Peña Nieto y el estilo masculino de gobernar

Dentro de los escándalos de corrupción del gobierno de Peña Nieto podemos encontrar algunas prácticas de masculinidad. Los “antivalores” y sus secuaces recuerdan a la estructura social de una pandilla: relaciones de compadrazgo político y económico, juramentos de lealtad inquebrantables, complicidades inconfesables, comportamientos mafiosos por parte de altos funcionarios señalados por corrupción: el cártel de la impunidad.

Por: Santiago Álvarez Campero (@sacampero)

Durante la presidencia de Enrique Peña Nieto fueron notorios algunos rasgos relacionados a cierta forma de ser un hombre en el poder, de ser el varón que encabeza el Poder Ejecutivo de los Estados Unidos Mexicanos. Estos aspectos bien podrían remitir a “el estilo personal de gobernar”, siguiendo a don Daniel Cosío Villegas, o referirse más llanamente a la manera de ejercer el poder, cargada de símbolos, protocolos y discursos como siempre es. No obstante, considero que la perspectiva de género permite poner en relieve algunas características claves de la gestión de Enrique Peña Nieto. Tratándose del ciudadano presidente, la masculinidad –a fin de cuentas un performance– se articula a través el cargo público, de cara a la Nación, con todas las atribuciones (meta)constitucionales que implica y también con los miles de conflictos y polémicas que lo centran. Además, la manera en que un político se desempeña en público impacta directamente en su carisma, una de las principales fuentes de legitimidad según Max Weber. Por tanto, reflexionar sobre la masculinidad del jefe de Estado y de Gobierno quizá pueda servir para entender mejor la dinámica del presidencialismo mexicano. En palabras de Cosío Villegas:

Puesto que el presidente de México tiene un poder inmenso, es inevitable que lo ejerza personal y no institucionalmente, o sea que resulta fatal que la persona del Presidente le dé a su gobierno un sello peculiar, hasta inconfundible. Es decir, que el temperamento, el carácter, las simpatías y las diferencias, la educación y la experiencia personales influirán de un modo claro en toda su vida pública y, por lo tanto, en sus actos de gobierno.

(El estilo personal de gobernar, 1974, p. 8, cursivas en el original).

La masculinidad tiene que ver con los roles de género culturalmente vinculados a ser hombre, a la forma socialmente esperada y aceptada de comportarse como tal. En este mundo patriarcal, la hombría suele estar ligada al poder y al dinero, a mandar, a ser fuerte, a defender y proveer. Sin embargo, existen muchas masculinidades posibles, algunas más dominantes que otras. En su expresión más machista, el hombre es violento, territorial y mantiene férreo control sobre las demás, al tiempo que rechaza mostrar cualquier rasgo considerado como femenino. En otros contextos, el hombre puede ser amoroso y protector, fiel y servicial, sabio y líder, desenfadado y divertido. Hay que decir que, como todos los roles de género, se trata de estereotipos asignados a las personas con base en sus genitales, en este caso a los varones. Aunque se insista en la diferencia sexual, cultural y hasta emocional entre hombres y mujeres, las cualidades humanas no son exclusivas a ningún género y todas las personas perfilan una combinación de ellas. La pregunta es: ¿cuáles de estos atributos mostró Enrique Peña Nieto que significaran en su manera de ser presidente?

Hay dos elementos centrales que acompañaron a Peña Nieto durante todo el sexenio: lo guapo y lo tonto. La galantería de Enrique Peña le fue muy útil como candidato, como pilar de su carisma. Tras una gestión exitosa como gobernador del Estado de México y apoyado en una campaña bien producida por Televisa, Peña se proyectó como un político agradable y atractivo, moderno y comedido, suficientemente cercano a la gente y también serio, protocolario. Ya como presidente, ese porte se tradujo en la presencia y elegancia que muchos esperan del presidente de México. Con esa imagen vino también el copete enorme y las facciones afiladas de los cartones en la prensa –si Calderón fue el presidente enano con ropas militares colgantes, a Peña invariablemente lo representaban como delicado, vanidoso, confundido.

Más importante fue la caricatura que se hizo de Enrique Peña Nieto como un bobalicón o una marioneta. Desde aquella conferencia en la FIL de Guadalajara en noviembre de 2011, Enrique Peña quedó como el hombre que no lee, que no sabe salir del guion, que recurre al absurdo. Luego sabríamos que tampoco sabe hablar inglés, que inventa estados de la República, que unas señoras indígenas no le dieron la mano y que en su cumpleaños se le cayó la rebanada de pastel. En mayo de 2012 lo vimos reaccionar como un “cobarde” cuando supuestamente se escondió en el baño de la Ibero, en el evento fundacional del Yo soy 132. Hay que decirlo: fueron muchísimas las evidencias de la torpeza presidencial, aunque muy poco se reconoció la humanidad de un presidente que se equivoca, que se aventura al hablar y trastabilla, que puede ser tan sincero que piensa en voz alta (ya sé que no aplauden). Las redes sociales y los memes fueron severos y, con toda justicia, los exabruptos de Peña fueron condenados y ridiculizados. La autoridad moral del Presidente se erosionaba a miles de likes por segundo, pues cada escándalo abonaba a la desconfianza hacia un gobernante incompetente que hablaba de resultados que nadie veía. Enrique fue perdiendo respeto y legitimidad como jefe de gobierno.

Sin embargo, el Presidente en realidad no era débil. El gobierno de la República consiguió afianzarse en el poder, aumentar su esfera de influencia y llevar acabo maniobras extractivas. Centralizó la toma de decisiones en el gobierno federal, contó con un partido disciplinado y prácticamente mayoritario en el Congreso, se antepuso ante varios intereses, desplegó con frecuencia a la fuerza pública y fue tan cínico como fuera necesario. Con el regreso del PRI se enfatizaron algunas antiguas formas, como el señor ciudadano presidente, la idea de un gobierno más nacional con mayor visión de Estado, una gran investidura de cara a la Nación y al partido. Fue un gobierno de proyectos ambiciosos, de innovaciones, de seguir estándares mundiales: las 11 reformas estructurales logradas gracias a la maniobra política audaz y eficaz que fue el Pacto por México; controlar al SNTE e intentar disciplinar a la CNTE (asuntos, sobre todo el segundo, que ocuparon más de la mitad del sexenio); abrir la explotación de hidrocarburos nacionales al mercado internacional después de décadas de resistencia; echar a andar complejos mecanismos de financiamiento para aumentar la capacidad de gasto actual –lo mismo para el NAICM que para intervenir la infraestructura educativa en todo el país o para desviar recursos a empresas fantasmas en colusión con gobiernos estatales e incluso universidades públicas, es decir, toda la organización criminal que implica una Estafa Maestra.

En sentido burocrático, se trató de una administración “bien hecha” que trajo cierto refinamiento en la producción documental e informática del gobierno. Se presentó un Plan Nacional de Desarrollo coherente e integral, acompañado de planes sectoriales sustentados; se consolidó el portal de Transparencia Presupuestal; se diseñaron mecanismos de coordinación interinstitucional para vincular a las beneficiarias de Prospera con el IMSS, el Seguro Popular y el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos. En política exterior, se hizo el trabajo diplomático suficiente como para recibir a los presidentes de Estados Unidos y China en la primavera de 2013, además de restablecer relaciones con el gobierno francés y acudir como invitado especial al desfile del 14 de julio de 2015 en París. Había capacidad de hacer las cosas.

Por supuesto, todos los presidentes lidian con este tipo de asuntos, lo cual es producto histórico de la consolidación institucional liberal y republicana, junto el personalismo inherente al sistema presidencial. Al final, si el artículo 80 constitucional responde a tu nombre, eres una persona bastante poderosa. Y el presidente Peña Nieto sí dejó ver su poder ejecutivo: reformó mil leyes, casi no cedió en los conflictos, pasó por encima de los derechos humanos, en sus momentos se endureció a muerte, y tardó tres años en realizar ajustes importantes en su gabinete, mostrando frecuentemente una actitud arrogante, convencida de sí.

Sin embargo, en otoño de 2014 el gobierno de Peña Nieto fue herido de muerte. Primero el brutal ataque en Iguala, Guerrero, a estudiantes de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa, en el cual resultaron 27 heridos, 9 muertos y 43 desaparecidos. Un mes después, Carmen Aristegui informó sobre una mansión en Las Lomas entregada a la familia presidencial por el contratista predilecto del presidente exgobernador. La primera en salir al quite fue Angélica Rivera con un discurso moral, haciéndose pasar como víctima de una calumnia, indignada por la negación del fruto de su trabajo artístico. El mensaje fue opaco y manipulador, lo cual azuzó la molestia social. Luego el presidente se lamentaría de que saliera su esposa y no él a dar explicaciones. Enrique estaría reconociendo que no fue muy hombre de su parte haber actuado así, que él debió responder y proteger a su mujer del escrutinio público. Tras este reconocimiento del desliz de género viene la reafirmación de la figura masculina. Por su parte, Rivera fue relegada al ámbito privado, cumpliendo sólo funciones de Primera Dama, relegando incluso la presidencia honoraria del Sistema Nacional DIF.

Lo que vino después fue de corte autoritario. Carmen Aristegui salió de la radio. El presidente ordenó a un subordinado investigarlo por la Casa Blanca y sorprendentemente no se detectó ningún conflicto de interés. En el caso Ayotzinapa permeó la idea que “Fue el Estado”, lo cual apuntó directamente al ejecutivo federal. Mientras tanto, la PGR construyó una verdad a modo, con confesiones obtenidas mediante tortura y dijo que no había más. Se permitió la entrada del GIEI –en una experiencia inédita como saludable para el país–, pero después se le ‘expulsó’. El cuartel en Iguala permanece cerrado. Con una movilización política masiva, rural y urbana, apoyada en las redes construidas por el 132, a finales de 2014 todos éramos Ayotzinapa y la piñata de Enrique Peña Nieto se quemaba en el zócalo de la Ciudad de México.

A raíz de estos eventos, Peña Nieto perdió toda la credibilidad y se ganó la desconfianza de la gente. Llegó un momento en el sexenio en que la mayoría llegó a la conclusión que el presidente no era de una persona de fiar y todos, incluido Enrique, miraban impacientes hacia 2018. Al parecer ciertas reglas básicas y atributos esenciales de las relaciones personales también son importantes en la relación del Presidente con la gente. Debe haber una empatía, porque falta entenderse para poder representar. Aunque en el poder, el presidente sí está obligado a cumplir con varias expectativas morales y sociales de la población. Un gobierno eficaz requiere la confianza de la ciudadanía, pues busca su cooperación para implementar las políticas. Este respaldo popular se construye sobre valoraciones acerca de temas considerados importantes como economía, seguridad y corrupción e implica la evaluación de personajes y episodios concretos (María Fernanda Somuano, “Evaluar al presidente. Una comparación entre Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto”, Foro Internacional, 2018). Al contrario, si al gobierno no se otorga el beneficio de la duda, si de entrada se descartan sus argumentos, si no se da crédito a ningún avance, gobernar resulta una tarea bastante más difícil, justamente porque se ha perdido la capacidad de influencia.

El presidente da órdenes y éstas se cumplen, e infeliz el funcionario que no las obedezca tal y como el presidente quiere; pero hay sectores importantes, el de las organizaciones obreras, agrarias y el de la iniciativa privada, donde el poder del presidente radica en buena parte en su poder de persuasión, de convencimiento y de negociación, que es fuerte y radica en su prestigio y en el temor que inspira no acceder a sus deseos, por las medidas que pueda tomar dentro del ámbito de sus poderes constitucionales y extraconstitucionales (Carpizo, El presidencialismo mexicano, 2002, p. 203).

Todo el sexenio la imagen del presidente fue cuidada hasta el extremo, pero eso no era suficiente; lo común fue que algo saliera mal. El presidente corrió todas las carreras de Molino del Rey (incluyendo las veces que lo hizo con calcetas al revés) y corrió con el Primer Ministro de Canadá. Esa vez se criticó lo mal que se veía Peña, lo anticuado, con su playera verde y short deportivo, junto al siempre apuesto Justin Trudeau. También sucedió, en esa misma gira presidencial en Ottawa, que Obama y Trudeau lo hicieron a un lado al finalizar un mensaje conjunto, lo cual resultaba triste de ver, pero también era una descortesía diplomática mayor. Ahora bien, Trudeau y Obama parecen grandes aliados de México en comparación con el monstruo Donald Trump. Ante el enorme desafío, y tras la desastrosa invitación a Los Pinos en 2016, el presidente Peña Nieto siguió una política exterior cautelosa y pragmática. Como muchacho en secundaria que es retado a golpes y sabe que va a perder, Enrique mantuvo la cabeza fría, soportó insultos, no cayó en provocaciones. Siempre diplomático, Peña rechazó tajantemente pagar por el muro fronterizo; buscó un interlocutor en el yerno de Trump, compadre del Videgaray; alzó medianamente la voz sólo en momentos críticos –lo cual fue aplaudido y respaldado por la opinión pública mexicana y parte de la estadounidense–; cooperó con el gobierno estadounidense en cuestiones migratorias, y concentró esfuerzos en sacar adelante el Tratado de Libre Comercio. Como dijera el presidente Trump en algún discurso: He really is a high quality guy…

Si algo quedaba de Enrique, todo se fue con el gasolinazo de enero de 2017. ¿Qué hubieran hecho ustedes? Lo que pudo ser sido una invitación al debate e incluso una provocación a la oposición, quedó como la pusilanimidad del hombre que no puede y evade su responsabilidad. Sin embargo, en entrevistas posteriores, Peña Nieto siempre ha defendido la decisión, asumiendo sus consecuencias; Enrique ha respondido por la medida y comentado las consideraciones presupuestales y distributivas que lo llevaron a tomarla (El Universal, 24/08/18). En ese momento el malestar social fue muy grande y Peña no supo explicarse y tampoco había ganas de entenderlo. La medida no gustó nada, infringió la economía moral y resultó letal para el PRI, que llegó en condiciones muy precarias al último tramo del sexenio, justo cuando se abre el concurso y la continuidad se dictamina.

Aunque no hubo desafío mayor, Peña Nieto logró dominar el proceso de selección del candidato del PRI. En tanto el militante que ocupa la más alta magistratura del país, Peña logró invocar la tradición histórica para barajar las cartas –todas de su gabinete– y revelar al candidato, presentarlo ante los sectores siempre fieles para obtener su bendición, y colocar a gente muy cercana en el equipo de campaña. Mientras tanto, durante toda la contienda, el presidente no dejó de defender las reformas estructurales y presentar los datos que lo respaldan, que no son pocos. Peña Nieto está genuinamente convencido de los beneficios que significan los cambios legales impulsados, los proyectos emprendidos y la institucionalidad desarrollada. En su insistencia se asoma el orgullo herido de quien nunca ha sido suficientemente reconocido, de quien ha sido injustamente despreciado y humillado.

Desde el 1 de julio, el gobierno de la República inició una suerte de retirada, desahuciado por la derrota electoral e incapaz de tomar cualquier decisión relevante sin consultar con el gobierno entrante. Apenas el martes siguiente a la votación, Peña Nieto dio la mano a López Obrador, dispuso toda la colaboración del poder ejecutivo en funciones y se hizo tomar muy buenas fotos recorriendo y mostrando el Palacio Nacional. Probablemente aliviado, liberado del encargo, Enrique dio un paso atrás del escenario principal y tomó un respiro. El presidente Peña Nieto se reafirma como un demócrata y un republicano, respetuoso de la voluntad mayoritaria expresada en las urnas, tomando y dejando el más alto cargo en estricta observancia al mandato constitucional. A pesar de la cordialidad, no tardó en ponerse en marcha el desmantelamiento del legado peñanietista: el aeropuerto de Texcoco, la reforma educativa, la política energética… Peña Nieto expresa su desacuerdo, pero respeta las decisiones del próximo gobierno. Las cosas buenas cuentan mucho, pero de Enrique Peña Nieto sólo lo malo se contará.

En términos teóricos, podemos afirmar que el presidente Peña Nieto vivió una transformación anti-carismática, es decir, un proceso de pérdida de legitimidad que incluso cruzó hacia las cualidades negativas, lo que significó menores márgenes de gobernabilidad. Según Max Weber, la dominación carismática proviene del reconocimiento, por parte de los dominados, de cualidades excepcionales y prodigiosas en la figura del líder. “El portador del carisma abraza el cometido que le ha sido asignado y exige obediencia y adhesión en virtud de su misión. El éxito decide sobre ello”. Es decir, el reconocimiento no está garantizado, sino que hace falta comprobar las cualidades carismáticas del héroe, así como valorar su desempeño para con los gobernados.

Si falta de un modo permanente la corroboración, si el agraciado carismático parece abandonado de su dios o de su fuerza mágica o heroica, le falla el éxito de modo duradero y, sobre todo, si su jefatura no aporta ningún bienestar a los dominados, entonces hay la probabilidad de que su autoridad carismática se disipe. (Economía y sociedad, 1922, p. 194. Cursivas en el original).

El problema de Peña Nieto fueron las reiteradas ocasiones en que reprobó el examen de aptitudes y proezas, al punto de naufragar en su pretensión naive y neoliberal de mover a México. Peor aún, continuamente se corroboraron ciertas cualidades deleznables relacionadas con su presidencia y con su persona: vanidad, incompetencia, malicia, deshonestidad. Bajo esta luz, no sorprende que durante la gestión del presidente Peña Nieto haya predominado la dominación racional, legal y burocrática, de corte tecnocrático, al tiempo de recurrir a recursos de legitimidad anclados en la tradición del presidencialismo priista mexicano, tales como ceremonias solemnes, diligencias intransferibles y honores reservados. El aprecio por el legado histórico de la Presidencia implicó asimismo el respeto formal al orden constitucional establecido y al statu quo.

Dentro de los escándalos de corrupción podemos encontrar algunas prácticas de masculinidad. Los “antivalores” y sus secuaces recuerdan a la estructura social de una pandilla: relaciones de compadrazgo político y económico, juramentos de lealtad inquebrantables, complicidades inconfesables, comportamientos mafiosos por parte de altos funcionarios señalados por corrupción: el cártel de la impunidad. El Gobierno de la República actuó en bloque de principio a fin, desde el invento de la Cruzada Nacional Contra el Hambre hasta el amparo promovido para proteger a todos de las investigaciones de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua.

Mientras tanto, el Enrique Peña formal, acicalado y elegante relucía en los actos de gobierno con mayor contenido simbólico, a la par que se volvió una constante de los eventos públicos del Presidente –era el look del titular. Es probable que Enrique Peña Nieto caiga dentro de la categoría metrosexual, por su ropa de diseñador, por el cuidado de su pelo, por sus gustos lujosos. (Y está bien).

Las redes sociales abrieron nuevas posibilidades para plantear la personalidad cotidiana del presidente –y para acercarse con el público a ese nivel. Me refiero especialmente a cuando la formalidad se hizo a un lado y desde cuentas oficiales del Presidente se contestaron comentarios de los usuarios y difundieron stories. Se destacaron los memes clásicos del sexenio: 5 < 1, el uso de gel, su rol paterno y los permisos a sus hijas, el título grandilocuente y burlón de Lord Tlatoani. Se revela ahí una simpatía por el poder ejecutivo en carne y hueso. Estas comunicaciones tuvieron un afán abiertamente humorístico y fueron apreciadas como tal, porque también eso busca la gente: entretenimiento. Esa cara relajada y accesible de Peña Nieto también se dejó ver en improvisaciones discursivas que no acabaron tan bien, pero fueron inocuas y tuvieron gracia. Durante todo el sexenio, Peña Nieto fue un productor de memes de muy alta calidad, los cuales alimentaron la conversación pública y los juicios que en ella se emiten. Este punto no es menor: en tiempos de redes sociales, los políticos están expuestos a gran seguimiento y escrutinio por parte del público; el acceso a la información es mucho mayor. Por su estructura, los memes sintetizan de manera evidente y locuaz determinado statement; como su contenido es divertido, se comparten en masa y las ideas políticas se transmiten a la velocidad de la banda ancha.

Podemos concluir que Enrique Peña Nieto se comportó como todo un caballero (la criatura noble y funcional del patriarcado, estirpe Atlacomulco). Es decir, con los vicios y virtudes de esa forma de entender la hombría y sus códigos de conducta. Se trató de modos educados, abiertos al diálogo y a la negociación, donde vale mucho la palabra; lo cual, bajo el principio de gobierno eficaz, puede llevar a pactar cualquier cosa a cualquier costo, dentro o fuera de la ley. Se trata también de la protección a sus colaboradores cercanos y lejanos… para que permanezcan lo más lejos posible. Con todo, la evidencia sugiere que la imagen clásica de hombre respetable (fuerte, formal, seguro de sí, exitoso) fue la más apreciada por el público. Las encuestas muestran que el periodo de mayor aprobación política del Presidente sucedió al principio del sexenio, desde que encarceló a Elba Esther Gordillo en febrero de 2013 y durante el proceso de aprobación de las reformas estructurales. Tras Ayotzinapa y Casa Blanca, Peña Nieto perdió el apoyo popular, pero mantuvo la fuerza del Estado y gobernó con ella. En esta fase, Enrique mostró una cara dura, violenta y obstinada, como cuando la Policía Federal mató a civiles en Apatzingán, Tanhuato y Nochitxtlán. Estos despliegues de brutalidad son otra expresión de la ansiedad machista por demostrar quién manda. Por lo demás, la aprobación presidencial llegó a su mínimo histórico –12% según Reforma– en enero de 2017 con el gasolinazo, un episodio directamente relacionado con la obligación proveedora de quien está al frente.

¿Habrá impreso la personalidad del Presidente un sello determinante sobre su administración y sus decisiones de gobierno? Por una parte, la persona de Enrique Peña Nieto la distinguió, fue un aspecto de ella en sí misma y marcó la narrativa. Por otra, se manifestó en la manera de responder ante ciertos eventos o cuestionamientos, de aproximarse, improvisar o insistir en la posición oficial, descartar alegatos y cerrar filas –movimientos políticos que revelan la agenda gubernamental y que van constituyendo su estrategia. A diferencia del sistema político que estudiaba Cosío Villegas, ahora el poder se encuentra mucho más fragmentado entre varios actores con los que el Presidente interactúa en busca de reconocimiento y dominación. Uno de los actores sociales más potentes del sexenio fueron las redes sociales, que precisamente permiten una identificación más personal con el ciudadano presidente, socializan sus hazañas o vilezas, presionan y contrapesan. Quizá la dimensión masculina de un gobernante no sobresale si no se está pensando en ella, si se da por sentada; no obstante, en tanto es consustancial a su humanidad, más vale que el Presidente se comporte como un buen hombre.

 

* Santiago Álvarez Campero estudió Política y Administración Pública en El Colegio de México.

 

 

Referencias:

Daniel Cosío Villegas, El estilo personal de gobernar, México, Joaquín Mortiz, 1974.

Francisco Reséndiz, “No hubo pacto con AMLO en elecciones: Peña Nieto”, El Universal, 24 de agosto de 2018.

Jorge Carpizo, El presidencialismo mexicano, México, Siglo XXI, segunda edición, 2002.

María Fernanda Somuano, “Evaluar al presidente. Una comparación entre Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto”, Foro Internacional, vol. 58, núm. 4, 2018, pp. 629-670.

Max Weber, Economía y sociedad, México, Fondo de Cultura Económica, segunda edición, 1964 (1922).

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