México, seis días después

18 años viviendo en la colonia Condesa. Tan buenos recuerdos que hoy se borran cuando una amiga de años, que vivía en la sobrevaluada Avenida Ámsterdam, apareció con la mitad de su cara cubierta de sangre y con la boca sonriendo. 

México, seis días después
Cuartoscuro

Debió meterse debajo de la mesa, como le habían sugerido en el colegio en caso de temblores.

Debió acurrucarse junto al escritorio para formar el triángulo de la vida. Debió dirigirse a la puerta de entrada, mucho más cerca que el punto desde donde le gritaba su compañera de trabajo.

Ella prefirió morir aplastada con su querida mascota en lugar de sobrevivir a su muerte trágica.

Alicia, debajo del marco de una puerta, abrazó a sus dos hijos mientras gritaba ¡Dios mío, protégenos! y mientras el bebé lloraba como un desamparadoAntonio, debajo de otro marco, se quedó en silencio mientras atajaba lo que se desprendía del techo del departamento: un espejo de cuerpo entero y un reloj pendular que marcaba las 13:14 de la tarde. Y la señora de las labores domésticas, que se levantó tras caerse de la escalera, llegó corriendo hasta el marco de la tercera habitación para observar cómo se mareaba sin hacer nada. Ellos sí sobrevivieron.

La tierra crujió bajo sus pies como un monstruo de caverna, las ventanas amenazaron con volverse pólvora. Parecía que un gran lobo soplador hubiera encontrado la casa de los tres cerditos. Y repitiendo la historia, la estructura no resistió.

El niño que se encontraba en ese momento dentro del salón de clase fue consciente de que nunca hasta ese momento de su vida había entendido el significado de la palabra terremoto; en el colegio solo habían hablado de temblores y poco antes habían llevado a cabo un simulacro y nuevamente las palabras de su maestra sobre qué hacer durante un movimiento telúrico. Se encontraba ahora debajo de varios trozos de concreto. Y es que nunca le hablaron de lo que sucede después de uno. A él lo rescataron con vida.

Duramos 10 minutos viéndonos las caras y tratando de comprender hasta que fuimos conscientes de que un ruido de la calle traspasaba la ventana y entorpecía los pocos diálogos entre nosotros: las sirenas, las aspas de helicópteros, los lamentos de los heridos que caminaban desamparados y la lluvia que levantaba una nube gris del piso.

Ciudad de México, 19 de septiembre del 2017, un día de historias, de muertos, de desaparecidos, de destrucciones, de pronósticos alentadores y también de desilusión.

La señora de las labores domésticas trabajaba en una oficina en el edificio derrumbado de Avenida Álvaro Obregón y hasta el momento no hemos vuelto a saber de ella.

Ay, mi ciudad. ¿Qué le pasó a mi ciudad?

18 años viviendo en la colonia Condesa. Tan buenos recuerdos que hoy se borran cuando una amiga de años, que vivía en la sobrevaluada Avenida Ámsterdam, apareció con la mitad de su cara cubierta de sangre y con la boca sonriendo. ¡Estamos vivos!, dijo con buen humor y agitación después de caminar 6 cuadras hasta mi casa. Ella no había podido esquivar un ladrillo en dirección a su frente, ni su hermano había evitado un muro que le dislocó el hombro. Pero los dos, al igual que su madre y su hermana menor, pudieron salir de la casa antes de verla desplomarse con parsimonia.

Pasadas como 2 horas, el pánico se convirtió en una especie de virus.

El miedo se notaba en las caras de los que buscábamos a nuestros familiares que por una y por otra no estábamos juntos, y entre sus historias se comenzó a organizar mi México.

México sin miedo, se convirtió de nuevo en uno solo.

El terremoto nos había arrebatado la alegría, la confianza por la vida y los pisos altos. Pero nos trajo la fuerza y el dejar atrás el egoísmo. El comprobar que ante la desgracia no necesitamos de nadie que nos diga que somos un México fuerte.

“Hemos vivido una situación muy trágica, pero estamos contentos y felices, ha sido como una prueba. Pasamos mucho miedo y mucho sufrimiento, pero hay otros temblores peores, provocados por el mismo hombre. Dios nos ayuda y le damos las gracias”, dice el Sr. Zapata mientras camina con su pala hacia los edificios derrumbados de la zona.

Mientras camino detrás de una fila de personas que se dirigen para ver en qué pueden ayudar, se despertó el lado más puro y luminoso de mi existencia.

Qué difícil expresar lo que ha pasado en esta semana desde que ocurrió el sismo. Gracias a internet podemos enterarnos de muchas cosas que han hecho nacer la esperanza y otras que nos dan gran angustia.

La tragedia de los que aún están bajo escombros y de los que lloran a sus muertos, la vergüenza de los políticos oportunistas y los saqueadores malditos y la esperanza de los que sin importar nada, lo dan todo.

Hoy, después de seis días, sé que necesitaba ese temblor para sobrevivir.

 

@maricelarosales

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