Otro giro de ruleta electoral

Hasta ahora no ha habido fuerza humana capaz de destrabar el nudo creado históricamente entre grupos sociales creados por el Estado, corrupción institucional, un capitalismo de clientelas protegidas y una sociedad que, a fuerzas de descreimiento, ha dejado de creer en sí misma.

Por: Ugo Pipitone

 

El único objetivo del zarismo es el zarismo; gobierna por gobernar.

Aleksandr Herzen, 1851.

 

Tiempo congelado en una ficción sexenal que nos encierra entre esperanzas y frustraciones. Atlas histórico a la mano, México es uno de los países con más paciencia en el mundo, hasta cuando la pierde, lo que ocurre en promedio una vez cada cien años. Pero a la vista de los resultados acumulados en el tiempo no hay razones para desear otra explosión revolucionaria. A pesar de lo cual hay sobradas razones para cuestionar y reformar en profundidad sistema político, reglas institucionales y política económica que nos han conducido hasta aquí. Un lugar con más de 50 millones de pobres, instituciones corroídas entre inoperancia y corrupción, decenas de miles de desaparecidos, millones de desplazados por la violencia, fosas comunes clandestinas y, para limitarnos al presente, 80 homicidios al día que un Estado en harapos no puede contrastar. Un boletín de guerra con un persistente derrotado: el pueblo de México.

¿Hay alguna razón para suponer que desde que un partido-Estado (lo de institucional siempre fue una burla involuntaria y sobre lo revolucionario sobran las palabras) está al gobierno, este país ha desarrollado algún rasgo que lo aventaje respecto a sus mayores vecinos regionales en democracia, bienestar social o calidad institucional? Habrá que dejar la respuesta a los especialistas en cortar un cabello en cuatro, pero a una primera (y segunda) mirada no parece haber nada que nos distinga positivamente de países como Brasil y Argentina para no hablar de Costa Rica, Uruguay o Chile que desde hace tiempo (a pesar de Bordaberry, Pinochet y demás desgracias) están un peldaño delante de nosotros en todo lo que concierne la calidad de la vida colectiva.

En nombre del pueblo (siempre en su nombre, como en tiempo de Porfirio Díaz) generaciones de “revolucionarios” construyeron un sistema único -en la región y en el mundo- de corrupción e impunidad política, manipulación social y connivencia con una burguesía empresarial sin sentido de responsabilidad cívica. Pieza a pieza, con la retórica nacional-revolucionaria, se ha forjado un laberinto de pobreza y centros comerciales, funcionarios venales y, ahora, para demostrar que a lo peor no hay límites, la tormenta de delincuencia que asola el país.

Un pueblo que se desangró en la esperanza de una vida mejor perdió la confianza en el camino y terminó por tolerar generaciones de arribistas y unos que otros políticos bienintencionados (y desorientados) que, en nombre del nacionalismo revolucionario, terminaron por forjar un sistema político fingidamente democrático y una de las sociedades más desiguales del mundo. Y hasta ahora no ha habido fuerza humana capaz de destrabar el nudo creado históricamente entre grupos sociales creados por el Estado, corrupción institucional, un capitalismo de clientelas protegidas y una sociedad que, a fuerzas de descreimiento, ha dejado de creer en sí misma.

Nos hemos acostumbrado a la miseria política y humana que nos rodea como si fuera parte de una antropología mexicana ya sólidamente incrustada. Y de ahí surge una retahíla de preguntas. ¿Nos merecemos que cerca de la mitad de los habitantes de esta tierra vivan en condiciones de pobreza y que ellos y los demás subsistan en condiciones de angustia permanente y con el mayor consuelo del embrutecimiento televisivo o alcohólico? ¿Es esto lo que nos tocó por ser una sociedad con pocas organizaciones autónomas y con un partido-Estado sin control social? Habría que pensarlo seriamente. ¿También nos merecemos 80 homicidios al día, decenas de miles de desaparecidos y multitud de hombres del Estado coludidos con la criminalidad? Digámoslo de prisa: el castigo ha sido superior a la culpa. Y el resultado es hoy una criminalidad que quita aire y futuro a este país. A partir de algún momento en las últimas dos décadas, fragilidades civiles acumuladas han abierto esta sociedad a una pesadilla criminal entre instituciones en inacabada descomposición.

En México 93 % de los delitos no son denunciados por sus víctimas y una cifra similar abarca el universo de la impunidad. Una tragedia nacional que avanza con una clase política cuyas proclamas electorales buscan encubrir con sus vaniloquios el lamento de una colectividad indefensa. La política reducida a representación teatral donde se exhiben las ambiciones de algunos frente a las impotencias de todos. Hay material de sobra para el populismo, para la búsqueda del milagro a la vuelta de la esquina, algo que tiene una lejana semejanza con el fanatismo religioso en aquellas partes del mundo donde la realidad cotidiana no permite otras formas de esperanza.

México es un país atrasado, pero nuestro peor atraso, aunque no sea fácil asumirlo, es más profundo en las instituciones que en la economía. Hagamos un simple ejercicio. Consideremos treinta países del mundo con ingresos per cápita similares al nuestro y veamos, para cada uno de ellos, dos indicadores de calidad del Estado: el índice de percepción de la corrupción y el indicador del Estado de derecho. Comparando México con países de nivel económico similar descubrimos que (tomando como referencia los datos disponibles para 2016), sólo tres países están peor que nosotros (Venezuela, Líbano y Rusia) en el índice de percepción de la corrupción y sólo dos (Rusia y Venezuela) en Estado de derecho. ¿Qué más se necesita para reconocer dónde nos han llevado los herederos de una revolución que se suponía victoriosa?

Y frente a este desastre que ha madurado a lo largo de décadas, estamos envueltos ahora en un nuevo (empalagoso y angustioso) ciclo de renovación de la esperanza. Otra vez el circo ha abierto sus puertas y cada quien puede admirar las maromas inverosímiles, las promesas a base de “ahora sí”, “nunca más”, “este es el momento” y todo el repertorio cansado y repetido mil veces en que nadie cree, aunque muchos pretendan hacerlo entre intereses furtivos y cerros de ingenuidad y desatención. ¿Quiénes son los contendientes?

Por parte del PRI ha sido tanto el desprestigio acumulado en el último sexenio que el partido tuvo que escoger a un técnico no encuadrado formalmente en el partido. Una figura opaca que no tiene nada que decir y, sobre todo, no tiene los menores instrumentos institucionales (dada la maquinaria partidaria corrupta e invertebrada que lo sostiene) para hacer creíble cualquier compromiso proyectado al futuro.

Por parte de la alianza PAN-PRD irrumpe con arrojo un joven candidato que podría incluso ser atractivo, si no fuera el heredero de dos gobiernos panistas que mostraron de sobra su pusilanimidad frente a la gigantesca tarea de iniciar la refundación de un Estado carcomido por décadas de simulación, inoperancia y corrupción endémica. Los millonarios mexicanos (incluido el candidato en cuestión) temen más cualquier movimiento brusco del timón que el curso apacible (y cargado de beneficios) que les ha garantizado tanto el sistema priísta como los otros partidos que (como PAN y PRD) lo pretendían reformar.

Y finalmente, AMLO, el vencedor in pectore, a su tercer intento. ¿Qué se puede decir del personaje? Cuando fue jefe de gobierno de Ciudad de México mostró tres aspectos dignos de atención. El primero fue que, en lugar que reformar un sistema de transporte público desastroso, optó por un segundo piso de vialidad que tenía la doble ventaja de complacer a los automovilistas y evitar negociaciones espinosas con los concesionarios del transporte público. Y es obvio que para comisionar obras públicas no se requieren hombres de Estado con habilidad de negociación y realización. Otra cosa digna de nota fue que en ocasión de la megamarcha de ciudadanos exasperados contra la violencia en la ciudad, lo mejor que se le ocurrió al susodicho fue esgrimir un supuesto intento de deslegitimación de su gobierno. La pantalla de alabanzas se había rasgado y emergía la petulancia conspirativa. La tercera anotación concierne a su convocación de conferencias de prensa cada mañana temprano para envolver en una nada poblada de palabras a algunos periodistas somnolientos que no podían entender qué hacían allí. En síntesis, el pasado no es especialmente esperanzador para el antiguo militante priísta de Tabasco convertido después en verdadero revolucionario.

Pasemos al presente. El candidato de Morena (un partido personal sin democracia interna) insiste en su honestidad como estandarte para agitar en cada ocasión. Lo que recuerda la escena final de Ivanov de Chejov cuando la novia crispada le pregunta al doctor, eterno moralista, “Que eres un hombre honesto lo saben todos. Pero, dime más bien: ¿entiendes o no lo que haces”? ¿Qué ha hecho hasta ahora el candidato de Morena? Ha embarcado en su buque electoral a todo y lo contrario de todo. Desde los conservadores del Partido Encuentro Social a la izquierda del Partido del Trabajo (favorable a de Kim Jong-un, para entendernos) y sindicatos notoriamente corruptos (y, obviamente, revolucionarios) como la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Un ecumenismo equívoco que encubre una terca voluntad de poder más que un proyecto de transformación nacional que, en efecto, no va más allá del estribillo atosigante de la denuncia de la “mafia del poder”. ¿Cómo se cambia este país entre sindicalistas corruptos, residuos de una izquierda estaliniana e integrismo religioso?

Un candidato a la presidencia de este país en un momento tan dramático de su historia debería esgrimir dos cualidades: inteligencia (lo que tiene poco que ver con la erudición y nada con el academicismo) y determinación reformadora. En ninguno de los dos aspectos AMLO parece descollar. Ni en la capacidad para indicar objetivos vitales de cambio ni en la disposición para aglutinar fuerzas sociales y políticas realmente interesadas en una gran alianza reformadora. Otra vez el país se enfrenta a una personalidad con muchas más palabras (poco articuladas) que ideas. Un candidato ininteligente y pávido que busca colaboradores de prestigio para encubrir su sustancial incapacidad política, salvo, naturalmente, en el manejo de una eterna campaña electoral. Sobre los otros dos candidatos (la esposa de un expresidente y otro expriista arrepentido) más vale tender un velo de humana piedad y ahorrar papel o impulsos electrónicos.

Bien, ¿y ahora qué? Ahora, en lo que a mí me concierne, estoy envuelto en tinieblas. Un futuro viable y, al mismo tiempo, deseable no está a la vista. Queda siempre la posibilidad que el horizonte se aclare inesperadamente a la vuelta de la esquina, pero después de decenios de esperar milagros sexenales hasta la esperanza se ha desgastado. No nos quedan que dos posibilidades, ambas azarosas y cada una de ellas cargada de posibles, y justificadas, objeciones. Cada una requiere algún olvido, digamos así, estratégico. La primera consiste en olvidar que el PAN es un partido de clases medias y elites que han mostrado a menudo mayor interés en la defensa de sus privilegios que en reformar un régimen basado en clientelas y control elitista del estado. Y cuando ese partido ha tenido ocasión de gobernar, entre 2000 y 2012, ha sido presa de un pavor escénico que lo ha orillado, a pesar de las declamaciones previas, a un súbito desfallecimiento. Votar Anaya supone olvidar la insignificancia pasada con el PAN al gobierno. La segunda opción consiste en desentenderse del hecho de que Morena y su candidato encarnan un estilo político que delega a una personalidad más que a programas e ideas consolidadas la corrección del rumbo agotado del nacionalismo revolucionario mexicano. Votar AMLO supone olvidar el potencial de populismo mesiánico de una personalidad, por otro lado, anodina. Cada quien decidirá el primero de julio qué prefiere olvidar. De cualquier manera, el alba de un nuevo sexenio no se anuncia con colores brillantes.

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