Fuentes. Punto final.

La muerte del escritor mexicano más famoso en el mundo lo eleva a mito, pero no lo exime de su condición completamente humana.

La repentina muerte de Carlos Fuentes, en Ciudad de México, a los 83 años de edad, cincuenta años después de la aparición de dos de sus novelas más significativas, “Aura” y “La Muerte de Artemio Cruz”, ha sorprendido a miles alrededor del mundo, principalmente porque pese a ser octogenario, en sus últimas apariciones públicas en la Feria del Libro de Buenos Aires, aseguró gozar de cabal salud y su imagen pública, plena de carisma, no lo desmentía.

Pero Fuentes era un experto en este tipo de cosas: mostrar una cara pública radiante, y llevar cualquier tribulación por dentro. Una anécdota humorística que cuenta Santiago Roncagliolo, tiene precisamente qué ver con ese aspecto suyo de mito: en 2006, al conocerlo en el Hayes Festival de Cartagena de Indias, Roncagliolo, entonces joven ganador del premio Alfaguara por “Abril Rojo”, se sintió abrumado por encontrarse en presencia de Fuentes, quien magnánimo se sacó unas risas a costa suya, al decirle, tendiéndole la mano: “Sí, existo”.

Esto lo pinta de cuerpo entero: era igualmente célebre por su perspicacia y arrogancia ocasional, como por su desenfado y desconcertantes gestos de bonhomía. Todo dependía del día que estuviera teniendo, igual que una persona corriente, si bien él era todo menos eso.

Fuentes también tuvo cosas de qué arrepentirse y no sólo de libros mediocres – sí, no se libró de escribir obras, sobre todo en años recientes de escribir cosas muy por debajo de su nivel, como “Diana o la cazadora solitaria” o “Adán en Edén” que fueron recibidas, como mínimo, con indiferencia –. Fuentes no fue un buen padre para ninguno de sus tres hijos, Cecilia, a la que virtualmente abandonó en su niñez al cuidado de la familia materna, y Carlos y Natasha, fallecidos en 1999 y 2005 (él a consecuencia de la hemofilia y ella, que tuvo un largo historial de abuso de drogas, en una sórdida situación de ajuste de cuentas entre traficantes, si bien la versión que primero se manejó, fue una sobredosis, aunque no pudo ocultarse demasiado tiempo), fruto de su segundo matrimonio con la periodista cultural Silvia Lemus, que es hoy en día su viuda.

Su primer matrimonio, con la actriz Rita Macedo, no estuvo exento de tragedia; al conocerla en 1956, él era un joven diplomático de carrera (como su padre), que había publicado un libro de relatos (“Los días enmascarados”, 1954) y preparaba la que es una de sus obras más emblemáticas (y el libro que lo puso en el mapa), “La región más transparente.” La Macedo, considerada por muchos como la mejor actriz mexicana de su generación, era algunos años mayor que él, ya divorciada y madre de dos, y estaba consagrada. Fue su influencia la que le ayudó a conseguir algunos de los contactos sociales y culturales (entre ellos Luis Buñuel, con quien ella había trabajado en varias ocasiones), que lo llevaron a convertirse en el escritor más célebre en México durante los años 60; éste fue el periodo más fructífero de Fuentes como artista creativo y celebridad: su carrera en el servicio exterior lo llevaría a ser cónsul en Venecia y Rita lo acompañó, dejando a su hija en México. La relación entre él y Cecilia siempre fue distante y accidentada, aún después de la muerte de sus otros hijos.

Durante el tiempo que estuvieron casados, Fuentes fue compulsivamente infiel a Rita y la relación después de trece años, se disolvió cuando éste ya había iniciado una vida en común con Silvia (y ésta ya esperaba un hijo), mediante una carta en la que él le comunicaba que el matrimonio estaba caduco y que hacia ya muchos años que no la quería. El divorcio fue traumático para Rita, quien en 1993, dos décadas más tarde, ante un diagnóstico de cáncer inoperable, decidió acabar con su vida por propia mano, único escándalo que protagonizó en cincuenta años como eximia de la escena. Muchos fueron los que aseguraron que nunca se recuperó del todo, de la humillación a la que fue sujeta por su ex marido.

Aunque tuvo una lluvia de premios, conquistando los más destacados del idioma español – en 1987 fue Premio Cervantes, y en el 94 Príncipe de Asturias – su anhelo por recibir el Nobel jamás se materializó, si bien tuvo la gracia para encomiar públicamente los triunfos de su mentor, Octavio Paz y sus compañeros del “boom” latinoamericano Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Sus allegados afirman que no perdía la esperanza de ser reconocido por la Academia Sueca.

El peso literario de Fuentes nunca ha estado a discusión, aún cuando una gran mayoría señala “Cambio de Piel” (1967), controvertida ganadora del Premio Biblioteca Breve, que no pudo ser publicada en España hasta una década después debido a la censura del régimen franquista, que se escandalizó por su violento contenido, como su última gran obra. “Terra nostra” (1975) ganadora de los prestigiosos premios Villaurrutia y Rómulo Gallegos, se ha registrado como su obra más ambiciosa, si bien la critica contemporánea la ha reevaluado como un ejercicio más de forma que de fondo y algunos la han tachado de ser una lectura únicamente para elegidos e inaccesible para los demás.

Desde hace años, Fuentes había planificado su bibliografía bajo el título comunal de “La Edad del Tiempo”, una cronología que reúne toda su obra en un conjunto comprensivo. Los últimos títulos en agregarse a ésta son “La novela latinoamericana”, una serie de ensayos y “Carolina Grau”, nueve novelas cortas eslabonadas, que tienen como elemento común la aparición – física, fantasmal o referencial – del enigmático personaje en cuestión.

Existen otros proyectos, como “La novia muerta”, “La hueste inquieta”, “El baile del centenario” y “Emiliano en Chinameca”, que forman parte de la cronología ya anunciada, pero no se sabe aún qué tan avanzados se encuentran o si realmente existen más allá de ser solo un proyecto.

Sea como fuere, Carlos Fuentes deja una huella indeleble y espectacular en las letras y en el idioma español. No será fácilmente emulado y ni siquiera hay competencia. Existe, como le dijo a Roncagliolo, en una categoría única, por sí mismo.

Close
Comentarios