Los objetivos del sistema alimentario mexicano

De acuerdo con datos de la FAO, México dispone de 3,159 calorías diarias por habitante, 57 % más de las que necesitamos. Es decir, el problema alimentario no es una cuestión de suficiencia, sino de la calidad de dichas calorías. Las causas número uno y dos de muerte en México no son ni la violencia, ni el narco; son enfermedades cardiovasculares y diabetes, cuyas causas están relacionadas precisamente con la alimentación.

Por: Sofía Elizondo y Braulio Torres

El gobierno entrante ha dicho que garantizará la seguridad alimentaria de la población. Enhorabuena que la alimentación sea eje prioritario del Estado Mexicano. Ya urgía. De hecho, desde 2012 la alimentación se convirtió en derecho constitucional[1]: el Estado garantizará una alimentación nutritiva, suficiente y de calidad para todos. En su discurso el próximo gobierno federal ofrece un camino para materializar este derecho.

Desafortunadamente, es fácil que un discurso de política pública caiga en dos trampas que minimizan su impacto. Primera: un discurso que se enfoca en los ‘cómos’ sin clarificar los ‘qués’. Este error de política pública busca resultados rápidos y tangibles para emocionar al electorado, pero puede dejar de lado la dirección estratégica. Segunda trampa: un discurso que propone soluciones unidimensionales, en lugar de ver el sistema completo. Con esta visión simplista se soluciona un problema y se crea otro.

El gobierno del presidente electo López Obrador tiene la oportunidad histórica de vigorizar el paradigma de la alimentación nacional; de mirar el sistema completo. Con 53% del voto, ¿podrá el presidente electo construir el consenso de que al nutrir al pueblo mexicano, que al activar al campo mexicano, puede al mismo tiempo resolver retos ambientales y de salud pública?

El discurso

Para garantizar la seguridad alimentaria de la población, el nuevo gobierno ha dicho que reactivará el mercado interno; hará énfasis en centros de acopio y en precios de garantía; asegurará el abastecimiento de 36 productos a precios bajos y la adquisición de un millón de becerras y 50 mil sementales para aumentar el hato ganadero; incrementará la producción nacional de fertilizantes. Se creará una oficina gubernamental para la Seguridad Alimentaria Mexicana (SEGALMEX). México se volverá autosuficiente en granos básicos—maíz, frijol, trigo, arroz. AMLO ha dicho: vamos a rescatar el campo para “que coman los que nos dan de comer”. El nuevo gobierno quiere lograr seguridad alimentaria (que todos tengan acceso a buena comida) bajo un enfoque de soberanía, es decir, que el país decida qué producir y consumir, sin estar a expensas de los mercados globales.

El debate ocioso de los ‘cómos’

Durante los siguientes meses escucharemos mucho este debate: ¿soberanía alimentaria o libre mercado? Pero es un debate del siglo pasado. Los debates ideológicos fácilmente nos enredarán en la trampa básica de política pública: en enfocar el análisis mucho en los ‘cómos’ (cómo lograr algo) y muy poco en los ‘qués’ (qué objetivo lograr). Precios de garantía, fronteras abiertas, comprar un millón de becerras son los ‘cómos’. Hay argumentos en contra de los precios de garantía: se presta a mercados negros, corrupción y a una distribución ineficiente de recursos; es casi imposible que el gobierno fije precios. También hay argumentos en contra del libre mercado a rienda suelta: la alimentación que importamos nos enferma (de diabetes, del corazón); importamos calorías vacías y a cambio exportamos alimentos saludables. Se argumenta que el libre mercado de alimentos nos hace vulnerables, como por ejemplo en 2008, cuando se aprobó en EUA el uso de maíz para la producción de biodisel, que contribuyó a la crisis del precio de la tortilla en México. O se argumenta que no podemos ignorar la eficiencia de los mercados; por ejemplo, que si resulta más barato importar maíz y frijol de otros países, que eso es eficiente para el consumidor. Y así hay argumentos a favor y en contra de todos los ‘cómos’, de cualquier estrategia posible que un gobierno puede implementar para garantizar a su población el acceso a buenos alimentos.

La nueva cruzada por la soberanía y la autosuficiencia de granos básicos; la multiplicación del hato ganadero; la producción nacional de fertilizantes, si bien son una mirada nueva, no terminan de articular el problema que suponen solucionar. Muchos ‘cómos’, pero ¿para qué? ¿Para qué queremos ser alimentariamente soberanos?

El objetivo central (el ‘qué’) más importante para la alimentación en México tiene que ser la salud de los mexicanos. Según datos de la FAO, México dispone de 3,159[2] calorías diarias por habitante, 57 % más de las que necesitamos[3]. Es decir, el problema alimentario no es una cuestión de suficiencia. El problema de México es la calidad de dichas calorías. Las causas número uno y dos de muerte en México no son ni la violencia, ni el narco; son enfermedades cardiovasculares y diabetes, cuyas causas están relacionadas precisamente con la alimentación.

¿Será que necesitamos otro tipo de debate nacional sobre agricultura y alimentación? ¿Las acciones que ha propuesto AMLO apoyan el objetivo de nutrir y proveer salud a los mexicanos? El nuevo gobierno ha propuesto que México producirá más trigo harinero y más arroz. ¿Esta producción se convertirá en harina más barata, más galletas, doble ración de arroz y más diabetes?[4] ¿Con qué fin queremos que SAGARPA y SEGALMEX promuevan ciertos alimentos? Eso debemos debatir.

La visión unidimensional, no de sistema

Vemos a la agricultura como un sector y a la salud como otro sector y al medio ambiente como otro sector. A cada sector le asignamos una Secretaría de Estado para que cada cual haga su función. SAGARPA está para hacer productivo al campo, exportar y traer dólares; SALUD está para curar a los enfermos y mantener una población sana y productiva; SEMARNAT, sembrar árboles y proteger los bosques.

El primer paso para transformar la alimentación nacional es entender que la comida es un sistema y que un elemento está relacionado con otro. Un sistema es un conjunto de actores y relaciones, organizados bajo un objetivo común. Pensemos en el sistema de frenado de un avión, el sistema electoral, una familia, el ecosistema de la reserva de la biosfera de la Barranca de Metztitlán; cada uno de estos sistemas organiza múltiples elementos y tiene un objetivo. Por ejemplo, en el debate nacional se habla con frecuencia del sistema de salud. Es un concepto suficientemente socializado y entonces es fácil mirarlo, entenderlo y tratar de mejorarlo.

Sin embargo, en el debate nacional no se habla suficientemente del sistema de alimentación. Hace falta conceptualizarlo para introducirlo en la agenda pública. Se puede mirar a la comida como un sistema de producción y consumo, con actores y reglas[5], que tiene el objetivo de proveer “buena comida”[6] a la población; un sistema que tiene insumos, procesos y consecuencias. Por ejemplo, comprar un millón de becerras o producir (soberanamente) más agroquímicos, ¿podrá tener implicaciones ambientales? De qué le sirve al Estado Mexicano reducir emisiones de carbono con el programa de una Secretaría y aumentar las emisiones con el presupuesto de otra Secretaría.

El sistema alimentario toca muchos problemas nacionales; además de la salud de los mexicanos, la salud del territorio nacional (y del planeta), así como la viabilidad del largo plazo del campo mexicano. Las tasas de deforestación en México continúan, muchos bosques se talan para producir comida. El suelo pierde productividad cada año. El campo está envejeciendo: la edad promedio de los productores es 55 años. Los trabajadores del campo no tienen seguridad social. Los hijos de esos productores ya no quieren dedicarse al campo. Para bien y para mal, las cadenas de valor se concentran cada vez más. Hay comida barata, pero de mala calidad y a costa de los ingresos de los pequeños productores. La comida barata llena de calorías a los consumidores pero no los nutre. Al contrario, los enferma. El clima y las lluvias cada vez son menos predecibles.

Reconocer que hay un sistema de alimentación, que es dinámico y complejo; enfocarse en los ‘qués’ del sistema alimentario es lo que se debe discutir en la agenda pública, antes de brincar a los ‘cómos’. El próximo gobierno ha ofrecido más producción y consumo de carne. ¿Más tala de árboles para los potreros y galerones, más tierra para el cultivo de forrajes y menos cultivo de hortalizas, más consumo de carne roja, más ataques al corazón?[7]

Un sistema alimentario, como dice Ricardo Salvador debe integrar cuatro pilares: “saludable, justo, accesible y medioambientalista”. Las acciones que propongan los titulares de SAGARPA y SEGALMEX deberán de pasar el filtro de estos cuatro pilares. De poco sirve hacer accesible un alimento si enferma o contamina. De poco sirve hacerlo justo y saludable si es inaccesible.

Los siguientes 6(0) años de la alimentación nacional: salud para la población, salud para el planeta, justo para el productor, accesible para el consumidor

Hagamos política pública que entienda los sistemas. Concibamos a la comida como un sistema. Antes de saltar a los ‘cómos’, construyamos un consenso sobre los objetivos centrales de nuestro sistema nacional de alimentación. Ya muchos han propuestos estos objetivos:

  • Salud para la población
  • Salud para el planeta
  • Justicia para los productores
  • Acceso para los consumidores

Y entonces sí, con dicho consenso y claridad, podremos empezar a delinear los “cómos”. Por ejemplo:

  • Invertir 20% del presupuesto de SAGARPA en sistemas-producto con bajo índice glicémico;
  • Definir una canasta básica de alimentos que no promuevan diabetes y enfermedades cardiovasculares;
  • Crear bancos de tierra y un programa de apoyo para el agricultor menor de 35 años;
  • Invertir 20% del presupuesto de SEMARNAT en proyectos agroforestales;
  • Aumentar por 50% la superficie de cultivos perennes bajo un plan de regeneración de suelos.

El próximo gobierno debe conceptualizar ‘el sistema’ completo e imaginar una política nacional de alimentación que incluya comida, salud y medio ambiente. Tenemos una oportunidad histórica: cambiar el rumbo de la alimentación nacional, nutrir a toda una generación, revertir nuestra epidemia de diabetes, regenerar la productividad de nuestros suelos; establecer un nuevo lenguaje sobre el cual trabajemos para mejorar el sistema alimentario. Nosotros queremos ver esa transformación.

 

* Sofía Elizondo es co-fundadora de Brightseed. Braulio Torres es investigador Fundación IDEA y co-fundador Proyecto La Guajolota (agroecología, salud y equidad).

 

Referencias: 

[1] Artículo 4° de la Constitución: “Toda persona tiene derecho a la alimentación nutritiva, suficiente y de calidad. El Estado lo garantizará”.

[2] Datos de 2003.

[3] Cálculo simple a partir de la referencia de ingesta per cápita diaria de 2 mil calorías.

[4] La harina y el arroz blanco tienen un índice glicémico alto que está asociado con la diabetes.

[5] El sistema de alimentación, en la práctica, lo conforman los actores y reglas que, aunque aparentemente no están relacionados, influyen en la comida que producimos y consumimos los mexicanos, por ejemplo: SAGARPA, COFEPRIS, SEMARNAT, Secretaría de Economía, los Centros CONACYT y CINVESTAV de biotecnología y alimentos, Sistema Nacional de Semillas, CANACINTRA, la industria de los alimentos, la red de supermercados, PROFECO, la ley agraria, comités sistemas-producto, fundaciones Produce, las organizaciones de vendedores ambulantes, los presupuestos públicos para la compra de alimentos, el impuesto al refresco, los tratados de libre comercio, la norma de etiquetado de alimentos, etcétera, etc.

[6] Traducción del concepto “good food” y también relacionado al punto siete del manifiesto de la alianza por la salud alimentaria.

[7] El consumo de carne roja está asociada a enfermedades cardiovasculares. Aquí más información.

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