Apuntes sobre el lenguaje incluyente y no sexista

Aunado al grado de (des)igualdad de derechos entre hombres y mujeres se encuentra el hecho de que no se nos incluyó en el plural masculino. Antes ni siquiera hablábamos de ingenieras, abogadas o doctoras. Ahora, que sí existimos abogadas, doctoras e ingenieras, debemos nombrarlas.

Por: María F. Santos Villarreal (@maria23051994

 

La antigua idea de que las palabras tienen poderes mágicos es falsa, pero esa falsedad implica la distorsión de una verdad importante: las palabras tienen un efecto mágico. Las palabras son mágicas por la forma en que influyen en la mente de quien las usa”.

Aldous Huxley

En realidad nada ocurre, hasta que se describe.

Adeline Virginia Woolf

 

Hagamos un ejercicio:

¿Qué es lo primero que se le viene a la mente cuando lee…

  • “… varios músicos compusieron esta canción”?
  • “… unos diputados presentaron esta iniciativa de ley”?
  • “… cuatro cirujanos operaron a mi amigo”?

Si al leer las oraciones anteriores no se imaginó grupos conformados por mujeres y hombres, sino sólo por estos últimos, no le culpo. Es un efecto del uso sexista del lenguaje.

En este texto, abordo los principales argumentos en contra del uso del lenguaje inclusivo o incluyente y no sexista (LINS) y pretendo ofrecer contraargumentos.

1.- “El masculino genérico ya incluye a las mujeres”

En primer lugar, el masculino genérico y los masculinos plurales solo nos incluyen cuando les conviene. De hecho, el argumento de que “los hombres” y “los ciudadanos” (v.g.) excluye a las mujeres, lo utilizaron primero ellos para negarnos derechos por años.

Cuando se expidió en 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano –texto fundamental de la Revolución Francesa–, se argumentó que las mujeres no estábamos incluídas en ese reconocimiento de derechos (además de que no éramos ciudadanas), por lo que solo los hombres eran titulares de los derechos a la propiedad, a la libertad, a la seguridad y de resistencia a la opresión. Por ello, Marie Gouze, bajo el pseudónimo de Olympe de Gouges, publicó a manera de protesta su texto “Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana” en 1971, en el que proponía igualdad entre hombres y mujeres en los ámbitos público y privado (derecho al voto, a la propiedad, a la educación, a formar parte del ejército y a ejercer cargos públicos, así como igualdad de poder en la familia y en la iglesia). Empero, ni los hombres más radicales de la Revolución aceptaban estas ideas de emancipación de las mujeres y de igualdad de género; estos derechos que proponía Olympe de Gouges fueron aceptados años después, muy gradualmente. La realidad es que los masculinos plurales nunca incluyeron a las mujeres, hasta que los hombres decidieron reconocernos como personas.[1]

En la actualidad, el grado de (des)igualdad de derechos entre hombres y mujeres varía dependiendo del país en el que nos encontremos, el régimen político, la religión predominante, etcétera. Independientemente de estas variaciones (salvo lamentables excepciones, como lo son Líbano, Irán, Egipto, Siria y Yemen), más o menos se nos reconocen los mismos derechos que a los hombres. No obstante, no deja de tener relevancia el argumento de que históricamente no se nos incluyó en el plural masculino, porque la lógica que ello seguía (que no se nos incluía porque no éramos ciudadanas) es la misma que puede aplicarse hoy, a la inversa, para justificar el lenguaje incluyente: antes no hablábamos de ingenieras, de abogadas, de doctoras, porque no existíamos: antes ni derecho a estudiar una carrera universitaria teníamos. Ahora, que sí existimos abogadas, doctoras e ingenieras, debemos nombrarlas (nombrarnos).

Las filósofas y los filósofos del lenguaje, como Francis George Steiner, coinciden en que “lo que no se nombra no existe[2]: si se invisibiliza a las mujeres desde el lenguaje, se reproducen estereotipos que nos discriminan. Debido al papel que juega el sexismo lingüístico en la proliferación y el fortalecimiento de la desigualdad de género, es importante corregir la forma en la que nos expresamos. A fin de cuentas, como dice la poeta Adrienne Rich, “en un mundo donde el lenguaje y el nombrar las cosas son poder, el silencio es opresión y violencia.[3]

En segundo lugar, ¿cómo vamos a saber cuándo nos incluye y cuándo no, si el plural masculino se refiere tanto sólo a los hombres como a hombres y mujeres? Nuevamente, queda al arbitrio de ellos decidir si nos incluyen.

2.- “¿Qué sigue? ¿Hablar de ‘sillos’, ‘sillas’ y ‘silles’? Necesitamos certeza en el uso del lenguaje; no pueden cambiar las reglas que siempre hemos tenido”

Una cosa son las personas y otra los objetos inanimados. (Sí, en serio. No nos comparen a las mujeres con unas sillas; por favor y gracias.) El lenguaje inclusivo aplica únicamente para las personas, no para las cosas. Por supuesto que no proponemos cambiarles el género gramatical a los objetos.

Pero ahora que tocamos el tema de la “e” como opción neutra, me parece importante señalar que el LINS no pretende –o por lo menos no únicamente pretende– cambiar todas las “o” y “a” por “x”, “@” o “e”, éstas son solamente propuestas por parte de diversos sectores. También podemos hacer uso de la duplicación (la alternativa más conocida); por ejemplo: “todos y todas”; “gobernadores y gobernadoras”; “arquitectos y arquitectas”; entre otros. Aunque hay muchas otras formas de utilizar un lenguaje incluyente –que sí están reconocidas por la Real Academia Española (para quienes les da miedito desafiar a la RAE)–:

  • Utilizar paréntesis o diagonales. V.g.: “abogados(as)”; “directoras/es”; “cocineros(as)”; “pintoras/es”; etcétera.
  • Omitir artículos y omitir referencias directas al sujeto de la oración. V.g.: “quienes aplicaron a la maestría”, en lugar de “los aplicantes de maestría”; “es necesario pagar/se deberá pagar”, en lugar de “el cliente debe pagar”; etcétera.
  • Utilizar sustantivos colectivos. V.g.: “alumnado”, en lugar de “alumnos”; “ciudadanía”, en lugar de “ciudadanos”; “niñez” en lugar de “niños”; entre otros.
  • Utilizar perífrasis. V.g.: “clase política”, en lugar de “políticos”; “población indígena”, en lugar de “indígenas” (o peor, “indios”); “personas con discapacidad”, en lugar de “discapacitados” (o peor, “inválidos/minusválidos”); entre otros.
  • Utilizar metonimias. V.g.: “la Coordinación”, en lugar de “el Coordinador(a)”; “la Presidencia”, en lugar de “el Presidente/la Presidente[4]”; etcétera.
  • Utilizar aposiciones explicativas. V.g.: “periodistas, mujeres y hombres, se manifestaron”; “jóvenes, de ambos géneros, se reunieron”; entre otros.

En lo personal, utilizo más las opciones de sustantivos genéricos, perífrasis y metonimias. Cuando no me queda otra opción, uso paréntesis y omito artículos o referencias al sujeto. No me gusta utilizar las duplicaciones ni las aposiciones explicativas, pero lo hago cuando es necesario para ser incluyente en mi lenguaje (como cuando los sustantivos masculino y femenino son distintos por más que la última letra; v.g.: “actores y actrices”; “príncipes y princesas”; “héroes y heroínas”; etcétera).

Independientemente de las anteriores alternativas, me parece necesario incluir una opción neutra, como lo tienen muchos otros idiomas (como el alemán y el francés). En lo personal, me gusta más la opción de incorporar la “e” para sustituir la “o” y la “a” que cualquier otra opción que he leído. Lo idóneo sería que tuviéramos un debate serio entre todos los sectores de la población hispanohablante para decidir cuál es la forma que vamos a tomar como válida para el uso del lenguaje inclusivo (y que ésta sea la que la RAE tome y reconozca en sus nuevas ediciones de diccionarios). 

Ojo: No hay que olvidar que este tipo de propuestas para un lenguaje incluyente (v.g. la “e”) cobran aún más relevancia si tomamos en cuenta la diversidad sexual y de género que existe en el mundo. Habemos mujeres y hombres (tanto cisgénero, como transgénero); pero también existen personas no binarias, agénero, pangénero, bigénero, de género fluido y muchas otras identidades de género.[5] La “e” (y otras propuestas) son la única forma en la que estas personas pueden ser verdaderamente incluidas (o que utilicemos sustantivos colectivos y perífrasis).

Ahora bien, en cuanto al argumento sobre la certeza en el uso de la lengua, es totalmente falso que siempre hayamos tenido las mismas reglas. ¿A poco las personas que dicen ésto hablan como se hablaba el español hace doscientos años? ¿O quinientos, o dos mil? Lo dudo.

La sociedad es cambiante, evoluciona. Y con ella, el lenguaje, puesto que éste es un constructo sociocultural… no es inamovible.

Conforme va evolucionando la sociedad, el lenguaje se adapta y cambia. Retomando el punto 1), antes no hablábamos de ingenieras, de abogadas, de doctoras, porque no existíamos: ahora que existimos, deben existir expresiones dentro del lenguaje que nos nombren. En el contexto histórico de opresión y esclavitud de las mujeres, tenía sentido que el lenguaje nos excluyera, siendo que el lenguaje es un espejo de nuestros pensamientos, nuestros valores y nuestras realidades. En el contexto actual de derechos humanos, libertades y emancipación de las mujeres, ya no tiene razón de existir el lenguaje sexista.

Además, si tan sagrado e inamovible es el español, ¿por qué la Academia acepta “imprimido”, “jipi”, “palabro”, “bluyín”, “hacker”, “güisqui” y “espanglish”? ¿Y por qué no se indignan por ello? ¿Les ofende más que el lenguaje incluya a las mujeres que tener “friki” en el diccionario?

3.- “¿Por qué en otros idiomas no se tiene esta absurda discusión?”

La lengua española es de las más sexistas, junto con la portuguesa. Casi no tiene opciones de sustantivos neutros y no se acostumbra utilizar las muchas otras formas neutras de hablar.

En muchos otros idiomas no tenemos este problema. Como ya se mencionó, en algunas lenguas existen opciones neutras para el género gramatical; v.g.: alemán, inglés, sueco, finés, griego, francés, ruso, italiano, etcétera. Además, muchos idiomas son, en sí, totalmente neutrales (sin género gramatical o “genderless”); v.g.: chino, japonés, coreano, georgiano, tagalo, malayo, estoniano, turco, persa, etcétera.

4.- “Es que el lenguaje español es económico”

Esta afirmación opera bajo la lógica de una falsa dicotomía (una falacia): o usamos lenguaje inclusivo o usamos lenguaje económico. Y no es así. Como se expuso en el punto 2), existen muchas formas de hacer incluyente nuestro lenguaje sin incurrir en la duplicidad (que es de lo que se quejan quienes utilizan el argumento de la economía del español).

Además, como con el punto 1), este argumento lo hacen valer solo cuando les conviene. Por ejemplo: si queremos nombrar a las abogadas porque no nos consideramos incluidas en la palabra “abogados”, dicen que no se está haciendo uso económico del idioma, pero cuando quieren hablar de “policías”, dicen “policía” para referirse a los hombres y “mujer policía” para referirse a las mujeres. ¿Cómo es, entonces?

El LINS tiene como propósito visibilizar y revertir desigualdades históricas que, lamentablemente, siguen vigentes. El argumento de la flojera no parece ser suficiente para desacreditar el lenguaje inclusivo.

5.- “Pues eso dice la RAE…”

Otra falacia: el argumento ad verecundiam (o de autoridad). “Es que la RAE lo dice y punto”, no es un argumento válido ni suficiente para invisibilizar a las mujeres.

Además, la RAE es autoridad descriptiva, no normativa; es decir, la Academia no nos mandata cómo hablar, sino solamente describe cómo hablamos (o cómo habla una determinada comunidad).

Una palabra no se incluye en el diccionario de la RAE porque ésta la imponga arbitrariamente, sino porque dicha palabra llega a ser utilizada por una cantidad suficiente de personas, durante un lapso más o menos extendido de tiempo. Es decir, si un porcentaje considerable de la población hispanohablante llega a usar “nosotres”, “elles”, etcétera, por un periodo de tiempo suficiente, la RAE incluirá esta forma de hablar en el diccionario. Las cosas no funcionan al revés. Ejemplo claro de ello es la aprobación de palabras como “friki” e “imprimido”, después de que la población las usara (y no al revés: que la RAE inventara esas palabras y luego nos obligara a utilizarlas). La Academia también ha cambiado las reglas en un sinfín de ocasiones, unas con justificación y otras sin justificación. Un ejemplo es la eliminación de acentos para las palabras “sólo” (en la acepción de “solamente”), “éste(a)(o)”, “aquél/lla/llo”, etcétera.

La RAE no se escapa de la visión patriarcal bajo la cual ha sido construido el español. Por supuesto que no va a aceptar un uso del lenguaje que visibilice y nombre a las mujeres si se trata de un cuerpo colegiado integrado en un 83% por hombres (y en un 100% por personas cisgénero y blancas).[6] Es de esperarse que quien siempre ha tenido el privilegio de ser nombrado, vea ridículo o absurdo visibilizar a quien ha sido históricamente excluida.

Si queremos cambiar las cosas, hay que modificar la forma en la que nos expresamos en nuestros espacios públicos y privados.

Dice la hipótesis de Sapir-Whorf que la forma en la que una persona o una sociedad se expresa tiene consecuencias psicológicas y culturales.[7] El lenguaje es un producto sociocultural que configura la forma en la que percibimos el mundo que nos rodea. Así, en una determinada comunidad, la lengua “configura su mundo y su realidad social[8]. Por ello es tan importante la utilización del lenguaje inclusivo, porque usarlo tiene influencia en la realidad de la comunidad en la que vivimos.

El lenguaje es una fuerte herramienta de construcción y de deconstrucción de estereotipos. Hoy, escribir con “e” o utilizar vocabulario neutro (con metonimias, perífrasis, etcétera) es una rebelión lingüística, un golpe al andamiaje patriarcal de la lengua. Mañana, será de lo más común y corriente… y así es como se cambia el mundo.

P.D.: Existen varias guías y manuales para el uso de lenguaje inclusivo o incluyente y no sexista (LINS). Le comparto algunas de ellas:

 

* María F. Santos Villarreal es abogada egresada de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey y labora en el área de Derecho Parlamentario en Basave, Colosio, Sánchez, S.C.

 

 

 

Referencias:

[1] García Campos, Jorge Leonardo. “Olympe de Gouges y la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana”. México, Revista Perseo nº3. 2013.

[2] Steiner, Francis George. “Lenguaje y silencio: Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano”. España, Editorial Gedisa, 2013.

[3] Rich, Adrienne. “Sobre mentiras, secretos y silencios”. España, Editorial Horas y Horas, 2011.

[4] Por cierto: sí se dice “Presidenta”, no “Presidente”, cuando nos referimos a una mujer que preside. Para revisar argumentos de ésto, échele un ojo a esta página. (Dato curioso: hasta la RAE reconoce como válida la palabra “Presidenta”. Si no me cree, revise aquí).

[5] Si le interesa leer más sobre las identidades de género que existen, le recomiendo leer la lista de este blog.

[6] Son 46 integrantes permanentes: actualmente, son 38 hombres (cisgénero; blancos; promedio de edad: 74 años) y 8 mujeres (cisgénero; blancas; promedio de edad: 73 años). Fuente aquí.

[7] Gutiérrez Fresneda, Raúl. “Interacción de los componentes del lenguaje oral en el proceso de aprendizaje de la lengua escrita”. España, Tesis doctoral: Universitat d’Alacant, 2014.

[8] Parra, Marina. “La hipótesis Sapir-Whorf”. Colombia, Revista Forma y Función nº3, 1988.

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