Gente como uno

La homofobia está en todas partes: lo mismo educada y refinada, que vulgar, agresiva y cerril; muchas veces permitida (y promovida) por la iglesia, por los medios, por las familias.

¿Qué es la homofobia?

Ostensiblemente, es una enfermedad social; un temor irracional hacia personas homosexuales – no importa el género – y de manera tradicional, es un rechazo que se fomenta en algunas sociedades; en el caso a mano, la nuestra. Usted lo sabe. Se encuentra en todas partes: en los chistes baratos en la televisión, con los “divertidos” personajes que algunos comediantes hacen para parodiar (esta es la justificación que usan: parodiar a lo diferente) a los homosexuales, en diversos programas en horario de máxima audiencia. O bien, en el doble sentido ofensivo presente en programas de todo tipo, incluyendo a la fantásticamente popular serie Friends.

Probablemente a la homofobia la conocemos desde niños. Al menos así es como yo lo recuerdo.

No necesariamente se trata de una homofobia violenta y brutal, como sucede en otros escenarios, la que acaba con golpes e incluso asesinatos. Pero es odio, también.

La homofobia que conocemos en casa suele ser muy pasiva, muy cotidiana. También está (al menos en el caso de mi experiencia) en el desencanto y desaprobación manifiestos en alguno de los padres, a veces, de ambos: recuerdo la impaciencia de mi padre. Su incomprensible severidad con el propósito de que yo “adquiriera carácter”; su desconfianza gratuita, siempre cuestionando todo: desde mis gustos musicales hasta mis lecturas, desde muy temprana edad, buscando en ellas – y en las películas que veía o los programas de televisión que acababa prohibiéndome ver – alguna razón para que no fuera el hijo que esperaba que fuera. Recuerdo también, de esa época, su creciente desapego, que era más doloroso aún al hacerse notable su afecto, dispenso en otros niños – mis primos, los hijos de sus amigos, que sí eran niños “normales”, que sabían jugar en equipo, se interesaban en deportes, mecánica automotriz, en las cosas que debían de gustarle a los niños. Ese recuerdo, aún ahora, de repente: la abrumadora sensación de haber fallado en algo.

De haber fracasado, ante tu padre, aún si no sabes en qué.

Esa es la primera faceta de la homofobia que conocemos. Y hay otras, que se dejan ver muy pronto: en la escuela, en los grupos a los que te vas integrando conforme creces – si eres aunque sea un poco vulnerable, de inmediato eres el foco de ella: eres el mariconcito, el jotito, la loquita. El (mal que nos pese) puto.

Y claro, eso no va exento de la horrenda y persistente sensación de una culpa por serlo, por no ser como los demás y por decepcionar a los demás. Y conforme vas creciendo más, viene acompañada de violencia, no solo psicológica, también física: que va desde una zancadilla, hasta la golpiza en pleno, con el objeto de hacerte ejemplo, que vean que no se va a tolerar a la gente como tú. Que todos lo vean. No nos gustan los maricas. Las más de las veces, esto está tolerado por las instituciones (la escuela, el grupo, la comunidad) que dicen condenarlo, pero lo consideran casi como un hecho tácito.

Tienes que aprender a resistir. Tienes que aprender a sobrevivir. A veces con los puños, a veces con la lengua. A veces desconectándote de tu exterior. A veces yéndote de ahí, aunque no deberías.

No siempre es una opción. Y cuando lo es, puede ser terrible. Véase el (aún ahora) elevado índice de adolescentes suicidas, de ambos géneros, que se matan, usualmente, por no poder contender con una homofobia presente en cada aspecto de sus vidas.

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La homofobia está en todas partes, como dije, todos los días: Lo mismo educada y refinada (conocí a Araceli, una maestra del IFAL que, efectivamente, era muy dama y de trato exquisito, con unos prejuicios homofóbicos virulentos e implacables. Hasta donde yo sé, su cruzada anti-homosexual sigue, y no se detiene ante nada para perjudicar a homosexuales por el simple hecho de serlo), que vulgar, agresiva y cerril; muchas veces permitida (y promovida) por la iglesia, por los medios, por las familias.

¿Cómo puede combatirse?

Es muy difícil, pero creo que se puede hacer algo mediante el arma más importante que tenemos en nuestras manos: educar a los que nos rodean. No estamos solos, o al menos, me gusta pensar que no lo estamos.

Algo que siempre se puede hacer es buscar el apoyo de gente que nos quiera donde nadie nos quería y nos acepte donde nadie más lo hacía, y que lo hará porque le gustamos tal como somos. Los hay que serán nuestros amigos, nuestros protectores. Nuestra familia lógica, donde muchos nos vemos obligados a prescindir de la biológica.

Esa gente es refugio, es enseñanza y fuerza. Y así es que aún si no dejas de ser tú mismo (o tú misma), muchas veces habrá días más difíciles que otros. A eso me refiero al hablar sobre educar, al respecto de cómo tú puedes hacer la diferencia para muchos. Eso lo creo: La Homosexualidad es aún hoy en día, algo incomprensible y “condenable” para muchísima gente, e incluso, es un conflicto para varios homosexuales, declarados o no. Pero no es un estigma. Puedes ser homosexual perfectamente y compaginarlo con ser una persona completamente desarrollada y útil. Tiene que ver con aceptarte a ti mismo, sin culpas. Hay muchos caminos y nadie hará por ti lo que tú no seas capaz de hacer por ti mismo. Eso es algo que aprendí a base de golpes, algunos más duros que otros. Es también una manera de combatir la homofobia.

Igualmente,  no hay que temerle a los heteros: de hecho, ellos son iguales a nosotros y algunas veces necesitan variedad en sus vidas tanto o más que uno. Sólo tienen que saber que estamos aquí. Algunos van a aceptarnos. Otros no, pero lo importante es no temer; no devolver odio por odio. Uno puede ser quizás la única persona “diferente” que ellos conozcan en sus vidas cotidianas y por eso podrán aprender sobre tolerancia y cómo sentirse cómodos con su propia sexualidad. Algunos de mis amigos más cercanos son heterosexuales y mi orientación nunca, al menos desde hace muchos años, es un problema. Existen muchos, muchísimos “bugas” a los que les importa un cacahuate si te acuestas con hombres, con mujeres o con quimeras; lo importante es quien eres y lo que representas para ellos.

Ahora bien, los que no te acepten y te vean con horror, recuerda, son los que se pierden de tenerte en sus vidas, no a la inversa. Así sean tu padre o tu hermano. No les temas. El temor es lo que da fuerza al homofóbico y No es tu obligación avergonzarte o fingir, metiéndote en un clóset, reprimiendo tu personalidad, sólo por miedo a gente que no comprende las muchas caras de la naturaleza humana: tú no tienes la culpa de que no sepan de tolerancia.

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Ahora, como decía, la homofobia está en todas partes y esto también es importante decirlo, uno no está libre de la homofobia de otros gays.

Es algo muy común, muy relacionado  habitualmente con los estereotipos: “eres una obvia” “eres una gorda” “eres una circuitera” “eres una pasiva”, etcétera. Y eso sólo es lo verbal. Esto se traduce igualmente en rechazo y en violencia. En humillaciones y crueldad, perpetrada muchas veces por gente que, ostensiblemente, debería buscar de la vida lo mismo que tú.

Pero puede romperse el estereotipo. Usualmente todos los que se quejan de que sus vidas son superficiales y vacías, se lo deben a los estereotipos al final de cuentas y eso es algo que, por desgracia, parece seguir como una constante en nuestras vidas. Cada vez son más y más jóvenes los gays que veo se catapultan alegre e irresponsablemente del clóset. Esto no es de ninguna manera terrible, al contrario, pero creo que si se detuvieran por un momento a considerar algunos puntos acerca de esta decisión y no lo hicieran sólo por que “lo hizo el de RBD” —en un acto que personalmente considero un truco publicitario, por lo que el oírlo mencionar como un referente histórico y casi heroico me horroriza personalmente: mucha gente lo hizo antes que él, a veces a coste de su propia vida— las cosas tal vez podrían resultarles más sencillas y sin tanto lovely drama.

Hay muchas preguntas que el (o la) joven gay se hace; a veces pienso que si a los 18 años hubiera tenido a quien hacérselas, mi proceso tal vez habría sido menos difícil.

Una de ellas es ¿qué hago para vivir en un mundo hostil?

Ahora sé que aprendes. El odio mata. En todas sus formas. Permitir que anide en ti, que te haga discriminar a otros como tú, es tan grave como ser el objeto del odio y la agresión de otros. La tolerancia es una lección que aprendemos (y que, sin imaginarlo, enseñamos) todos los días. El camino no es fácil, pero lo que realmente vale para algo, casi nunca lo es.

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¿Y mi padre, se preguntan?

Mi padre, que me dio una infancia y adolescencia sin afecto por culpa de sus prejuicios, mismos que le fueron inculcados como doctrina educativa en su entorno social (aunque no, curiosamente en su casa. Mi abuelo, su padre, era mucho más tolerante que él. “El niño”, dijo una vez refiriéndose a mí, a eso de seis años, enjugando mis lágrimas confusas ante un rechazo, “es diferente. Déjenlo vivir.”),  hoy tiene una relación cordial conmigo. Tiene 70 años y cada día que pasa aprende algo nuevo sobre el estilo de vida que su hijo eligió para sí. Algo ha tenido que ver mi madre en ese proceso. Sé que aún no me comprende del todo, pero ha llegado a aceptarme porque ya soy un adulto y hoy el mundo, al menos para él, es otro. Reconozco el esfuerzo que ha hecho, finalmente todos pertenecemos a más de una familia: la biológica y la lógica, que siempre estará ahí para nosotros.

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La homofobia existe y persiste. Ya sea como asesinatos sistemáticos en medio oriente, o golpizas afuera de bares gay en la colonia Juárez. En gritos e insultos. En monstruosos crímenes como el de Matthew Sheppard (que me llevó, aunque nunca tuve un clóset, a decirlo en una columna que publiqué en El Universal a raíz de su muerte, en la que abiertamente hablé de mi orientación ante los lectores y el resto del mundo). Pero siempre habrá una voz que disienta. Alguien que, de modo consciente o inconsciente, militante o pasivo, ayude a educar al mundo que le rodea.

Somos muchos. Somos como tú. No somos los otros. Sólo somos gente.

 

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