¿Un país en bancarrota?

Si las decisiones del nuevo gobierno pusieran en riesgo la estabilidad macroeconómica del país (a través de un incremento del déficit público en un intento de cumplir lo imposible), la culpa sería de AMLO y de su gobierno.

Por: Jorge Alonso (@economicliberal)

En mi revisión matutina de las noticias del país me encontré con una noticia impactante. El presidente electo Andrés Manuel López Obrador declaraba que el país se encontraba en bancarrota y ello se debe a que no había crecido económicamente en los últimos 30 años. A continuación, ponía en entredicho la cantidad de promesas electorales que podría cumplir. No me queda claro si sus declaraciones se deban a que busca excusas de antemano para las promesas que no cumplirá, si se deban a una profunda falta de comprensión de conceptos económicos básicos o que, simplemente, mienta o hable por hablar. Con independencia de los motivos de nuestro presidente les anticipo que México no está en bancarrota.

He insistido en casi todo lo que he escrito hasta el momento que la única manera de analizar correctamente cualquier situación es con información y con datos. Es la única forma de distinguir la opinión del conocimiento, la única forma de informar a la ciudadanía y la única forma de intentar convencer a quienes no estén de acuerdo. Por eso me puse a navegar en la información estadística que pone a nuestra disposición la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y aquí me tienen hoy, ante ustedes, desgranándola.

Lo primero que un economista suele buscar para evaluar la solvencia de un país es la ratio de deuda pública respecto del PIB. Quedé aliviado porque México mantiene una deuda del 38 %, la tercera más baja de la OCDE y seis veces menor que la de Japón, que ostenta el lugar número uno con una ratio del 225 %. Además, mientras que la deuda pública creció en 17 puntos porcentuales en las últimas dos décadas en México, la de Japón creció en 112 puntos porcentuales. Pocas personas piensan que la bancarrota en Japón sea probable, incluso habiendo crecido sólo a una tasa del 0.97 % anual, dos veces menor que la de nuestro país, que mantuvo una tasa de crecimiento del 2.19 % durante el mismo periodo. Por lo tanto, no entiendo la conexión que hace el futuro presidente, en su cabeza, entre el crecimiento económico del país y su bancarrota.

Otro estadístico que merece la pena analizar es la prima de riesgo, que calculamos como el interés que rinde la deuda a 10 años en México menos el rendimiento en Estados Unidos de América (EUA). Este diferencial se interpreta como medida del riesgo de bancarrota porque nos dice cuánto tiene que pagar de más un bono mexicano para que sea igual de deseable que un bono de EUA, cuya amortización se considera segura por lo general. En ese sentido, si los inversores pensaran que la bancarrota en México es probable les exigirían a sus títulos de deuda una rentabilidad mucho mayor para compensar por ese riesgo de impago.

En términos nominales la prima de riesgo en México es de 4.86 %, un poco por encima del promedio de las últimas dos décadas, con una prima del 4.19 %. Por lo tanto, me resulta difícil pensar que esa pequeña diferencia haga la bancarrota más probable hoy que hace 10 o 20 años. Esta hipótesis es aún más difícil de sustentar si tenemos en cuenta que calificadoras de riesgo-país como Moody’s, S&P o Fitch han ido elevando la calidad de la deuda soberana de México durante la última década en las escalas que estas empresas manejan, indicando que consideran muy poco probable que el país deje de cumplir sus obligaciones financieras.

Los últimos dos elementos por considerar para evitar el hablar por hablar son el déficit fiscal y el tipo de cambio. El primero es importante porque cuantifica el flujo de dinero que mes tras mes, trimestre tras trimestre y año tras año se suma a la deuda existente. El tipo de cambio también es importante porque parte de las emisiones de deuda se hacen en moneda extranjera y son, por tanto, sensibles a sus fluctuaciones.

Respecto del primero, la OCDE reporta un déficit total de -3.4 % del PIB durante la última década; en 2016 fue de -2.7 %. Si excluimos el pago de intereses generados por la deuda, el déficit fue de -0.63 %. Estas cifras están muy por debajo de lo que cualquier economista lúcido consideraría como peligrosas. Respecto del tipo de cambio, el Banco de México reporta que menos de un 1 % de la deuda que en promedio fue emitida en 2017 se hizo en moneda extranjera. Por lo tanto, este no puede ser un factor que ponga en riesgo la estabilidad macroeconómica del país.

Es momento de reconocer que prometer “el cielo, la luna y las estrellas” a los millones de personas que salieron a votar en las pasadas elecciones son solo eso: promesas. La realidad es que no hay suficientes recursos para llevar a cabo sus innumerables propuestas.

Por lo tanto, si las decisiones del nuevo gobierno pusieran en riesgo la estabilidad macroeconómica del país (a través de un incremento del déficit público en un intento de cumplir lo imposible), la culpa sería de AMLO y de su gobierno. La culpa no sería del Banco de México ni de las políticas neoliberales, como también lo ha insinuado, porque el Banco de México no decide las políticas de gasto público y las políticas neoliberales siempre han defendido la frugalidad en el mismo. México no está en bancarrota, pero podría llegar a estarlo con la toma de decisiones equivocadas y la obstinación por cumplir promesas que son imposibles.

 

* Jorge Alonso cursó la Licenciatura en Economía por la Universidad Autónoma de Madrid, la Maestría en Economía y finanzas en el Centro de Estudios Monetarios y Financieros, la Maestría y el Doctorado en Economía en la Universidad del Estado de Arizona. Desde 2010 es profesor de tiempo completo e investigador en el ITAM. Forma parte del grupo de expertos de @MexicoComoVamos.

 

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