Corte de caja

Con Hobbes nació el miedo que fundó la política moderna y nuestra idea de sociedad, del derecho y de la economía: el miedo a la violencia, el miedo a la pobreza, el miedo al otro. Ese miedo nos acompaña desde entonces, y nuestra generación no ha logrado erradicarlo, como las generaciones precedentes tampoco lograron.

Por: Armando Luna Franco (@drats89)

Nací en 1989. Cumpliré 30 años en 2019 y, junto a las personas de mi generación, cumpliremos 30 años junto al mundo en que vivimos. La afirmación de Thomas Hobbes, sobre la particularidad de su nacimiento, es famosa en la historia de las ideas: “mi madre dio a luz a gemelos: el miedo y yo”. Con ello acentuaba un corte de caja entre el mundo que le precedió, y el que ayudaría a construir con sus ideas: el paso al mundo moderno.

Cuatrocientos años después, nuestra generación vendría acompañada de otro corte de caja: la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989. Al igual que Hobbes, acompañamos el paso de un mundo a otro; con ello, también hemos construido nuestro mundo con nuestras ideas y nuestras acciones. Nuestra importancia histórica no es menor: a diferencia de las generaciones que nos anteceden y nos suceden, somos una bisagra que vincula el mundo que murió, y el mundo que hacemos.

Nuestra infancia se dio en los noventa, una década marcada por un triple carga histórica: el ya mencionado nacimiento de un nuevo mundo, el final de un siglo, y el final de un milenio. Si Shakespeare, junto a Hobbes, nos anunció a finales del siglo XVI que el tiempo se salía de sus goznes, los noventa fueron el agitado intento de meter al tiempo en ellos. La urgencia de sentido nos obligaba a asimilar un proceso que, a la fecha, seguimos sin apropiarnos plenamente: la muerte del mundo moderno, y el advenimiento de un mundo posmoderno.

Alcanzamos la adolescencia con el inicio del nuevo siglo y el nuevo milenio. El 11 de septiembre de 2001 nos dio nuestro punto de inflexión, la pérdida de la inocencia, y el primer momento donde la historia nos recordó que seguíamos sin entender. Con el 11 de septiembre murió la esperanza de un final de la historia —mal cantado por Francis Fukuyama cuando el viejo mundo moría, y se cantaban loas por la victoria de un mundo al cual habíamos sobreestimado: el mundo de la democracia liberal y capitalista.

Nuestra adultez se vio definida por “La gran recesión”, y el bautizo en el desencanto. El escenario se mostraba adverso y abiertamente peligroso; el mundo que creíamos heredar nos salía debiendo y debimos tomar las riendas para construirnos un mundo, un lugar en este escenario de la historia. La única herramienta con que contábamos, y el único recurso a nuestra disposición, era nuestro desencanto y nuestra falta de inocencia. Así emprendimos un camino tortuoso e incierto.

Hoy, cuando lleguemos a los 30 el próximo año, nos tocará rendir cuentas al mundo que recibimos, sobre el mundo que entreguemos en 30 años, cuando quienes nazcan en el año que comenzará en 31 días alcancen nuestra edad y se encuentren frente a su propio escenario histórico. Nos tocará hacer nuestro primer corte de caja, y la pregunta es qué tenemos para ofrecer, qué nos hace distintos del mundo que murió con nuestra llegada.

La primera pregunta, retomando el inicio de esta reflexión, es: ¿qué nació con nosotros? Con Hobbes nació el miedo que fundó la política moderna y nuestra idea de sociedad, del derecho y de la economía: el miedo a la violencia, el miedo a la pobreza, el miedo al otro. Ese miedo que nos acompaña desde entonces, y que nuestra generación no ha logrado erradicar, como las generaciones precedentes tampoco lograron (y que en muchas formas enriquecieron y fortalecieron).

Creo que podemos decir, en retrospectiva, cuando nacimos, nuestras madres parieron a la incertidumbre y a nosotros. Miedo no es lo mismo que incertidumbre, como destacó Zygmunt Bauman, el miedo se presenta frente a algo que conocemos, la incertidumbre se presenta cuando desconocemos lo que hay frente a nosotros. 1989 fue el fin de las certezas, la muerte de la seguridad y la muerte de la claridad. Con nosotros nació la incertidumbre, y la desconfianza.

¿Esto ha sido malo? En absoluto. Cuando llegó el momento de tomar las riendas y hacernos de un mundo, de incidir en nuestro entorno, sabíamos que no sabíamos, que no podíamos dar por sentado lo que teníamos frente a nosotros, y nuestro primer trabajo ha sido construir nuevas certezas, iluminar los senderos oscuros de la desconfianza, y darnos cuenta, en ese andar, que tras esa opacidad yacían cosas que los mundos precedentes habían marginado, negado, o violentado.

Dichas condiciones han puesto a prueba nuestra voluntad, nuestra capacidad emotiva, física e intelectual, y la validez de nuestro sentido histórico. Frente a los remanentes de ese mundo, cuya muerte ha sido una agonía ensordecedora, reivindicamos nuestro lugar en el escenario de la historia, que hemos multiplicado en los escenarios múltiples. No es en balde que nuestro carnaval sean los festivales: llenos de escenarios, cada uno con su propia voz, pero que en conjunto armonizan en una melodía común que explota en lo diverso y lo plural.

Enfrentamos muchas críticas, que nacen incluso dentro de nuestro escenario generacional. Se nos acusa de haber matado un mundo que no es nuestro. Y es cierto, lo hicimos. Muchas veces queremos excusarnos de esa muerte como forma de validar nuestro lugar, pero es momento de replantear esa validación. Hagámoslo desde el asesinato que representa nuestro advenimiento en este mundo. Matamos un mundo que no es nuestro, porque el mundo que queremos hacer no puede repetir lo que los mundos precedentes nos heredaron: el miedo.

 

* Armando Luna Franco es Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, especializado en filosofía y teoría política, y sistemas electorales. Sus principales intereses son la participación política y construcción de comunidad republicana.

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