Segundo round

No me explico la superioridad moral que algunos adoptan respecto al suicida; el menosprecio y el disgusto con el que se le ve, ya sea el que lo consigue o el que falla. No lo entiendo. Siempre he pensado que el respeto al suicidio ajeno es la paz. Como lo es la decisión de ejecutar el mismo.

Sábado, 4 am.

Parece tan fácil, como lo es quitarse los zapatos.

Dejar también el celular, la cartera, las llaves de casa, los lentes – al quitármelos, todo es usualmente borroso, he sido miope toda mi vida, pero ahora todo es extrañamente claro – y empezar a caminar por la arena hacia donde rompen las olas, completamente vestido.

Al hacer esto, sé que estoy sobrio. Que estoy lúcido. Que estoy despierto y no sonámbulo. Lo último que recuerdo haber hecho, mientras caminaba por el paseo marítimo de esta ciudad donde he vivido por seis años de exilio, fue mandarle un mensaje directo de apoyo a un amigo escritor – él, si llega a leer esto, sabrá quién es — que en ese momento lo necesitaba: “sigue escribiendo historias para mantenernos vivos”. Se fue el mensaje y yo de pronto bajé a la playa y me puse a caminar hacia la orilla.

Primero un pie, luego el otro. El agua a los tobillos, a los muslos, a las rodillas. Bajo mis pies, arena que se va disolviendo. No sé por qué hago esto. Llevo veintitrés años pensando que un día iba a hacer esto de nuevo. No recuerdo bien lo que hice esa primera vez. Sé que fue mucho más violento entonces (tengo una cicatriz apenas perceptible en la muñeca derecha que me lo recuerda). Esto es tan apacible. Sólo caminar en el agua. Hasta la cintura, hasta el pecho.

Sobre mí brillan las estrellas. El cinturón de orión y la luna solitaria, que me miran a esa hora que no hay nadie en la playa; la misma frente a la cual he vivido todo este tiempo. No pienso ni en el agua que me llega ahora al cuello, ni en nada más. A veces de repente, no puedo pensar. En ese momento sólo hay arena y agua. No hay miedo ni odio, ni dolor.

De pronto, ya no siento arena bajo los pies. Puedo entonces soltarme. Flotar. Hundirme.

*

Desde hace muchos años he tenido pensamientos suicidas.

Posiblemente incluso desde antes de comprender qué es el suicidio.

El primer round fue a los 16 años y fue algo abrupto, movido por la desesperación. Todos nos hemos sentido así a esa edad; yo perdí el control y decidí morirme, de repente, sin planearlo. Pude haberme salido con la mía si no me hubieran encontrado. Desde entonces, la noción del suicidio se hizo aparente en mi cabeza un rato cada día, y cada día, desde ese primer momento en el verano de 1990, era (es) un día más de vida. Llegar al día siguiente cuesta mucho trabajo en ocasiones, es un logro, aún si mucha gente no lo entiende, aún si mucha gente – gente que incluso te conoce y ostensiblemente, gente que te quiere – reacciona con horror o con violencia al saber que eres un suicida. No me explico la superioridad moral que algunos adoptan al respecto; el menosprecio y el disgusto con el que se ve al suicida, ya sea el que lo consigue o el que falla. No lo entiendo. Siempre he pensado que (parafraseando aquí) el respeto al suicidio ajeno es la paz. Como lo es la decisión de ejecutar el mismo.

El suicida no necesita compasión. Yo no escribo esto por eso. No necesitamos compasión, aunque la comprensión no está de más. Porque una vez que lo hiciste, lo eres. Aunque no lo consumes, lo eres. Yo lo soy, aunque no he escrito nunca una nota suicida, y tal vez no sabría qué poner en ella (¿“adiós mundo cruel”? No lo creo), el haberlo contemplado tan de cerca tantas veces, haber estado en presencia de la muerte. Saber que nos calzamos los guantes y nos subimos al ring.

Lo soy, lo soy, lo soy.

*

Floto en el agua. Hay poco oleaje. Estoy por sumergirme y dejar que me arrastre la corriente, cuando algo me detiene: es como un apretón de pánico en el pecho, es el dolor de los músculos que he forzado y algo más; la sensación urgente de volver. En la orilla va apareciendo gente, aunque no puedo verlos sé quienes son: los amigos, los familiares, los hermanos invisibles, los niños a los que todavía no he llevado a museos o al cine, a los que no he leído libros. Mis padres, Audrey. Ahí está Audrey, que espera que yo vuelva por ella. Todos los amigos que forman parte de los proyectos que están esperándome – una obra de teatro, una librería, una vida en otra parte – toda la gente que quiero. Respiro hondo entonces, escupo el agua salada y braceo de vuelta, hasta estar de rodillas en la arena otra vez.

No pude.

Me siento en la playa a recuperar el aliento. No sé cuánto ha pasado. No habrán sido muchos minutos, pero el tiempo ha perdido toda su proporción. La arena en mis manos es eso mismo, arena. El cielo sobre mi cabeza es el mismo de antes, y sin embargo se siente diferente. Los días que seguirán serán – han sido – diferentes también. Pesados. Interminables. Hasta que poco a poco se vayan haciendo más ágiles y productivos y no se sientan sintéticos, no me cueste trabajo despertar. Quise morir, de pronto. Pero ahora mismo no puedo dejarlo todo. Me quito los guantes y bajo del ring. No sé si he ganado o si he perdido. Vivir ganó. Con la alegría, los sinsabores, los cabos sueltos, los abrazos, la indiferencia, el amor que se da y el amor que se recibe, aún si proporcionalmente no son lo mismo.

¿Y lo volverás a hacer? Me pregunta una voz inquieta en la cabeza mientras camino torpemente hacia la escalera de piedra que sube a la calle, y de ahí al edificio, al ascensor, a casa. ¿Lo volverás a hacer? Sí. ¿Te arrepientes? No. Nunca puedo arrepentirme de nada de lo que haya hecho, porque con arrepentimiento no hay aprendizaje y tengo que aprender algo de todo lo que hago, de todo lo que hice, incluso esto.

Habrá otros rounds con las voces, con la imperiosa necesidad de no querer seguir viviendo. No hoy, no mañana. Pueden pasar veintitrés años otra vez. Un día volveremos a subirnos a ese ring, y tal vez ganará. Pero no hoy. No pronto.

Soy un suicida. Y sigo con mi vida, un día a la vez. Habrá buenos. Habrá terribles. Pero los habrá. Y yo caminaré por cada uno de esos días mientras pueda. En toda su indefinición, como infinito es el mar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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