El costo de la impunidad en mujeres y niños desplazados

En México, no existe un solo patrón de vulnerabilidad de las mujeres desplazadas, sino varios. Cambios demográficos en escenarios de alta criminalidad, violencia e impunidad, así como de desplazamiento interno han ocasionado un aumento en el número de viudas y familias encabezadas por madres solteras.

Por: Laura Rubio Díaz Leal (@laurarubiodl)

Cuando se habla del desplazamiento interno forzado en todo el mundo, con frecuencia se resalta de manera anecdótica la conexión existente entre el desplazamiento y los bajos niveles de desarrollo socioeconómico. La vulnerabilidad, la pobreza, la miseria, la falta de acceso a bienes y servicios básicos, y a empleo, son solo algunas de las manifestaciones de esa conexión.[1] Sin embargo, cuando el desplazamiento ha sido resultado, entre otras cosas, de la corrupción e ineficiencia de las instituciones encargadas de impartir justicia, el costo de la impunidad recae de manera particular y desproporcionada sobre mujeres y niños desplazados, profundizando su condición de vulnerabilidad y limitando su acceso a mecanismos efectivos de protección.

En México no existe un solo patrón de vulnerabilidad de las mujeres desplazadas, sino varios. Por ejemplo, cambios demográficos en escenarios de alta criminalidad, violencia e impunidad, así como de desplazamiento interno han ocasionado un aumento en el número de viudas y familias encabezadas por madres solteras. Es decir, el que la mayoría de muertes violentas sea de varones entre los 25 y los 44 años de edad afecta directamente a las mujeres[2]; particularmente a aquellas que se ven obligadas a abandonar sus lugares de residencia habitual para salvaguardar su vida y la de sus hijos. La presión para sacar a la familia adelante recae exclusivamente sobre ellas, en medio de grandes pérdidas materiales y humanas, de sus redes tradicionales de apoyo, así como en nuevos escenarios de riesgo.

Además, rara vez una familia se ve desplazada una sola vez; en la búsqueda de seguridad, justicia y rehacer su vida, la mayoría sufre múltiples desplazamientos. En el proceso, hay un reacomodo tanto de la familia nuclear como extendida y su composición; roles tradicionales y relaciones se alteran substancialmente.[3] Con frecuencia, parientes cercanos (abuelos, tíos, hermanas, primos segundos), importantes como redes informales de apoyo de todo tipo son dejados atrás; muchas familias se ven obligadas a separarse; y a menudo esposos abandonan a sus esposas en medio de la presión y las amenazas.

La reconfiguración que esto supone pesa particularmente sobre mujeres, niños y adolescentes. En entrevistas realizadas por la autora en una amplia investigación de campo, mujeres y jóvenes en esta situación tienden a expresar sentimientos de soledad, abandono, enojo, indignación, gran resentimiento y desconfianza, depresión, impotencia, frustración, confusión y profunda desesperanza con respecto a su futuro y la posibilidad de salir adelante en un ambiente extraño para ellos, lejos de todos sus referentes de seguridad. El número de intentos de suicidio de jóvenes, particularmente de mujeres, en ese escenario, es alarmante.

Es justamente en casos así, en donde se pueden apreciar altos índices de retorno de mujeres y sus familias a sus comunidades de origen, aun cuando prevalecen las condiciones que las expulsaron, exponiéndolas a nuevos riesgos, y haciendo inevitables nuevos e indeseados desplazamientos.

En efecto, madres, hijas, hermanas, y cuñadas de víctimas de delitos graves como secuestros, homicidios y desapariciones forzadas, ellas mismas desplazadas y convertidas por necesidad en activistas exigiendo justicia, se han visto empoderadas. No obstante, a la vez son vulneradas y transformadas por su nuevo papel, así como por las nuevas amenazas que la visibilización de sus casos conlleva. La criminalización, la revictimización, y la resiliencia de mujeres en este contexto son rara vez reconocidas.

De igual forma, vemos que cuando son los hombres de la familia los que asumen este papel; es decir, desplazados, hermanos y padres de víctimas que, al asumir como una nueva forma de vida el activismo y el reclamo de justicia para su familia y la de miles de mexicanos, generan otro tipo de abandono y otro tipo reacomodo familiar. Específicamente, el abandono de sus oficios tradicionales y modo de vida a favor de un activismo de tiempo completo en la capital del país, por ejemplo, convierte a sus esposas o parejas en el principal sostén económico, material, emocional, educativo y psicológico de la familia. Para ellas, el tener que ausentarse de casa más horas de las deseadas o acostumbradas y tener que dejar a hijos menores con hijos mayores o con vecinos a penas conocidos, son fuente de gran estrés. Aún las que trabajaban en sus comunidades de origen y contribuían al ingreso familiar, experimentan grandes dificultades para encontrar trabajo y adaptarse a su nuevo papel.

Otra tendencia que identificamos es que las familias que han encontrado abrigo con sus redes familiares o de otro tipo en otros municipios o estados de los que huyeron, en teoría más seguros, a menudo viven en condiciones de hacinamiento, propicias para detonar violencia doméstica y violencia sexual. En el trabajo de campo realizado en Sinaloa, Veracruz y el Estado de México constatamos niñas y muchachas durmiendo en la misma habitación que abuelos, tíos, y/o primos mayores; en ocasiones incluso, que varones ajenos a la familia. En estos casos, había, desafortunadamente, evidencia de abuso a niñas y jóvenes. Como es de esperarse, las madres lidiando solas con ello.

¿Denunciar? Ni pensarlo. Revictimización a todas luces y de nueva cuenta de los más vulnerables…

Asimismo, la dificultad para reinsertar a los menores en el sistema educativo en los lugares de destino, debido a la pérdida de documentos de identidad, de certificados de años cursados en las escuelas en sus lugares de residencia habitual, y debido a la falta de acceso a instituciones educativas que los acojan, entre otras causas, intensifican las crisis en las familias desplazadas. En ese escenario, niños y jóvenes se convierten en presa fácil de pandillas y del ocio que destruye y corrompe.

En fin, la relación entre el desplazamiento interno forzado y la pobreza es directa y exacerba patrones de vulnerabilidad y desigualdad que afectan particularmente a mujeres, niños, y adolescentes, con consecuencias o costos psico-sociales y económicos muy profundos y de largo plazo. La transformación social de víctimas indirectas de delitos graves en activistas, producida por la impunidad, por la falta de mecanismos de protección adecuados y de acceso a la justicia está cambiando el rostro de miles de familias mexicanas. Esta es otra más de las manifestaciones de los costos de la impunidad.

 

* Laura Rubio es especialista y consultora sobre temas relacionados a la migración forzada, particularmente el desplazamiento interno forzado producido por la violencia y fenómenos ambientales en México y América Latina. [email protected]

 

@costosimpunidad

 

 

[1] IDMC- El efecto dominó: el impacto económico del desplazamiento interno, 2018. DE:

[2] INEGI, Disponible aquí. 

[3] IDMC: Driven apart: How repeated displacement changes family dynamics in Eastern DRC, Ginebra, NRC-IDMC, noviembre 2015.

Close
Comentarios