Apoyando a América Latina ante el éxodo venezolano

Unas 2.3 millones de personas han abandonado Venezuela, según la Organización Internacional para las Migraciones. Casi un millón vive en Colombia, el país que acoge al mayor número de ellas en América Latina, seguido de Perú con cerca de medio millón y Ecuador con un cuarto de millón.

Por: Jorge Familiar 

El asentamiento informal de la comunidad indígena Yukpa, en la ciudad colombiana fronteriza de Cúcuta, es quizás el reflejo más grande de cómo la migración desde Venezuela afecta a las poblaciones más vulnerables. Sus miembros, a los que conocí el pasado 28 de septiembre, no sólo se enfrentan al reto que habitualmente conlleva abandonar el hogar, sino también a problemas adicionales, como la desnutrición o un reciente brote de sarampión.

A pocos kilómetros de esta comunidad, otros migrantes lidian con desafíos de diferente naturaleza pero de similar gravedad. Es el caso de Livia Herrera, que dejó Venezuela embarazada de seis meses y hoy cuida a su hijo de 24 días en el centro de atención de Villa del Rosario, donde reside de forma temporal junto con otros migrantes que llegaron al país. La mayoría de ellos lo hicieron a través del Puente Internacional Simón Bolívar, por el cual entran diariamente miles de personas que buscan quedarse en Colombia o seguir el trayecto hacia otros países latinoamericanos.

Conocer a estos migrantes es descubrir el rostro más duro de una crisis humanitaria que ya ha llevado a unas 2.3 millones de personas a abandonar Venezuela, según cifras del pasado mes de agosto de la Organización Internacional para las Migraciones. Casi un millón viven en Colombia, el país que acoge al mayor número de ellas en América Latina, seguido de Perú con cerca de medio millón y Ecuador con aproximadamente un cuarto de millón.

Estas cifras, de por sí elevadas, se han acelerado durante el 2018 y hoy muchos países reportan el doble de migrantes que hace seis meses. Esto revela una realidad innegable: el éxodo venezolano no tiene precedentes -ni en magnitud ni en velocidad- en la historia reciente de América Latina.

Es por ello que no podemos escatimar esfuerzos a la hora de apoyar a la región, ya que los grandes flujos migratorios tienen consecuencias sociales y económicas no sólo para los propios migrantes -sin duda los más afectados- sino también para los países de acogida. En concreto, la migración pone presiones significativas en la prestación de servicios, las instituciones, los mercados laborales y las dinámicas sociales de las áreas receptoras.

Ejemplo de ello son las limitaciones que enfrentan estas comunidades a la hora de garantizar el acceso a la educación de los recién llegados, que en algunos casos se traduce en que niños y jóvenes no puedan ser escolarizados. Otro reto es cómo asegurar el acceso a la salud de los migrantes y evitar que algunas enfermedades como el sarampión -que se había eliminado en América Latina- reaparezcan.

Los flujos migratorios también causan otros desafíos, como la necesidad de vivienda e infraestructura urbana, lo cual constituye una prioridad para los miles de venezolanos que ahora viven en las calles. Además, minan los esfuerzos de reducción de la pobreza, debido al impacto que provoca el desempleo, el subempleo y los salarios más bajos que perciben los migrantes. Todo ello afecta indudablemente las finanzas de los países y compromete su crecimiento.

Es por esta razón que en el Banco Mundial nos sumamos a los esfuerzos iniciados por otras organizaciones para apoyar a América Latina a enfrentar los retos de la migración desde Venezuela, un tema que consideramos prioritario.

Como anunció recientemente el presidente de Colombia, Iván Duque, el Banco Mundial ya está contribuyendo a este trabajo con la finalización de un informe que analiza el impacto de la migración en este país y las posibles respuestas de políticas públicas, y que presentaremos en las próximas semanas. Se trata de un documento realizado conjuntamente con el Gobierno colombiano y que contó con el apoyo de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados y de la Organización Internacional para las Migraciones.

Además, estamos brindando asistencia técnica a Colombia y Perú y explorando contribuciones adicionales a otros países receptores de América Latina, con base en la experiencia internacional adquirida en situaciones similares.

Estos esfuerzos, sin embargo, no serán suficientes para lidiar con la magnitud de la crisis que pude observar durante mi visita a Cúcuta, acompañado de representantes del Gobierno y de otras organizaciones humanitarias. Es por ello que, como comenté en ese momento, se requiere de la colaboración y el trabajo conjunto de toda la comunidad internacional.

¿El objetivo? Que podamos ayudar de la mejor forma posible tanto a aquellos que se ven obligados a abandonar su hogar como a los países y las comunidades que, de forma solidaria, les han abierto los brazos.

 

*Jorge Familiar es Vicepresidente del Banco Mundial para América Latina y el Caribe.

 

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