El señor que contaba cuentos extraordinarios

La muerte de Ray Bradbury, a los 91 años, marca el fin de una era y Miguel Cane nos cuenta su encuentro con él

La muerte de Ray Bradbury, a los 91 años, marca el fin de una era.

El tiempo que él predijo en obras como Crónicas Marcianas y Fahrenheit 451, ha llegado y él pudo verlo.

Su obra visionaria inspiró a centenas de autores, igual que su sencillez, su bonhomía generosa y su accesibilidad, elementos que sirvieron para acercar a generaciones a la lectura de la Ciencia-Ficción, lo que se consideraba un género menor, pero que junto con sus colegas Isaac Asimov, Kurt Vonnegut Stanislaw Lem y Arthur C. Clarke, ayudó a elevar al rango de literatura que hoy ostenta.

 

La única vez que vi a Ray Bradbury, con su característica melenita plateada y gafas de pasta, fue en diciembre de 1991, en una librería de segunda mano en Westwood, el vecindario de Los Angeles donde residió por décadas y a la que solía ir periódicamente, siempre en taxi – nunca aprendió a manejar.

 

En ese entonces yo era un adolescente turista que – para sorpresa de mis padres – prefería vagar entre los estantes de una librería que ir a un parque de diversiones y de inmediato, al verlo, por alguna razón me resultó familiar. Me acerqué a un empleado y pregunté si ese caballero era alguien conocido (tratándose de un sitio cercano a Hollywood, no sería extraño que se tratara de algún actor o director de cine o televisión). El empleado, sin aspavientos, dijo sotto voce que sí, era Ray Bradbury, cliente ocasional de la tienda.

 

“¿Ray Bradbury? ¿EL Ray Bradbury?”

El empleado asintió, tal vez acostumbrado ya a estas reacciones.

 

Como muchos otros lectores, descubrí a Bradbury al final de mi infancia y principio de la adolescencia, al leer vorazmente y en rápida sucesión Crónicas Marcianas, El vino del estío, La feria de las tinieblas, y numerosos relatos. Después Fahrenheit 451 (y su formidable adaptación a cargo de Truffaut al cine, con Julie Christie en un doble papel)  y los relatos angustiosos de El hombre ilustrado, me revelaron un mundo distinto y nació una devoción hacia él que perdura.

 

Ese día de inmediato compré (¡por menos de un dólar!) un ejemplar usado de El País de Octubre (su mejor colección de cuentos de terror) y con un plumón prestado por la cajera, me acerqué.

“Míster Bradbury, ¿me da su autógrafo por favor?”

El hombre  se volvió a mi, sonrió, preguntó mi nombre y me dedicó el libro.

Le dije que también quería ser escritor (ahora me da pudor, ¿cómo me atreví?) y él  me dio un consejo: “Escribe y lee. Todos los días.”

 

Ahora, veinte años más tarde, ese libro con la firma de Bradbury no tiene precio.  Igual que el legado que nos dejó a todos los que amamos sus historias. Y los que tienen el privilegio de comenzar a descubrirlo.

 

Porque Ray Bradbury es como el cosmos. Infinito.

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