Gobiernos de AL, anestesiados ante el cambio climático

Ante el llamado urgente de acción global, algunos países de América Latina parece vivir en otro planeta. Pasar de las promesas a los resultados es vital. Los plazos se acabaron.

Por: Astrid Puentes Riaño (@astridpuentes)

A comienzos de octubre, cientos de expertos internacionales en cambio climático alertaron de la urgencia de tomar acciones sin precedentes para evitar mayores catástrofes a nivel global. El mensaje es claro: tenemos once años para alcanzar los resultados necesarios.

Los gobiernos de América Latina reaccionaron a duras penas al campanazo. De hecho, varios —como los de Brasil, Colombia y México— continúan priorizando acciones que agravarían el cambio climático. A casi dos meses del informe de los expertos, respaldado por Naciones Unidas, una respuesta de alto nivel de dichos gobiernos brilla por su ausencia.

La región, y en particular esos tres países, parecen anestesiados ante la realidad climática. Las acciones positivas son excepcionales frente a lo que se necesita. Estos países parecen inmunes a los daños que los científicos evidencian, como si no fuera a pasar nada en América Latina, como si hubiera otro planeta.

Lo cierto es que no hay más planetas habitables, al menos hasta donde sabemos. Tampoco hay más tiempo.

De acuerdo con el informe especial del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas inglés), el cambio climático es consecuencia de las actividades humanas y ha ocasionado que el planeta se caliente 1oC. Los expertos concluyeron que las acciones implementadas son insuficientes y que se requieren esfuerzos sin precedentes para que el planeta se caliente 0.5oC más como máximo. De no lograrlo en once años, las consecuencias serían catastróficas.

Ese medio grado es la diferencia entre un escenario con consecuencias graves, pero mitigables, y otro que costaría millones de vidas más y pérdidas millonarias, materiales y de todo tipo.

Derretimiento de glaciares en Islandia. Foto: Jonathan_CC BY-NC-ND 2.0

Necesitamos hacer más, mucho más 

América Latina es una de las regiones más vulnerables al cambio climático. Hemos presenciado graves consecuencias como sequías devastadoras en Brasil y Colombia en 2016, huracanes en el Caribe e inundaciones en Colombia y Perú en 2017. Según el IPCC, de no cambiar de rumbo, millones de personas en la región sufrirán mayores sequías y inundaciones. Y, por la elevación del nivel del mar, se perderán áreas de cultivo, que afectarán la disponibilidad de alimentos, y las zonas productivas marinas —como los arrecifes de coral, donde nacen la mayoría de las pesquerías— dejarán de serlo.

Ante este escenario y en plena Cumbre del Clima de Naciones Unidas, las acciones hablan. Por ello, los compromisos que cada país anunció para reducir sus emisiones (NDC, por sus siglas en inglés) son un referente para prever el nivel de calentamiento adicional y, por ende, el nivel de ajuste requerido.

Los compromisos actuales no alcanzan. Revisando algunos de ellos podemos decir, por ejemplo, que considerando los compromisos de cada país, si todo el planeta siguiera el nivel de ambición de Colombia nos llevaría a un aumento de temperatura de 2.6ºC, a 2.8ºC con el nivel de ambición de México y a 3.7ºC con el de Brasil.

Es evidente que se requieren acciones más ambiciosas.

La buena noticia es que habrá solución si hay voluntad. La comunidad científica recomienda profundas disminuciones de emisiones de los gases que provocan el cambio climático en todos los sectores, especialmente en energía, uso de la tierra, áreas urbanas y sistemas industriales.

Si bien hay importantes avances para cambiar la matriz energética en América Latina, éstos aún son tímidos y no compensan la creciente dependencia de combustibles fósiles. Hoy el 74% de la energía en la región es generada por combustibles como el petróleo, el carbón y el gas; el 18% proviene de fuentes renovables como el sol, el viento y los biocombustibles, y el 8% es producida por hidroeléctricas (una fuente que agrava el cambio climático).

La transición está en marcha, pero a paso lento.

Según el IPCC, la generación de energía con carbón debería finalizar antes de treinta años para evitar un calentamiento mayor a 0.5oC. Pero Colombia, el quinto productor mundial de carbón, aún no considera una política de cierre de su producción y, al contrario, continúa ampliando la explotación de sus reservas.

El caso del gas es peor. El IPCC resaltó la necesidad de terminar con los combustibles de transición dañinos para el clima, como el gas. Pese a ello, el “gas natural” es promocionado con ese nombre como si así fuera menos nocivo.

La extracción de gas genera grandes emisiones contaminantes asociadas al cambio climático. En particular, su explotación mediante fracturación hidráulica o fracking emite significativas cantidades de metano, gas veinte veces más dañino que el dióxido de carbono. Esa técnica es ampliamente promovida en América Latina —especialmente en Argentina, Brasil, Colombia y México—, con el riesgo de atar a la región a una infraestructura insostenible, en lugar de crear condiciones para asegurar la transición real hacia energías limpias.

Hace unos días, el Consejo de Estado en Colombia suspendió las normas que regulan el fracking. Es una oportunidad para que el país revise su modelo, modernice realmente su matriz energética, haga bien las cuentas e implemente mejores soluciones.

En México, el nuevo gobierno anunció que suspenderá el uso del fracking, una buena noticia si se concreta. Pero anunció también que rescatará la industria petrolera para fomentar la economía y la seguridad energética del país. De hacerlo, borraría con el codo lo hecho con la mano. Debería en cambio fomentarse la transición energética evitando mayores daños a comunidades que ya han sufrido los impactos del cambio climático.

La situación del uso de la tierra es también preocupante.

En Brasil, por ejemplo, la deforestación subió 22% en solo un año, tras una tendencia a la baja. El cambio tiene que ver con cambios legislativos, de financiamiento y variaciones en el control de los territorios. Esta situación podría agravarse exponencialmente dado que el presidente electo Jair Bolsonaro anunció el fomento a cultivos extensivos como la soya, a expensas de la selva amazónica. Y en Colombia la deforestación aumentó 23% el último año.

Parque eólico marino Middelgruden, Dinamarca. Foto: UN Photo/Eskinder Debebe_CC BY-NC-ND 2.0

Es el momento de América Latina

El cambio climático y la urgencia de abordarlo son reales. También es real que la solución existe. Dos de las científicas líderes del IPCC afirmaron, durante una presentación del informe ante Naciones Unidas, que no hay límites económicos ni técnicos para implementar las soluciones climáticas, que éstas requieren voluntad política.

La pregunta es ¿existe esa voluntad?

América Latina tiene el potencial humano y técnico para generar los cambios requeridos. Tiene además la oportunidad y la responsabilidad histórica de liderar la transición más importante de la humanidad. Por ende, los gobiernos —en particular los de Brasil, Colombia y México— deberían demostrar ese liderazgo con hechos que respondan a los intereses de las personas más afectadas.

El sector privado debe también apoyar responsablemente este proceso. El compromiso de velar por el futuro y garantizar el patrimonio natural y el desarrollo humano de nuestros países es conjunto.

Las comunidades indígenas y locales que viven más de cerca los impactos climáticos, y que cuentan con conocimiento esenciales para las soluciones, son actores clave para el cambio.

Está por verse si nuestros gobiernos despertarán de la anestesia ante el cambio climático. De no hacerlo, o de continuar dando respuestas cortas, la sociedad en su conjunto tiene la misión de exigir acciones reales y urgentes.

Al final, de ello depende nuestro futuro. Los científicos lo han confirmado: es la última campanada.

 

* Astrid Puentes Riaño es codirectora de la Asociación Interamericana para la Defensa del Ambiente (AIDA).

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