Displicencia burguesa

Como temía el padre de Octavio Paz, la indiferencia engendra hijos aislados de la realidad, es decir, carentes de sentido comunitario. Y sin comunidad no hay nación, menos todavía cuando los más aptos para construirla –los más fuertes e instruidos– se esconden.

Por: Pablo Majluf

En la memorable entrevista que le hizo Soler Serrano en 1977, Octavio Paz contó que su padre no lo inscribió en una secundaria privada porque no quiso aislarlo del México real. A juzgar por las palabras escogidas –y podemos suponer que nuestro poeta no hablaba, como la mayoría de nosotros, al azar–, el temor de su progenitor era más a la tradicional displicencia de la burguesía mexicana, que a malcriarlo con un privilegio, aunque ambos temores estuvieran relacionados.

Esa decisión se tomó ya consumada una Revolución que no había logrado disipar aquella displicencia arcaica sino apenas transformarla. En el porfirismo, dicho desdén se había cristalizado en un interés por el cosmopolitismo europeo y el abandono de lo mexicano, sobre todo del pasado indígena. La Revolución recuperó esa mitología, pero a cambio la displicencia de la burguesía se materializó en un desinterés total por lo público y la política.

Y es que la vieja burguesía que subsistió, comenzó a considerar a la política un muladar de la clase ascendente. Porque esa nueva clase no era propiamente alta, pues no sólo venía de abajo, sino que trepaba a la política para aburguesarse mediante el robo del erario. Y cuando finalmente lo conseguía –pasadas varias generaciones– adoptaba la misma displicencia.

Así, tuvimos una burguesía que no se inmiscuía mucho en política, no se diga en asuntos militares. Y no me refiero a los grandes empresarios, porque ellos eran inevitablemente actores políticos, además de que se hicieron ricos en buena medida al amparo del poder. Me refiero, sobre todo, a la burguesía subrepticia que se escondía en nuestras ciudades y apenas acudía a las plazas públicas.

Esa burguesía distante y displicente aún vive –para su propia desgracia–, pero se desvela un cambio. A la sombra de la polarización clasista de López Obrador, acaso atestiguamos su renacimiento político, o mejor dicho, su politización. Ciertamente ha habido una respuesta sin precedentes, un involucramiento. Más allá de los desplegados de los últimos días contra López Obrador, hay una indignación inédita que puede transformarse en participación política.

Debe hacerlo, pues cuánto le ha costado a México su burguesía tan despolitizada y apática: tal vez justamente la división clasista que sufrimos hoy –y de la cual López Obrador medra–, porque, como temía el padre de Paz, la indiferencia engendra hijos aislados de la realidad, es decir, carentes de sentido comunitario. Y sin comunidad no hay nación, menos todavía cuando los más aptos para construirla –los más fuertes e instruidos– se esconden.

Pero entonces debe ser un salto generoso e inteligente (no es consejo sino deseo). No debe morder los anzuelos. El provocador busca azuzar el odio para confirmar la retórica, buena parte de la cual es una caricatura, pero como tal, descansa en cierta realidad – y por eso es efectiva. En ese sentido, aunque haya comenzado con una indignación justificada, la politización de la clase alta debe fundarse forzosamente en un cambio intrínseco… de conciencia, que, contrario al discurso maniqueo del demagogo, ofrezca verdadera inclusión. Y ello implicaría renunciar a muchas actitudes deplorables, de las cuales la displicencia es acaso la menor. Lo contrario –una política, por ejemplo, reaccionaria, o hacer de esta elección un plebiscito clasista desde arriba– sólo confirmaría la arenga.

Dicen que únicamente la burguesía puede hacer las verdaderas revoluciones. Bueno, para la mexicana ahí está su oportunidad histórica, no importa quién gane la elección. De hecho, si la gana López Obrador, más clara aún la invitación. Desperdiciarla sería la mayor displicencia y le daría otro largo aliento al populismo.

 

* Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia.

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