Cinco años

Gijón, Mayo 2 de 2012

 

Esta tarde se cumplieron cinco años de que llegué a esta casa.

El 30 de abril de 2007 salí de la que era mi casa en DF, la casa que era de mis padres y donde crecí, para viajar más de nueve mil kilómetros a este apartamento en Gijón, Asturias, paraíso natural. Con 60 kilos de equipaje – toda mi vida metida en dos maletas – y sin idea muy clara de lo que iba a encontrar.

 

Cinco años más tarde, las cosas son muy distintas, si bien muchas son exactamente iguales.

 

Entré a esta casa acompañado de mi amigo Julián, que fue por mí al aeropuerto de Asturias. Julián ya no está aquí. Hace dos años falleció y siento su ausencia profundamente; los primeros días de mi exilio, él y su esposa fueron mi familia, me acogieron, me procuraron y hasta pusieron ropa en mi espalda – las maletas se perdieron durante el viaje y tardaron casi tres días en aparecer.

 

Algunos de los amigos que formaron parte de mi vida esos primeros días, tampoco están. Algunos han emigrado a otras ciudades y países. Con otros el contacto se ha perdido no por ningún tipo de acrimonia, sino por distintos intereses. Otros revelaron, por decisión propia, que nunca fuimos amigos.

 

Y está bien.

 

En cinco años de vivir solo, he aprendido a convivir con la soledad que todo mundo parece temer tanto.   He sobrevivido a más de cien domingos silenciosos. He hecho nuevos amigos desde entonces; tengo mi bar donde todos conocen mi nombre, la librería de mi barrio, donde paso todas las tardes. Voy al gimnasio (¡yo!), aunque eso es un desarrollo reciente. Tengo una compañera, en Audrey, a la que vi nacer y que pasa conmigo los días (y es cierto, nadie nunca nos querrá tanto como nos quiere un perro).

 

En cinco años he aprendido muchas cosas. Me he reído a carcajadas y también he tenido muchas ganas de llorar (y lo he hecho, qué demonios). Desde entonces he viajado cinco veces a México. Mi familia tampoco es la misma que me despidió en la terminal 1 cuando me fui: hoy tengo dos sobrinos, uno de cuatro años y otro de dos. Y, mediante esas extrañas redes sociales que siguen siendo un misterio, he ido encontrando (¡y reencontrando!) a amigos que han demostrado la verdad dicha por Tennessee Williams al final de Un tranvía llamado deseo: la bondad de los extraños existe – y para mi sorpresa, algunas veces virtuales extraños se vuelven entrañables.

 

Entonces, es como vivir en dos países al mismo tiempo. Gracias a las redes – especialmente Twitter – estoy en mi casa en España, pero también sigo estando en México. La experiencia del exilio es mucho menos aislada.

 

Así que son cinco años de vivir en Europa. Viviendo exclusivamente con un sueldo en pesos mexicanos – no me pregunten cómo lo hago. Ni yo mismo lo sé. Aquí, aunque soy residente legal, no hay trabajo – y sorteando la crisis que ha golpeado al continente, especialmente a España. La vida no es mala. Conozco gente interesante, me divierto. Y cuando vuelvo a México, soy mucho más feliz que cuando estaba ahí. Tengo lo mejor de ambos mundos, literalmente.

 

No sé qué pase en el proximo lustro.

Pero sí sé una cosa: a donde vaya, contaré la historia.

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