Como México no hay dos

La selección nacional entró ayer en nuestra casa, en nuestras vidas, el mero día del padre. Por unas horas, nuestro México pasó de ser “inconforme y dividido" a ser ese que le "gusta apoyar, vitorear, saltar y echar porras".

Partió hacia las tierras soviéticas entre el escándalo de las escorts y los juegos mal jugados -aunque entre sus jugadores el ánimo parecía no decaer- la eterna afición mexicana y los millares de adeptos que vieron a su equipo el día de ayer ganar contra la potencia futbolística de Alemania bailaron y brincaron alrededor del Ángel de la Independencia tras la que hasta ahora ha sido la mejor exhibición de este Mundial (sí, para nosotros los mexicanos, sí).

Todos hemos estado con nuestra selección. Y ella entró en nuestra casa, en nuestro restaurante, en nuestras vidas, el mero día del padre. En la cerveza, en el café, en los refrescos, en las papitas; no hay producto de consumo habitual que no traiga consigo a la selección. Por unas horas, nuestro México paso de ser “inconforme y dividido” al que le “gusta apoyar, vitorear, saltar y echar porras”.

¡Vaya que cómo es nuestro país! Sí, capaz, de repente, de lanzar las diferencias al aire y con ellas tiranías y opresiones. Bien lo decían los medios, los amigos, los analistas; México se va unir cada vez que juegue un partido.

Se me ocurre la idea, tal vez absurda, de que las manifestaciones de patriotismo a la vuelta de las selecciones podrían ser una respuesta instintiva a una globalización descontrolada que tiende a diluir identidades, uniformar comportamientos e imponer la hegemonía de los patrones dominantes.

Nadie quiere perder el sentimiento de pertenencia ni disolverse, pero eso es precisamente lo que sucede.

Paradójicamente, sin embargo, la televisión, que es uno de los instrumentos de homogeneización cultural, al llevar el Mundial a todas partes contribuye en cierto modo a la afirmación de la diversidad y la diferencia.

Gracias al Mundial y a su teledifusión, los pueblos, a través de sus selecciones, afirman su nombre y su identidad.

Para cantar, para escribir, para jugar al fútbol, para todo hace falta llegar en ciertos momentos “a unirse y ser uno solo”.

Maradona, por ejemplo. Bailaba el tango con el balón o Iniesta un clásico flamenco o Ronaldinho una samba, pero el Chicharito, Ochoa, Lozano, Rafa Márquez y todos nuestros muchachos, todos bailaron el jarabe tapatío, el Huapango, La Tambora, todos y cada uno de los ritmos que existen en nuestro país.

Porque el pueblo necesita alegría. Inspiración en el fútbol, inspiración en la vida. Y un gran gol mexicano.

Nuestra selección parece haber logrado detener el tiempo o, mejor aún, ha conseguido que el tiempo simule seguir su ruinoso curso circular para hacernos sentir este domingo su inmensa alegría actual desbordada entre vivas, cantos y porras, mientras desgarra a puñetazos ansiosos las diferencias y preferencias de nuestro México tan diverso.

¡Pues que viva México! Porque como México no hay dos.

 

@maricelarosales

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