Sylvia Plath: El alarido de la mariposa

Sylvia ha trascendido porque, pese al sufrimiento que la agobiaba como una corona de espinas, tuvo la necesidad y la valentía de mirar hacia dentro de sí misma y expresar lo que veía en su trabajo, con una sinceridad demoledora y en ocasiones incluso escalofriante.

Foto: mellowandshake.files.wordpress.com
Foto: mellowandshake.files.wordpress.com

En uno de sus últimos poemas, titulado Lady Lazarus, Sylvia Plath parecía hacer un oráculo de su destino inminente con el siguiente verso:

Dying, Is an art Like everything else I can do it exceptionally well.

(Morir es un arte, como todo lo demás, hago de ello algo excepcional.)

Estas breves líneas parecen encapsular su posición ante la muerte y también reflejan que Sylvia, nacida en Jamaica Plain, Massachusetts, el 27 de octubre de 1932, es sin duda una mujer muy importante en la literatura contemporánea no por el hecho de haberse suicidado justo cuando estaba creando su obra maestra, o por haber estado casada por siete años con Ted Hughes, el poeta británico más celebrado de su época. Tampoco por ser uno de los múltiples íconos del feminismo.

Sylvia ha trascendido porque, pese al sufrimiento que la agobiaba como una corona de espinas, tuvo la necesidad y la valentía de mirar hacia dentro de sí misma y expresar lo que veía en su trabajo, con una sinceridad demoledora y en ocasiones incluso escalofriante.

Nacida en el seno de una familia de clase media, hija de Otto Plath, un destacado entomólogo de origen alemán y Aurelia Schöber, un ama de casa muchos años más joven que su marido, descendiente de austriacos y judíos, Sylvia estuvo consciente de esta dicotomía que figura de modo prominente en poemas como el emblemático Daddy, donde identifica al padre muerto como un elemento de la imaginería del Holocausto y con los mitos del vampirismo.

Sylvia fue una niña prodigio que quedó huérfana de padre a los 8 años (él murió de cáncer y no se suicidó como afirman algunos malinformados, deformando la leyenda), y desde entonces comenzó a cultivar una obsesión por la muerte, elemento que resulta inextricable tanto en su vida como en sus escritos. Su primer intento de suicidio ocurrió en 1953, y la llevó durante tres meses a un hospital psiquiátrico privado y es el material con el que más tarde escribiría su novela La campana de cristal, aparecida el 22 de enero de 1963 y la cual, para su horror, resultó demasiado apegada a los hechos.

En vida, Sylvia publicó la novela, el libro de poemas El coloso y un poema teatral para la BBC titulado Tres mujeres, además de decenas de poemas y cuentos que aparecieron en revistas literarias a ambos lados del Atlántico. Tras su muerte, Ted supervisó la publicación de sus demás libros, entre ellos el formidable Ariel, que reúne los deslumbrantes poemas que ella escribió llena de ira, dolor y genio entre el otoño de 1962 (cuando Hughes la dejó de un día para otro para vivir un tórrido affaire con muy mal fin con la escritora Assia Wevill) y la semana de su muerte.

En 1981, la antología Collected Poems recibió el Premio Pulitzer póstumo que recibió Ted, para disgusto de numerosos miembros de la comunidad cultural: el hombre que según ellos la había llevado al infierno, ahora cosechaba la gloria inmerecida. Sin embargo, el matrimonio no fue solamente una pesadilla y en sus diarios la propia Sylvia lo afirma. Aunque la mayoría de la gente considera sus escritos como deprimentes, para Anne Sexton, amiga suya, y también poeta suicida, “quizá la mente creadora que explora sus angustias más profundas sea el único espejo que el arte pueda ofrecernos hoy, y es muy posible que la única liberación de un mundo que niega los valores del amor y la vida sea precisamente el mundo de la muerte”.

Según la leyenda que cuentan las feministas, Sylvia es, poco más o menos, una víctima inmolada por el mundo machista y un marido desconsiderado que la abandonó para tener sexo con otra, que para mayor humillación era alguien a quien había tratado socialmente, dejándola sin dinero, con dos hijos pequeños y con la desventaja adicional de ser una estadunidense en el exilio.

Silvia y Ted    Foto: www.scotsman.com
Silvia y Ted                 Foto: scotsman.com

Otros la ven como Sylvia, la poeta maldita, enfermiza y algo loca, demasiado atrevida para no dañarse a sí misma: predestinada a una final suicida. Otros más la han tildado de monstruo: madre inconsciente, arpía chantajista y alucinada, capaz de matarse en la misma casa donde sus hijitos dormían; un estorbo que salpicó de inmundicia para siempre la brillante carrera de ese prodigio llamado Ted Hughes. No obstante, la historia ha probado que Sylvia no era necesariamente una víctima del exilio por el hecho de ser una americana en el extranjero. Respecto del machismo y el abandono de su marido como posibles causas de su suicidio, hay que recordar que Ted Hughes no fue tan chovinista como se cree: se turnaban para escribir, incluso cuando tenían dos hijos que atender y él la estimuló de manera constante para desarrollar su talento. Es muy probable que si no hubiera sido por un marido como Ted, probablemente Sylvia, ya tocada por la muerte, no se habría casado por miedo a que el matrimonio le costara el sacrificio de su vocación de escritora. El matrimonio tuvo buenos tiempos, que culminaron con los nacimientos de sus hijos Frieda Rebecca (1960) y Nicholas Farrar (1962 – 2009), a los que ella adoraba. Pero no todo era armonía: Ted era infiel por naturaleza y Sylvia era ferozmente leal. El único rival para su marido era la propia muerte y esto se deja ver en sus diarios; Sylvia luchó por representar varios papeles que a menudo resultaban contradictorios, o por lo menos conflictivos entre sí: era madre, esposa, amante, artista. Esperó hasta que Ted publicó su primer libro para preparar el suyo y si bien él la estimulaba, ella no conocía límites para impulsarlo a él.

Cuando Ted se fue, ella se quebró y dejó fluir toda su rabia en poemas extraordinarios como un símbolo del arte como desesperación. La mañana del 11 de febrero de 1963 (en medio del invierno más crudo en la historia del Reino Unido hasta la fecha), con 30 años de edad, Sylvia aisló su cocina del resto de la casa y tras despedirse de sus hijos, que aún dormían, metió la cabeza en el horno de gas.

Para ella, fue la única, desesperada,  manera que encontró para no dejar morir su voz.

Foto: 4.bp.blogspot.com
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*


Sylvia Plath llegó a mi vida un día en 1990. Fue por accidente. Nunca se marchó.

Yo era un adolescente que se recuperaba de un intento de suicidio y leí La Campana de Cristal en ese entonces, para descubrir, con asombro, que lo que yo había experimentado, no era único y que podía verbalizarse. A diferencia de muchos, la descubrí como narradora antes que como poeta. Y me atrapó al hablarme de un mundo que yo ya conocía y que conocía bien: yo también había estado roto y del otro lado de un cristal.

Posteriormente, ya como universitario, fui descubriendo la historia de Sylvia [y Ted], y su obra poética, desgarradora, enternecedora, deslumbrante, plena de fuerza emotiva y de una gracia insondable para construir con lenguaje.

Colin White, el hoy difunto director de mi carrera de Letras Inglesas, me miró con algo parecido al desprecio, cuando externé mi deseo de escribir mi tesis sobre Sylvia. Neurotic American!, fue todo lo que dijo. Luego me enteré que en su tiempo, había sido buddy buddy de Ted y que por lo tanto, pertenecía al otro campamento.

Cada 11 de febrero, me tomo un instante para recordarla. Pienso que, si quizás las cosas hubieran sido distintas, tal vez nos habríamos conocido. En Octubre pasado, Sylvia habría cumplido 80 años. Hoy, cumple 50 de haberse salido con la suya.

Aunque Daddy (“You do not do, you do not do…“) es acaso su poema más famoso y me lo sé de memoria como para recitarlo, no es exactamente mi favorito. Esa distinción le corresponde a Mad Girl’s Lovesong, una especie de villancico que escribió en 1955, antes de conocer a Ted y después de su estancia bajo la mentada campana de cristal.

Hoy pienso en Sylvia y para ella, este modesto ramo de margaritas.

Para ustedes: ese poema que aprendí a amar y que encierra muchas verdades secretas aún hoy, al menos para mí.

 

I shut my eyes and all the world drops dead;

I lift my lids and all is born again.

(I think I made you up inside my head).


The stars go waltzing out in blue and red,

And arbitrary blackness gallops in:

I shut my eyes and all the world drops dead.


I dreamed that you bewitched me into bed

And sung me moon-struck, kissed me quite insane.


(I think I made you up inside my head).


God topples from the sky, hell’s fires fade:

Exit seraphim and Satan’s men:

I shut my eyes and all the world drops dead.


I fancied you’d return the way you said,

But I grow old and I forget your name.

(I think I made you up inside my head).


I should have loved a Thunderbird instead;

At least when spring comes they roar back again.


I shut my eyes and all the world drops dead.

(I think I made you up inside my head).
Y la versión en español:


Cierro los ojos y el mundo muere;

Levanto los párpados y todo nace de nuevo.

(Creo que en mi mente te inventé).


Las estrellas salen valseando en azul y rojo,

Sin sentir galopa la negrura:

Cierro los ojos y el mundo muere.


Soñé que me hechizabas en la cama

Cantabas tocado por la luna, me besaste hasta enloquecer.

(Creo que en mi mente te inventé).


Dios cae del cielo, las llamas del infierno se apagan:

Escapan serafines y siervos de satán:

Cierro los ojos y el mundo muere.


Imaginé que volverías como dijiste,

Pero crecí y de tu nombre me olvidé.

(Creo que en mi mente te inventé).


Debí haber amado a un Thunderbird, en vez de a ti;

Al menos cuando la primavera llegue rugirá otra vez.


Cierro los ojos y el mundo muere.

(Creo que en mi mente te inventé).

 

La última foto de Silvia, una semana antes de su muerte (enero de 1963).    Foto: textosa.es.
La última foto de Silvia, una semana antes de su muerte (enero de 1963).                   Foto: textosa.es.

 

 

 

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