Aeropuerto y futuro

Estamos ante un punto de inflexión en la historia de nuestra especie. Si observamos el tiempo de la larga duración como propuso Fernand Braudel, (aquel que se mide en siglos y en cambios estructurales), y ponemos nuestra atención en la cantidad de biomasa, hidrocarburos, minerales y agua que explotamos hoy, el pronóstico es aterrador: 2050 podría ser el año en que empiece a incrementarse exponencialmente el hambre, la sed y la privación de maneras incontrolables.

Por: Diego de la Mora Maurer (@diegodelam)

En la decisión sobre el aeropuerto no solo se está deliberando sobre vuelos y aviones, se está disputando el proyecto de país y están chocando, al menos, dos cosmovisiones: el gigantismo y el pequeñismo.

El gigantismo lo explica muy bien Gabriel Zaid en su pequeño ensayo sobre El progreso en bicicleta con el ejemplo de un avión Boeing: “cuesta más que un millón de bicicletas, y la inversión por pasajero es tres mil veces mayor que la inversión en bicicleta, aunque la velocidad no es tres veces mayor, sino treinta” . El gigantismo quiere llegar más rápido, más lejos y hacer más dinero con obras y cosas más grandes. Es el tataranieto privilegiado de la revolución industrial y el hijo exitoso de la tecnológica. Se llama capitalismo digital y necesita edificios inteligentes y 5, 6 xG. La mala noticia es que también necesita extraer grandes cantidades de recursos no renovables y por eso no es sostenible. Solo es accesible para un pequeño porcentaje de la humanidad y Gaia ya no lo aguanta.

El pequeñismo es más difícil de entender porque no apantalla. El concepto de Leopold Kohr desarrollado por Schumacher en Lo pequeño es hermoso en 1973 choca de frente con la economía política imperante: para ser sostenibles, tenemos que actuar en pequeño, producir y preservar las pequeñas cosas, con tecnología de tamaño humano. La mala noticia es que no está de moda y que sus defensores son aplastados en los altavoces institucionales.

Para el gigantismo el aeropuerto es la oportunidad de tener una nueva puerta mágica por donde entrarán capitales, inversiones, tecnologías y ejecutivos (seguramente en su mayoría varones blancos, de origen europeo) que seguirán transformando a México; con la promesa y amenaza de un nuevo espacio urbano con grandes extensiones de tierra cuyos dueños, que compraron en oferta, se relamen los bigotes: la Aerotrópolis.

Para el pequeñismo, el lago y el respeto a las comunidades campesinas que lo rodean es vital para la supervivencia de la ciudad y, en mayor escala, del mundo. Schumacher utiliza el término economía budista para proponer una forma de producción sostenible, en donde lo central es el bienestar humano y no la producción económica bruta. En esos términos, hacer un hub gigante para los vehículos más contaminantes que tenemos es no solo acabar con el lago; es generarnos millones de toneladas extra de gases para un valle de por sí muy contaminado.

Estamos ante un punto de inflexión en la historia de nuestra especie. Si observamos el tiempo de la larga duración como propuso Fernand Braudel, (aquel que se mide en siglos y en cambios estructurales), y ponemos nuestra atención en la cantidad de biomasa, hidrocarburos, minerales y agua que explotamos hoy, el pronóstico es aterrador: 2050 podría ser el año en que empiece a incrementarse exponencialmente el hambre, la sed y la privación de maneras incontrolables.

Hay una ruta de contención pública en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. También hay miles de posibilidades para actuar cotidianamente.

Votemos, entonces, con esas previsiones en mente. Los defectos y problemas de la consulta están a la vista: esas mulas aramos en México. De repente parecería que ya votamos en un sinnúmero de referendos y plebiscitos, y como expertos en consultas públicas, detallamos todo lo que está mal de la que empieza hoy.

A mí, que me pregunten.

Como las señales de la hecatombe también son evidentes, yo votaré para que no se siga construyendo el aeropuerto en Texcoco.

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