El mal (tal vez) menor y una tenue esperanza

Ninguna de las opciones electorales que se ofrecen en estos momentos expresa un alto grado de conciencia acerca de la necesidad de cambiar rumbo frente a una tradición secular de presidencialismo mesiánico y de impunidad político-administrativa.

Por: Ugo Pipitone

Quizá todo sistema político sea un entramado de mitos, simulacros y tradiciones depuradas de vergüenzas. Aun así, el sistema político mexicano ha establecido una marca mundial en materia de separación entre narrativa institucional y realidad social. Lo que abre una cuestión: ¿cuánto puede subsistir un régimen político que enmascara la realidad bajo disimulo y retórica, sin contaminar las fuentes a través de la cuales una sociedad se renueva reconociendo sus limitaciones y tareas incumplidas? Mentirse a sí mismo puede permitir gobernabilidad, no progreso. Lo cierto es que cuanto más se prolongue una cultura institucional que exorciza discursivamente aquello que no sabe remediar, tanto más difícil será para cualquier colectividad reconocerse en el espejo deformado de sus instituciones. ¿Cómo asombrarse entonces de que una sociedad interiorice su desconfianza hacia policías, políticos, jueces y funcionarios públicos varios mientras estos últimos se sienten liberados de toda responsabilidad social? Brutalmente dicho: una situación colonial con vestidura revolucionaria. No es necesario recurrir a Breton para vislumbrar el México surreal. Nada de lo que es corresponde con lo que pretende ser y cuanto mayor el énfasis, tanto mayor la falsedad.

Frente a esto, el consuelo más fácil consiste en creer que, ante instituciones con un incierto sentido del Estado y una propensión congénita al disimulo, la sociedad mantiene una virginal, rousseauniana, pureza. Obviamente no es así. El interminable desgaste de un vetusto sistema de gobierno (de “inhumana terquedad” decía Cosío Villegas) está arrastrando consigo a la sociedad y la economía mexicanas en un inacabado declive que se percibe en un estancamiento económico generacional y en una disgregación social cuyo aspecto más horrible es una sanguinaria criminalidad sin contraste institucional efectivo. México ha entrado en una nueva barbarie y quien dude de que la palabra sea excesiva debería revisar los datos oficiales de las víctimas de la violencia recordando que cada número es un ser humano enlazado a una familia, vecinos, amigos, afectos. Una sociedad arrastrada hacia el fondo por un peso (incorporado) que vence su capacidad (potencial) para mantenerse a flote. Insistamos, aunque el silogismo sea tal vez demasiado redondo: a la decadencia institucional corresponde el quebranto social.

Y ahora, llegan elecciones políticas con una elevada probabilidad de dejar sustancialmente inalterada una variable institucional que ha condicionado perjudicialmente la vida del país a lo largo de décadas. El dramatismo de la situación rebasa con creces a candidatos presidenciales que, por incapacidad personal, por inercia cultural o por estrechos intereses partidarios, parecen no entender ni la gravedad de la emergencia presente ni la naturaleza del mayor fardo que este país carga en un hipotético camino de superación de su atraso. Al margen, no hay razones para suponer que después de décadas de simulaciones y manipulaciones patriótico-corporativas pudiera surgir una clase política madura y a la altura de los retos de México. Después de Brezhnev, normalmente viene Putin y no figuras que puedan asimilarse, por decir, a Thomas Jefferson. Después de tantas décadas de PRI lo que tenemos queda plásticamente ilustrado por el debate de Mérida, entre banalidades y disputas risibles.

Este país necesita emanciparse de un antiguo sueño positivista y autoritario construido sobre un presidencialismo sin contrapesos, organizaciones sociales dependientes del Estado, medios de comunicación amansados bajo generosos raudales de dinero público e instituciones moteadas por grandes áreas de patrimonialismo, impunidad y consiguiente ineficacia. Todo lo cual no constituye una yuxtaposición accidental de elementos independientes sino un sistema. Un modo de gobernar que -entre pobreza difundida, criminalidad incontrolada y baja calidad institucional- presenta calamitosas cuentas históricas. México necesita desesperadamente instituciones en las que pueda confiar. Sin embargo, aquello que es evidente para (casi) todos, no lo es para los candidatos a ocupar la silla presidencial en los próximos seis años. Aquí no se trata de meter a la cárcel a algún expresidente (lo que, por cierto, no implicaría la alteración del orden cósmico) o de convertir la moralidad de un futuro mandatario en factor de milagrosa purificación global del país. Tampoco se trata de dar otra oportunidad (¿otra?) al viejo partido dominante esperando su prodigiosa enmienda o de cortar las manos a los ladrones, según el patético folklorismo de un candidato portador de lo nuevo. Nadie está nunca a la altura del propio tiempo y la política mexicana confirma el precepto.

La distancia entre la oferta política y lo necesario es desconsoladora y sugiere que las dolencias seguirán incluso después de eventual superación de la enfermedad (el sistema priísta). Se trata de asumir el reto de rediseñar un régimen político que ha agotado desde hace tiempo su capacidad de hacer progresar el país.

Nuestro problema no es tanto el de encontrar una política económica pretendidamente virtuosa por su naturaleza intrínseca. El problema mayor no está en las ideas sino en los instrumentos. ¿Para qué sirven buenas ideas si no se tienen las condiciones institucionales para hacerlas creíbles y para conducir sistemáticamente su implementación? La historia de este país está salpicada de buenas intenciones fracasadas por el pobre contexto institucional encargado de impulsarlas. El ejido colectivo cardenista fue tal vez una buena idea, pero ¿cómo promoverlo con un Banco de Crédito Ejidal corrupto y varios representantes institucionales revoloteando como zopilotes para despojar a la nueva criatura? Para acercarnos en el tiempo, también parecía una buena idea otorgar bonos para la reconstrucción a las víctimas del terremoto en varias partes de México, cuyos efectos desastrosos se debieron, por cierto, a una maquinaria pública que autorizó construcciones irresponsablemente inseguras. Salvo descubrir después, en muchos casos, que las tarjetas de débito distribuidas habían sido vaciadas por servidores públicos con la misma cultura de los zopilotes apenas mencionados. Por no hablar de edificios gravemente afectados que deberían ser demolidos y siguen de pie en el más mayestático desentendimiento de las autoridades de Ciudad de México. ¿Para qué sirven en este país las buenas ideas si no se tienen las mínimas condiciones institucionales para materializarlas?

Con la probable victoria de AMLO es posible que el PRI se acerque a la conclusión de su recorrido histórico (¿será posible realmente algún día?), pero hay una alta dosis de probabilidad de que el sistema priísta y los vicios institucionales existentes continúen bajo nuevo formato. Lo que equivaldría a remozar estructuras vetustas bajo una nueva capa de pintura. Y en repetir el pasado bajo formas renovadas, México tiene una antigua tradición cuya marcha triunfal nos ha llevado al desastre social e institucional del presente. De ser así, el freno institucional que retrasa la marcha de este país seguirá operando y México continuará dando vueltas en círculos buscando buenas ideas que serán dinamitadas desde el propio Estado del que circunstancialmente brotan.

Ninguna de las opciones electorales que se ofrecen en estos momentos expresa un alto grado de conciencia acerca de la necesidad de cambiar rumbo frente a una tradición secular de presidencialismo mesiánico y de impunidad político-administrativa. Hacer de México un país de reglas (respetadas) y de progresiva convergencia social es una tarea ciclópea presumiblemente destinada al fracaso en el contexto actual, aunque sea la única que vale la pena asumir. Es desconsoladoramente obvio que ninguno de los candidatos presidenciales tiene las características personales, el programa, el sistema de alianzas y, si me puedo permitir, el espíritu para acometer una obra de esta envergadura histórica. ¿Qué hacer? Reeditemos la antigua pregunta de Chernyshevsky razonando en términos abstractos.

Una opción es la de las armas, lo que presenta dos defectos mayores: no tiene nada que ver con la democracia que necesitamos (sin considerar que la nuestra es una democracia de ínfima calidad, pero ciertamente no es una dictadura) y, detalle no irrelevante confirmado en demasiadas ocasiones, las armas son casi siempre una opción minoritaria costosamente infecunda. Otro camino es la marginación individual y autoimpuesta, como la de Mafalda que exclama: paren el mundo que me quiero bajar. Una elección intelectualmente atractiva frente a la trivialidad del espectáculo al que se nos obliga asistir, pero, aquí también, hay un defecto: dejar que otros (no necesariamente más lúcidos que nosotros) decidan. Queda un tercer camino: optar por el mal menor y encomendarnos a una alineación astral benevolente.

Dejemos los astros en paz y vayamos en busca del mal menor. Si el objetivo deseable es producir un choque que fuerce a la renovación de un vetusto sistema político y al saneamiento institucional, el mal menor parecería ser AMLO. Y ciertamente no por sus características personales sino por las expectativas producidas por su candidatura y por la presión social que podría venir después de su encumbramiento presidencial. AMLO habla obsesivamente de “mafia del poder” sin que haya dado señales de entender en realidad de lo que habla. Habla sin fin de corrupción sin, aparentemente, percibir que proviene de un sistema político que la necesita para su propia reproducción. Sistema político y calidad del Estado están ligados estrechamente y sería una empresa destinada al fracaso intentar reformar uno sin intervenir sobre el otro. Sin embargo, desde el candidato de MORENA no han venido hasta ahora señales que indiquen su comprensión de la gravedad del problema y del tamaño de la creatividad política y del consenso social requeridos para enfrentarlo. ¿Por qué entonces considerarlo como la opción “menos peor”? Porque, a pesar de su pasado priísta y de su presente mesiánico, es el único candidato que deja abierta alguna (si bien vaga) posibilidad de cuestionar un añejo sistema político y la institucionalidad que se ha construido a su alrededor, a pesar de sí mismo, vendría la tentación de decir. Detrás de AMLO hay una parte importante de sociedad mexicana que busca cambios profundos y sobre esa masa de personas y sus cuadros designados para ocupar cargos de gobierno, es posible alimentar alguna expectativa de que ejerzan una presión reformadora sobre el futuro probable presidente.

Existe naturalmente el riesgo de que AMLO, como Fox en su tiempo, se duerma en los laureles después de coronar su sueño presidencial y se limite, como su antecesor, a proclamas inconsistentes y a desplantes humorales. También existe el riesgo de que la presidencia quede enfrascada entre la nostalgia de un corporativismo popular y el deseo de contentar a tirios y troyanos con el efecto de la parálisis de la acción gubernamental. Todo esto está en el campo de lo posible (quizá incluso de lo probable), pero ¿cuáles son las alternativas? Por un lado, la continuidad con la (más que probable) persistente decadencia económica y descomposición institucional y, por el otro, la pusilanimidad reformadora de un PAN que ha mostrado de sobra preferir la estabilidad del sistema (de paso, priísta) que reformas que pudieran afectar los privilegios acumulados a la sombra del PRI por sus grandes electores de clase medio-alta. Al margen: la ineficacia institucional y la corrupción política benefician a mucha gente. En resumen, por un lado está el desinterés o la insignificancia reformadora, por el otro, el riesgo de un alud de palabrería populista con una (tenue) posibilidad de que las expectativas sociales de cambio ejerzan una presión reformadora sobre un presidente sin muchas luces. Nuestro futuro colectivo está amarrado a esa grácil posibilidad.

En estas condiciones estamos. Esto es lo que nos deja la prolongada estabilidad garantizada por un partido casi único, sin considerar la decrepitud impotente del último sexenio. Mientras tanto los muertos asesinados se acumulan en un macabro, ininterrumpido, delirio nacional y la miseria sigue siendo la parte mayor de nuestro escenario social. De acuerdo, la opción disponible no es apasionante, pero ¿cuáles otras tenemos?

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