Nuestra deuda con los animales

Está en manos de las grandes corporaciones que controlan las cadenas de suministro alimenticio implementar políticas que reduzcan el sufrimiento de los animales que usan y está en manos del estado promulgar leyes más estrictas de protección y hacer valer aquellas que ya existen.

Por: Magnolia Martínez Peña

Cada año, Occidente se rasga las vestiduras cuando los medios de comunicación nos recuerdan las tradiciones de algunos países asiáticos en donde se consume carne de perro. Nos preguntamos cómo es posible que estos animales, con quienes muchos de nosotros compartimos el hogar y a quienes tratamos como miembros de la familia, sean convertidos en un ingrediente más. Y, al mismo tiempo que la indignación nos motiva, por ejemplo, a firmar peticiones para acabar con el Festival de Yulin, en China, ignoramos por completo lo que sucede en nuestro entorno con miles de millones de animales que, al igual que los perros, sienten dolor.

Me refiero a las gallinas, las vacas, los cerdos, los peces y otros animales usados en la industria de la alimentación. Se calcula que cada año alrededor de 70 mil millones de animales son confinados en granjas industriales y miles de toneladas de peces son capturados. Para quienes crecieron en el contexto urbano es difícil imaginar lo que sucede con estos animales en las granjas industriales y los mataderos antes de que la carne y los huevos lleguen a su plato.

En México, la gran mayoría de la producción de huevos ocurre en instalaciones con jaulas en batería, en las que varias gallinas son hacinadas en un espacio no mayor que un cajón de archivador. En estas jaulas de alambre, las gallinas no pueden exhibir su comportamiento natural que, como el de cualquier ave, incluye caminar, extender la alas, tomar baños de polvo, hurgar el suelo en busca de alimento, anidar y posarse para descansar.

Las vacas en la industria de la leche son sometidas a un ciclo permanente de inseminación forzada, embarazo y parto. Sólo así producirán leche, como cualquier mamífero. Sus terneros son arrebatados a las pocas horas de haber nacido; los machos se convertirán en “carne de ternera” y las hembras entrarán al mismo ciclo de explotación que su madre.

En la industria de la carne de cerdo, las cerdas gestantes están confinadas en jaulas apenas más grandes que su cuerpo, en donde no pueden ni siquiera darse la vuelta. A sus crías, hacinadas en galpones, les arrancan los testículos y les cortan los dientes y la cola sin proporcionarles nada para aliviar su dolor.

En el matadero, gallinas, vacas y cerdos están expuestos a prácticas como choques eléctricos, golpes y puñaladas, cuando aún están conscientes y pueden sentir dolor. Su sufrimiento, sin embargo, es completamente ajeno a los consumidores que de manera regular se abastecen de productos derivados de animales. A la ignorancia que surge de la distancia entre la producción y el consumo se suma la labor de mercadotecnia de la industria de la alimentación que se ha ocupado de difundir la imagen de animales felices que retozan en verdes praderas. Si bien hay granjas en las que los animales no están confinados y los estándares de bienestar son mayores, este tipo de producción constituye un mínimo porcentaje, no sólo en México sino a nivel global.

Entre quienes se dedican a la biología evolutiva ya existe un consenso sobre la capacidad de los vertebrados de sentir dolor, y no sólo los mamíferos, también las aves y los peces, y hay evidencia de que los invertebrados también responden a estímulos dolorosos. Saber esto nos debe hacer éticamente responsables y nos exige reflexionar sobre el trato que les damos a los animales que no tienen la fortuna de pertenecer a nuestro círculo emocional inmediato, pero sí hacen parte de nuestra alimentación.

Si, además del dolor innecesario que infligimos a cientos de miles de animales cada día, pensamos en el impacto que su explotación industrial tiene en el planeta, el tema se torna aún más urgente. Esto, debido al volumen de emisiones de gases de efecto invernadero asociado con esta industria. Y aquí, de nuevo, tenemos un deber ineludible: pensar en nuestro legado a las generaciones futuras y actuar en consecuencia.

Está en manos de las grandes corporaciones que controlan las cadenas de suministro alimenticio implementar políticas que reduzcan el sufrimiento de los animales que usan y está en manos del estado promulgar leyes más estrictas de protección y hacer valer aquellas que ya existen. Entre tanto, como ciudadanos y consumidores podemos pronunciarnos a favor de los animales al tomar decisiones informadas sobre lo que ponemos en nuestro plato. Y dejar a los animales fuera del menú es la opción éticamente responsable.

 

*Magnolia Martínez es doctora en ciencias ambientales, vegana y activista por los derechos de los animales. Actualmente es Directora General de Mercy For Animals Latinoamérica.

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