La situación fiscal que heredará el próximo gobierno

Si bien la deuda pública no está en niveles alarmantes, es deseable que ésta disminuya en los próximos años debido a varios factores que pueden derivar en una ascendencia negativa que colocaría al país en niveles de deuda no sostenibles.

Por: Carlos Serrano

El próximo 1 de diciembre Andrés Manuel López Obrador asumirá la presidencia de México. Entre sus planes de gobierno figuran una serie de ambiciosos proyectos en materia de gasto social y de inversión en infraestructura. ¿Qué margen fiscal tendrá para llevarlos a cabo? ¿Será suficiente la reingeniería del gasto que se tiene planeada, más los ahorros por disminución en corrupción? ¿O será necesario aumentar la deuda para lograrlo? Y si este fuese el caso, ¿hay margen de maniobra para hacerlo?

En el caso de la deuda pública me parece que ésta no se encuentra en niveles que sean preocupantes. La literatura económica considera que, para el caso de economías emergentes, niveles por encima de 60% del PIB son los que pueden resultar en una crisis de balanza de pagos. Y no solamente se trata de niveles de deuda que no son demasiado altos, sino que la composición de esta deuda implica factores de riesgo moderados. Esto porque se trata de deuda con periodos de maduración relativamente altos (el periodo de maduración promedio de la deuda en México es de 7.8 años, superior al de la mayoría de emergentes relevantes; por ejemplo, en Brasil es de 4.1 años) y porque está denominada sobre todo en moneda nacional (63% de la misma). Para poner estos datos en contexto, en la última crisis de balanza de pagos que tuvo México – la de 1994 –  toda la deuda pública del país tenía vencimientos menores a un año y casi toda estaba denominada en dólares.

Si bien la deuda pública no está hoy en niveles alarmantes, creo que es deseable que ésta disminuya en los próximos años debido a varios factores. El primero es que en años recientes había mostrado una trayectoria ascendente que resultaba preocupante. Tan sólo en los primeros cuatro años de la actual administración, la deuda como proporción del PIB creció en 12 puntos porcentuales, un ritmo de crecimiento excesivo que pocas veces se presenta en el contexto global (ver gráfica 1). Si se hubiese seguido a este ritmo, en pocos años el país se hubiera colocado en niveles de deuda no sostenibles.

En segundo término, hay que considerar que la Reserva Federal en Estados Unidos está en un proceso de normalización de la política monetaria en el que está aumentando la tasa de interés de corto plazo y disminuyendo el tamaño de su balance. Una aceleración no anticipada de este proceso puede causar episodios de estrés financiero en mercados emergentes. De hecho, esto ya ocurre en los casos de Argentina y Turquía. Mientras más sólidos sean los fundamentales de un país, menor será la probabilidad de que se vea sujeto a estos escenarios de estrés. Uno de estos fundamentales es el nivel de deuda. En este aspecto hay que notar que el nivel de deuda de México es mayor al de otras economías emergentes grandes (ver gráfica 2).[1] Mientras más se logre disminuir la deuda como proporción del PIB en México, menores serán las probabilidades de que se presenten episodios de salidas de capitales y volatilidad en variables financieras.

Para que la deuda disminuya es necesario que en los próximos años se logre tener un superávit fiscal primario (es decir, el balance fiscal antes de considerar el servicio de la deuda). Después de la crisis de 1994, se formó un consenso acerca de la importancia de tener finanzas públicas sostenibles, lo cual significó que durante muchos años se tuviera un superávit fiscal primario. Esto se rompió en 2009 con la crisis financiera global, en la que la contracción en Estados Unidos afectó de forma importante a México. Ese año se decidió abandonar el superávit y tener un déficit para así tener una política fiscal contra-cíclica, es decir, se aumentó el gasto para hacer frente a la recesión. Me parece que eso fue una respuesta acertada. El problema es que después de la recuperación económica, el país no volvió a tener un superávit hasta el año 2017 (ver gráfica 3). La próxima administración ha mencionado que propondrá presupuestos que impliquen un superávit fiscal primario. Esto es un acierto. El problema es que en los próximos años se tendrán presiones importantes de gasto. El pasivo pensionario puede aumentar hasta en un punto porcentual de PIB y el servicio de la deuda en un monto similar. Esto significa que cada vez será más complicado lograr dicho superávit.

 

@MexicoComoVamos

 

* Carlos Serrano es economista en jefe de BBVA Bancomer en México y forma parte del grupo de expertos de @MexicoComoVamos.

 

Referencias: 

[1] Nótese que Turquía tiene una deuda significativamente menor a la de México y sin embargo está atravesando por un periodo de gran turbulencia financiera, Esto se debe a que otros fundamentales se muestran más débiles. En particular el déficit de cuenta corriente es 6% de PIB, y con problemas estructurales para su financiación (el déficit de cuenta corriente de México es de 1.9% del PIB).

 

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