de la jornada electoral, el ganador deberá gobernar el país durante seis años. Del ganador o la ganadora esperamos: que gobierne para todos los mexicanos, sin importar el partido por el que cada uno votó; que sea tolerante y receptivo a la crítica, pues los aficionados y fanáticos conservarán sus preferencias y, muy importante, que retome la objetividad perdida en el proceso electoral. Las evaluaciones son un medio para mejorar el desempeño del gobierno y son coordinadas desde el Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (Coneval) y las Unidades de Evaluación en las dependencias, pero de nada servirán si quienes están al frente del gobierno conservan las actitudes propias de la campaña.

La pérdida de objetividad en la ciudadanía, sean espectadores, aficionados o fanáticos, distorsiona las posibilidades de una adecuada elección entre las alternativas actuales. Sin embargo, la pérdida de objetividad en los equipos de gobierno reduce los espacios de mejora y abre la brecha entre la realidad de los gobernantes y la de los gobernados.

 

* Gerardo Franco es Investigador principal de Rimisp – Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural en la oficina para México y Centroamérica. [email protected]

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