¿Comieron bien?

Hoy me desperté de un sueño confuso y supe así nomás que no iba a ser un día de esos así nomás. Hoy no tenía ganas de hacerle frente a esa cosa que se empecina tonta y se llama vida.

Hoy desayuné sin darme cuenta de que desayunar es ya prepararse para vivir esa cosa.

Hoy tuve ganas de bajar los brazos y sin embargo los vestí de azul y salí. Intenté darle solución a lo insolucionable. Y me agoté un montón de veces.

Hoy atendí el teléfono cuando tenía ganas de ser la que llamara.

Hoy hice algo por los demás que no quería hacer y por eso salió mal.

Hoy fui a dar la vuelta, nada más por dar la vuelta otra vez en el barrio que aún está acordonado por el miedo y la inseguridad de sus edificios y no era domingo. Me sorprendió que estuviera vivo aunque no fuera domingo.

Hoy volviendo para mi casa me acordé del refrán que el otro día me dijo mi mamá: “bájate de la cruz que necesitan la madera” y me eché a reír y reír. Iba por la avenida llena de restaurantes que lucen vacíos al unísono con toda esa gente preocupada porque nomás los clientes no regresan y pude distinguir a una que llevaba unos auriculares tremendamente graciosos de plástico color verde y muy grandes que parecían de juguete y pensé cómo alguien podía insultar de ese modo a sus orejas.

Hoy leyendo grafitis me acordé de nueva cuenta que en este país si no comes carne eres hippie, si escuchas a Mon Laferte eres lesbiana, que cada día mueren 6 mujeres por violencia de género y que si crees en AMLO eres pejezombie.

Hoy caminando por mi barrio me pregunté, pero… ¿cómo? En cada restaurante hay fútbol, ¿a poco ya está el Mundial?

Hoy vi en Twitter el video del hombre que increpó al Jefe Diego… por cierto, ¿jefe de quién?

Hoy supe que soy fanática de los productos del día. Y que ser un hombre y no ser un cerdo no puede ser tan difícil.

¿Qué tan desconectado se puede estar leyendo las noticias?

Esta ciudad es la egoísta circulación de luz y el olor estupefacto que el aire adquiere en los rincones de los restaurantes, los cigarrillos encendiéndose impacientes a dos centímetros del área de no fumar, las caras esquivándose constantemente cuando te cruzas con algún ladronzuelo de cuello blanco, pero no lo increpas. No es porque no quieras, no es porque no quieras decirle que es un ladrón, es porque esta ciudad es el agobio de la gente leyendo de pie, encorvada, sobre los hombros de otra gente, sobre sus faldas, leyendo y opinando en sus redes sociales always.

Esta ciudad es el camino obligado a la delincuencia en cada uno de los hombres débiles en los que la paciencia sucumbe al fin. Siempre lo he dicho, esta ciudad es la ciudad donde todo siempre está a punto de explotar, pero nunca explota.

Hoy supe que nada es definitivo, ningún estado. Y eso es lo único que al final quiero decir. Que nada es definitivo. Que hoy puede ser uno de esos días. O no.

 

@maricelarosales

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