La tecnocracia frente a la pérdida de hegemonía

A todos nos convendría que comentaristas de noticias, expertos y dirigentes de organizaciones civiles contrario a López Obrador acepten su derrota, pero esto no quiere decir aceptar que ganó el populismo y ahora nos gobernará la ignorancia, como suelen consolarse; sino aceptar que ellos no representan a la verdad ni encarnan el espíritu racional del progreso.

Por: Luis Gabriel Rojas (@gabel_castro)

Sin duda el triunfo electoral de la Coalición que encabezó Andrés Manuel López Obrador es un mandato para cambiar el status quo del sistema de partidos, pero también es un voto de confianza que ha abierto un nuevo horizonte de posibilidades para probar nuevas soluciones a nuestros viejos problemas. De esta forma, se ha roto la hegemonía de la “democracia sin adversarios” y se ha reactivado la batalla de las ideas. En una democracia donde los adversarios se reconocen mutuamente, la disputa entre alternativas puede producir conflictos y conversaciones que estimulen la creatividad y la imaginación política para resolver pragmáticamente los problemas más apremiantes de la gente. Pero en un contexto donde se deslegitima a quien piensa diferente, la batalla de las ideas puede ser tortuosa, polarizar a la sociedad y detener el avance del país.

Por ello, preocupa que algunos comentaristas de noticias, expertos y dirigentes de organizaciones civiles rechacen la posibilidad de construir un diálogo honesto y constructivo. Por ejemplo, cotidianamente se califican las propuestas del próximo gobierno de demagogas, irracionales, sin sentidos, absurdas, retrogradas, amenazantes, ridículas, peligrosas, farsantes, autoritarias o populistas, entre otras descalificaciones. Además, cuando simpatizantes del próximo gobierno han rechazado las descalificaciones argumentando que estas propuestas son válidas porque tienen el respaldo de las urnas, se ha respondido afirmando que entonces la mayoría se equivoca. Más aún, se ha interpretado cualquier expresión de apoyo al próximo gobierno como un acto autoritario y de censura de la libertad de expresión de los críticos, así como expresión de un fanatismo peligroso que impide reconocer la irracionalidad del programa de gobierno de la próxima administración.

La hegemonía

Solemos pensar que las asociaciones civiles, expertos y comentaristas de noticias no son actores políticos porque están fuera del sistema de partidos. Sin embargo, muchos de estos actores están lejos de ser neutrales y carecer de intereses políticos (lo cual es perfectamente válido en una democracia cuando estos se hacen explícitos). Vale la pena recordar que en México la noción de sociedad civil tomó fuerza a finales de la década de los 80, impulsada por académicos y políticos como herramienta ideológica para evitar los llamados episodios populistas y legitimar la transición hacia el modelo neoliberal.[1] Desde entonces, se formaron algunas asociaciones civiles y think tanks con el propósito de contribuir a la construcción de un sentido común que determinara cuáles eran los asuntos públicos más urgentes y cómo debían de ser atendidos. Más aún, frente al desprestigio reciente de los partidos políticos por las crisis de corrupción y violencia, algunas organizaciones civiles y comentaristas asumieron el liderazgo de la agenda política y del mantenimiento del sentido común (neo)liberal.

Por ejemplo, un grupo de asociaciones civiles estuvo muy activo durante la pasada campaña presidencial exigiendo que los candidatos se comprometieran con las llamadas “propuestas ciudadanas”. Los contendientes del PAN y el PRI firmaron casi todos los convenios, que básicamente eran compromisos con la continuidad de las reformas emprendidas en el sexenio del presidente Peña Nieto. Sin embargo, el candidato López Obrador rechazó pública y reiteradamente esas propuestas y planteó alternativas en diversos temas como seguridad, educación, anticorrupción, fiscalía general, inversión, política industrial, combate la pobreza y participación ciudadana, entre otras.

La fractura ideológica

Expertos y comentaristas de noticias descalificaron las propuestas del candidato tabasqueño. Sin embargo, para su sorpresa, el electorado no castigó al candidato que rechazó las llamadas “propuestas ciudadanas”, sino que lo respaldó con un voto mayoritario en la elección para presidente y el Congreso. Así pues, el triunfo de AMLO no fue solo una derrota de los partidos políticos sino también hizo evidente el descrédito de la ideología que hegemonizó la opinión pública durante las últimas décadas.

La resistencia

Jesús Silva Herzog escribió dos textos que dejan ver nítidamente la dificultad que tienen expertos, comentaristas y dirigentes de organizaciones de la sociedad civil para aceptar el cambio democrático en los términos del debate público. En Entre la tecnocracia y el populismo,[2] Silva Herzog ofrece una explicación de la derrota, según la cual la arrogancia del discurso tecnócrata que colonizó al liberalismo provocó una crisis de credibilidad del “liberalismo que se volvió dogmático, nostálgico y regañón”. Silva Herzog escribe con nostalgia sobre un liberalismo de raíz crítica que se perdió por tres traiciones. No coincido con su conceptualización de las traiciones al liberalismo, pero sí con su análisis que muestra las prácticas autoritarias del discurso que hegemonizó la vida pública de México. Este discurso se construyó sobre una retórica de racionalidad, objetividad y neutralidad política que, en voz de los pocos que sí saben, presentaba propuestas como soluciones únicas e incontrovertibles. Así, al tiempo que se construyó un cuerpo homogéneo y moralmente unificado en torno a la racionalidad, se excluyó radicalmente a quienes pensaban diferente porque ponían en peligro el sentido correcto de la historia.

Cuando este discurso era hegemónico, la exclusión de las diferencias y disenso no era visible porque se consideraba necesaria e incluso un deber moral. Como ejemplo tenemos la efectividad con la que se construyó discursivamente al candidato López Obrador como “un peligro para México”, lo que contribuyó a que este no llegara a la presidencia en dos ocasiones y a la polarización de la sociedad.

Llama la atención que a pesar de que este discurso ha caído en el descrédito entre la población, la retórica antidemocrática de la racionalidad persiste en sus defensores. Por ejemplo, en “La arrogancia en la victoria”,[3] Silva Herzog rechaza que los críticos del populismo hayan perdido las elecciones, y si las perdieron rechaza que tengan que callarse y dejar de criticar a su enemigo histórico (el demos). Porque el voto otorga el poder, pero no otorga la razón. Pueden haber perdido el apoyo de la ciudadanía, pero no la representación del sentido correcto de la historia. Así, exige que ante su derrota el nuevo orden respete a la minoría (neo)liberal, porque esta es la reserva racional del país que hay que cuidar mientras dure la noche populista.

Más aún, Silva Herzog se muestra incapaz de distinguir la crítica y el disenso de la injuria y la descalificación. Mientras que las dos primeras son indispensables en la democracia, las últimas construyen al adversario como una amenaza existencial y cancela la posibilidad de procesar los diferendos mediante la política.

Sin duda, estas prácticas discursivas instigan la polarización social. En algún momento de más calma, los adversarios del próximo gobierno van a tener que decidir si quieren seguir siendo parte del liberalismo dogmático, antidemocrático y regañón que descalifica a quienes “no saben” o piensan diferente. O van a superar pronto el trauma de ya no ser el punto de referencia de la toma de decisiones públicas y van a aprender a tomar en serio, a escuchar y a dialogar con “los que no saben”.

La alternativa

A todos nos convendría que estas organizaciones civiles y comentaristas acepten su derrota, pero esto no quiere decir aceptar que ganó el populismo y ahora nos gobernará la ignorancia, como suelen consolarse; sino aceptar que ellos no representan a la verdad ni encarnan el espíritu racional del progreso. Si existiera un método científico y objetivo para poder predecir el devenir histórico hasta el fin de la historia, no sería necesaria las elecciones, ni la política ni la democracia, todos viviríamos felizmente bajo el autoritarismo de la tecnocracia.

Cuando se acepta que el progreso y la historia se construyen mediante la conversación de las diferencias y las relaciones de poder, el autoritarismo pierde sentido y la política democrática toma un papel central. En el debate democrático no se descalifican las propuestas que no comparten tu marco analítico o concepción del mundo. Por el contrario, la democracia es el espacio donde se conversan las diferencias y conflictos.

Sin embargo, hacer productivo el disenso, el conflicto y la discusión no es una tarea fácil. Para ello es necesario desarrollar ciertas virtudes cívicas que permitan domar los antagonismos, la arrogancia y el sentimiento de vulnerabilidad que produce aceptar que uno no es poseedor de la verdad absoluta: por ejemplo, el respeto a la diferencia, la escucha activa, la sensibilidad hacia el sufrimiento de otros y el compromiso con el bienestar público.[4] Estas habilidades permiten dirigir la discusión hacia problemas pragmáticos y alejarnos de las inútiles discusiones ideológicas sobre la verdad, como las que gusta promover el (neo)liberalismo antidemocrático.

 

* Luis Gabriel Rojas es doctor en Ideology and Discourse Analysis por el Departamento de Gobierno de la University of Essex, economista por la UNAM y profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

 

 

[1] Ver el influyente libro The Macroeconomics of Populism in Latin America, editado por Dornbush y Edwards, 1990, pp 255-7; el texto de Macario Schettino donde hace explícito el proyecto de acabar con el régimen de la revolución y avanzar la transformación cultural, y el trabajo antropológico de Alejandra Leal.

[2] Disponible aquí.

[3] Disponible aquí.

[4] Ver las virtudes de la democracia agonistas que propone William Connolly en Identity\Difference: Democratic Negotiations of Political Paradox, Minneapolis: University of Minnesota Press. (2002).

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