¿Qué debe hacer la Iglesia ante los abusos sexuales?

El Papa Francisco, en lugar de someter a la cúpula de la Iglesia a una “conversión” o seguir pidiendo perdón, debería enfocarse más en corregir algunas cuestiones institucionales y empezar a adoptar medidas punitivas en caso de abuso sexual.

Por: Carolyn M. Warner

Los escándalos de abuso sexual en la Iglesia Católica —que se han mantenido en el ojo de la tormenta debido a una interminable serie de revelaciones acerca de conductas horrorosas y de los lamentables esfuerzos de las altas esferas para encubrirlas— podrían ser lo peor que le haya sucedido a la reputación del catolicismo desde que a Martin Luther le dio por escribir.

En vísperas del encuentro que realizan anualmente, obispos de todas partes de Estados Unidos decidieron tomar medidas —si bien algo tardías— para aunar la brecha que existía en las reformas adoptadas anteriormente para combatir la epidemia de abusos. Específicamente, decidieron establecer procedimientos para disciplinarse a ellos mismos en los casos en los que un obispo es acusado de abuso o de proteger a sacerdotes acusados.  Sin embargo, poco antes de que comenzara el encuentro, el Vaticano ordenó a los obispos estadounidenses que se olvidaran del tema por el momento.

La demora hizo que los obispos estadounidenses se sintieran frustrados, lo cual es más que comprensible. Sin embargo, la interpretación optimista de esta medida es que el sumo pontífice entiende que no se trata de un problema en Estados Unidos, sino de una crisis global y que impulsará una solución acorde en un encuentro mundial religioso que se llevará a cabo en febrero del próximo año.

Hasta el momento, el Papa ha demostrado ser más hábil para pedir el perdón de sus fieles que para implementar reformas institucionales, pero es hora de que esto cambie.

El Papa ha reconocido que la forma en que la cúpula de la Iglesia ha manejado los casos de abuso sexual a menores está alejando a quienes representan el futuro mismo de la institución: los jóvenes.

El propio Papa ha sido acusado de proteger al ahora excardenal Theodore McCarrick, a quien se lo acusa de haber abusado sexualmente de seminaristas y de un menor.

El Papa, en lugar de someter a la cúpula de la Iglesia a una “conversión” indeterminada o seguir pidiendo perdón, podría enfocarse más en corregir algunas cuestiones institucionales fundamentales. En primer lugar, es necesario revisar el Código de Derecho Canónico, que son las normas jurídicas que rigen el funcionamiento de la Iglesia. Los obispos juran seguir procedimientos, así como varias instrucciones dictadas posteriormente por los papas para clarificar la aplicación del derecho canónico.

Está claro que, si Francisco quiere comenzar a resolver el problema planteado a raíz del mal manejo que ha tenido la Iglesia de los casos de abuso sexual a menores, debe realizar una revisión del Código de Derecho Canónico y empezar a adoptar medidas punitivas en casos de abuso, restituir a los obispos diocesanos la capacidad de expulsar sacerdotes, ampliar los plazos de prescripción, dejar de hacer énfasis en la confidencialidad sobre presuntos casos, exigir que se informe a las autoridades civiles locales e implementar normas para aplicar a los obispos que cometan infracciones.

El derecho canónico analiza el abuso desde la perspectiva de que un cura está rompiendo su voto de celibato y no desde la perspectiva de que está haciendo daño a un menor. En consecuencia, los obispos interpretan el abuso sexual a menores como un sacerdote que “está luchando contra su sexualidad” o como un “incidente de índole moral”, y no como un caso de conducta criminal. Por eso, el primer abordaje del obispo es “pastoral”, no punitivo, para el sacerdote.

El castigo, que puede implicar suprimir el derecho del sacerdote de presentarse en público como tal y de administrar los sacramentos públicamente, solamente se utiliza como último recurso, cuando ninguno de los demás recursos ha funcionado. Esto ha llevado a que la Iglesia no haga frente a los casos de abuso sexual de menores, tanto presuntos como confirmados, con la severidad y celeridad necesarias. El derecho canónico fomenta que el obispo espere a ver si el sacerdote reincide.

Desde 2001, los obispos han tenido que elevar todos los casos creíbles de abuso sexual a menores al Vaticano, donde se evalúa cada caso para determinar si se realiza un proceso canónico o uno administrativo. Aun cuando se haya descubierto que un sacerdote es abusador serial de menores, esto no se traduce en su laicización (excomunión) automática. En cambio, el Vaticano puede determinar, como sucedió en algunos casos, que el sacerdote debe vivir por el resto de su vida en un estado de “oración y penitencia”, o que los acontecimientos sucedieron hace tanto tiempo que no merece castigo. Por eso, es necesario ampliar o incluso suprimir el plazo de prescripción que establece el derecho canónico. Durante décadas, fue de solo cinco años. En 2001, se amplió a diez años después de que la víctima cumpliera 18.

Según lo que establece el derecho canónico, los obispos deben mantener la confidencialidad sobre presuntos casos. Si bien el Vaticano ha sostenido que los obispos deberían regirse según las leyes locales e informar a las autoridades, el derecho canónico establece el requisito de confidencialidad, pero no el de informar a las autoridades locales. Los obispos, ante la obligación moral que implica haber jurado obedecer a la Iglesia, optan por mantener el secreto.

Es necesario que el Vaticano desarrolle procedimientos formales en el marco del derecho canónico para castigar a aquellos obispos que aborden de manera negligente los casos de sacerdotes que cometan abusos, de la misma manera que los obispos estadounidenses intentaron hacer entre ellos. Sin embargo, no existe un procedimiento de esas características actualmente.

Existen varios aspectos de la teología católica que han sido un obstáculo para que los clérigos hagan frente a los casos de abuso sexual a menores. Uno de ellos es la teología del perdón: la Iglesia cree firmemente en el poder redentor y curativo de confesar un pecado y ser perdonado, y lo ha aplicado a sus sacerdotes. Es necesario que la Iglesia haga hincapié en que los sacerdotes pueden ser perdonados a nivel espiritual, pero que deben enfrentar las consecuencias de sus actos tanto en su lugar de trabajo como en la justicia penal.

El celibato es otro obstáculo teológico a la hora de hacer frente al problema del abuso. La razón no es que los sacerdotes abusadores —en lugar de parejas heterosexuales adultas— busquen menores, como se ha afirmado muchas veces, sino que los obispos y el Vaticano busquen desesperadamente mantener a los sacerdotes que tienen, debido a una disminución significativa en sus filas. A nivel mundial, hay menos sacerdotes que en 1970, aun cuando la población católica mundial se ha duplicado desde entonces.

Para que la Iglesia católica finalmente tome medidas significativas para enfrentar la epidemia de abusos, es necesario que el Papa Francisco sea honesto respecto de que la Iglesia jamás ha aplicado una política de tolerancia cero con relación al abuso sexual a menores por parte de clérigos. Y es esa hipocresía institucional la que ha alejado a muchos católicos. El riesgo que corre la Iglesia es que, mientras su cúpula reza por su propia conversión, los fieles busquen refugio en alguna otra congregación.

 

* Carolyn Warner es profesora en The School of Politics and Global Studies de Arizona State University (ASU).

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