La consulta: mi trampa y mea culpa

En lugar de votar varias veces por la consulta sobre el nuevo aeropuerto, quizá había otra forma de exhibir la debilidad del ejercicio al permitir el voto múltiple, una que no implicara un engaño.

La consulta: mi trampa y mea culpa
Animal Político

Por: Javier Ramos Garza (@jagarzaramos)

El primer día de la consulta sobre el Nuevo Aeropuerto de Ciudad de México fui a votar a la casilla instalada en la Alameda de la ciudad de Torreón. Entregué mi credencial del INE, ingresaron mi clave de elector en la aplicación móvil, me dieron la boleta y luego de depositarla, me entintaron el pulgar.

Salía de la casilla cuando llegaba Reyes Flores Hurtado, designado coordinador del próximo gobierno federal en Coahuila. En el típico “chacaleo” con reporteros, se habló de la posibilidad de que la consulta pudiera ser manipulada. “Puedes ir a votar a otra casilla, pero el sistema te va a rechazar. Puedes borrarte la tinta e intentar votar en otra casilla, pero cuando te metan al sistema te va a decir que ya votaste”, dijo Flores Hurtado.

–¿Hacemos la prueba?, le preguntó una reportera.

–Puedes hacer la prueba. Pero en el sistema entra tu clave y te registra, respondió Flores Hurtado.

No sonaba mal la idea. El hacer trampa para exhibir una trampa es uno de los dilemas más antiguos del periodismo, un tema ético sobre el que hay opiniones muy intensas. Pero en este caso me parecía justificado por la controversia que había causado la consulta y la magnitud de la decisión que se pretende tomar sobre su resultado.

Así que tomé rumbo a la Plaza de Armas en el centro de Torreón, donde estaba instalada otra casilla. Mientras me borraba la tinta del pulgar, racionalizaba el ejercicio con el argumento de que ni yo ni la consulta estaba violando ninguna ley. La consulta no es legal ni ilegal, es una acción política válida. Votar dos o tres o cuatro veces tampoco constituye un acto ilegal, pero podría servir para demostrar la debilidad del instrumento. No era, como afirman algunos, sólo “por joder”. Al contrario, poner a prueba la consulta parecía algo sensato porque su posible falta de credibilidad dañaría un objetivo tan loable como involucrar a la ciudadanía en decisiones de gobierno.

Armado con estos argumentos llegué a la casilla de la Plaza de Armas, donde entregué la credencial. La clave de elector fue tecleada en la aplicación, la cual respondió que si podía votar. Me dieron la boleta, pero ya no entintaron el dedo.

No me sorprendió. La prisa e informalidad con que se montó la consulta hacía previsible esto. Empecé a ver en redes sociales reportes de gente que estaba haciendo lo mismo, así que decidí probar de nuevo. Enfilé a la Plaza del Eco, donde había otra casilla. Entregué la credencial, pero ahora la encargada no tenía la aplicación móvil y escribió mi clave de elector en un papel. Le pregunté por la aplicación y dijo que les habían indicado capturar las claves a mano y después cargarlas en el sistema. No parecía en lo más mínimo preocupada por lo fácil que resultaría hacer trampa. Me entregó la boleta y voté por tercera vez en una hora.

Cuando relaté el ejercicio en Twitter, la reacción fue extrema. De un lado, los críticos de la consulta (a su vez simpatizantes del aeropuerto de Texcoco) vieron en mi triple voto una validación de sus opiniones. Los que apoyan la consulta (y en su mayoría también el proyecto de Santa Lucía) vieron un ejercicio para fomentar oposición a las políticas de Andrés Manuel López Obrador y una muestra del peor comportamiento cívico.

Lo que ningún bando pareció ver fue el objetivo real. No era descalificar la consulta como tal, ni tampoco el proyecto de Santa Lucía. Era simplemente una forma de mostrar que la decisión sobre el gasto de miles de millones de pesos de dinero público estaba basada en un mecanismo endeble y con muchas fallas. Que resulta una insensatez asignar el gasto público de esta manera. Que las necesarias denuncias sobre corrupción en la obra de Texcoco que han hecho López Obrados y sus simpatizantes pierden peso ante la corrupción de una consulta tan vulnerable.

Esta polarización no es nueva, por supuesto, sino una expresión más de los choques de ideas y opiniones en torno al próximo gobierno. Pero si algo aprendimos del sexenio que termina es que el dinero mal administrado tiene un costo de legitimidad y credibilidad para el presidente y su equipo.

Esto, claro, no resuelve el dilema ético de hacer trampa para exhibir la trampa. Podría esgrimir algunos justificantes. Uno de ellos, que repartí los primeros dos votos entre Texcoco y Santa Lucía para que se anularan mutuamente, dejando el tercero para la opción que me parece más adecuada. Pero este argumento es casuístico y poco convincente.

También se puede afirmar que la consulta es un ejercicio con reglas impuestas unilateralmente por el presidente electo y su partido. Se puede argumentar, entonces, que uno puede fijar sus propias reglas con la misma arbitrariedad. Pero esta equivalencia suena a aquella frase de T. S. Eliot: “La última tentación es la mayor traición, hacer lo correcto por una equivocada razón”.

Quizá había otra forma de exhibir la debilidad de la consulta al permitir el voto múltiple, una que no implicara un engaño. Más tarde se me ocurrió una alternativa, que pude haber votado la primera vez y luego presentarme en las siguientes casillas y cuando ahí me entregaran las boletas, regresarlas con la explicación de que estaba haciendo un ejercicio de voto repetido. De esa forma quizá hubiera jugado más limpio, sin haber engañado a los encargados de las casillas, que participaron en la consulta de buena fe.

Pero esta alternativa se me ocurrió hasta horas después, cuando había pensado mejor las cosas. Finalmente, las dudas y los cuestionamientos es lo que pasa cuando uno se deja llevar por un impulso, sin examinar con cuidado los motivos y las consecuencias, cuando se hacen las cosas al aventón, con premura y sin razonamientos claros.

Como la consulta del aeropuerto, por ejemplo.

* Javier Garza Ramos es periodista en Torreón, Coahuila.

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