¿Para qué sirven los medios públicos?

El ser y quehacer de los medios públicos de comunicación es absolutamente vital para una democracia moderna, pero su oferta no se subordina a las lógicas de consumo, de mercado, de la fama, ni al control gubernamental o a la mercadotecnia política. Tampoco sirven o debieran servir para la mensajería homogénea ni de propaganda.

Por: Ana Cecilia Terrazas

Los medios de comunicación –sobre todo los tradicionales como radio, televisión y prensa escrita– se ocupan de informar, entretener, divertir, interesar, escandalizar, apasionar o aburrir al gran público.

Para los dueños de medios comerciales de comunicación estos funcionan llanamente como negocio y su desempeño depende de qué tan bien o mal vendan productos, ideas, influencias, relaciones públicas, mensajes, liderazgo de opinión, respuestas, propuestas, distracciones, espacios publicitarios.

Tradicionalmente, en México los medios de gobierno, federal o locales, se consideran vocerías de casa para repetir incondicionalmente las posturas oficiales. Si bien con el paso de los años se ha intentado –en los hechos, en impulsos y en la ley– reconocer su independencia, así como la credibilidad y legitimidad que aportan al Estado, la verdad es que esto último no acaba de entenderse en las esferas del poder político.

Los muy meritorios –y algunos altamente prestigiados– medios sociales, comunitarios e indígenas, vinculados a universidades y comunidades específicas, también han ganado personalidad jurídica y reconocimiento, posibilitan conversaciones necesarias y particulares, aunque todavía algunos no encuentran cómo ser financieramente sostenibles.

Los teóricos de la Comunicación, especializados en medios, saben bien que el gran interés de estos radica en su condición de ser mediadores a la vez de estar mediados. Es decir, hallan en la comunicación mediática el más complejo y fascinante objeto de estudio por ser tan indeterminada como lo es la comunicación humana.

Para los no especialistas no es tan fácil entender para qué sirven los medios públicos y menos lo es comprender que pudieran no ofrecer, en estricto sentido, un servicio, al no ser instrumentos para cumplir con un fin.

Si los medios públicos de comunicación son teóricamente resonancias distintas, transparentes y éticas, que hablan para y desde alguna voz de nuestras comunidades, sin el propósito único ni homogéneo de vender (productos, ideologías, formas de gobierno), se han convertido obviamente en baluarte de los académicos, comunicadores y periodistas independientes.

Así ayer, los agremiados de la Asociación Mexicana de Derechos a la Información (AMEDI) previnieron en comunicado sobre el retroceso inminente para los medios públicos si el Senado determinara que la Secretaría de Gobernación (SEGOB) se encargara “de proveer el servicio de radiodifusión pública digital a nivel nacional”, pues dijeron, “la SEGOB no debería tener injerencia en la regulación de los medios de comunicación y mucho menos ser operadora de estaciones de radio o televisión”.

El ser y quehacer de los medios públicos de comunicación es absolutamente vital para una democracia moderna, pero su oferta no se subordina a las lógicas de consumo, de mercado, de la fama, ni al control gubernamental o a la mercadotecnia política. Tampoco sirven o debieran servir para la mensajería homogénea ni de propaganda.

En otros países ha costado trabajo comprenderlos y mantenerlos, pero ahí están de pie, respaldados por su historia, contra los embates de censura y aprendiendo de sus propios errores, la inglesa British Broadcasting Corporation (BBC) y la alemana Deutsche Welle, líderes en autorregulación, capacidad de crítica y autocrítica.

Los medios públicos de comunicación, con sus muy variadas identidades y personalidades (los universitarios, los comunitarios, las radios, las televisoras, los sistemas públicos) se ocupan de las minorías, de lo que no necesariamente beneficia a un solo amo u objetivo definido.

Acaso, de trabajar para algo, los medios públicos de comunicación captan la atención de las periferias, se extravían en los márgenes, atienden a lo excéntrico y a lo abandonado. Eluden la palabra éxito y quizá también esa acepción utilitaria de servicio. Dice el filósofo crítico español, Alberto Moreira, que hay una diferencia entre el éxito, el cual se mide y el logro, que es una forma superior de juego y no se mide.

 

* Ana Cecilia Terrazas es exdirectora del Instituto Mexicano de la Radio y maestra en Teoría Crítica.

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