Valorar lo invisible: el trabajo de cuidados

El trabajo de cuidar a otros es central para la vida y no puede seguir colocándose sólo sobre los hombros de las mujeres, pues incrementa la desigualdad social.

Por: Alejandra Muñoz

Este 22 de julio se conmemora el “Día Internacional del Trabajo Doméstico no remunerado”, fecha establecida durante el segundo Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe de 1983 celebrado en Lima, Perú. En este encuentro se reconoció que “el trabajo doméstico es esencial para el bienestar de las sociedades, como lo es también el trabajo aplicado a la producción para el mercado”. Resulta claro que hay una equiparación de la valía del trabajo que se realiza en el hogar y el trabajo para los circuitos mercantiles, ambos necesarios para la reproducción social, sin embargo hay una diferencia fundamental: una gran parte del trabajo realizado en los hogares limpiando, cocinando, lavando y cuidando a las personas que constituyen las familias, no tiene paga alguna por lo que no se visibiliza como trabajo en sí mismo, pero sí constituye una carga ardua para quienes llevan a cabo esta labor que son tradicionalmente las mujeres y las niñas, limitando sus oportunidades y derechos al trabajo remunerado, a la capacitación y escolarización así como al disfrute del tiempo libre.[1]

En el trabajo de cuidar a otros/as se ven imbricados lazos de amor y de apoyo mutuo. Es una actividad cotidiana que permite regenerar la vida y expandir del bienestar de las personas, lo que nutre los lazos de solidaridad y da vida al tejido social. Desde la mirada de la economía feminista, el cuidado es central para la vida y no puede seguir colocándose sólo sobre los hombros de las mujeres ya que esto genera una carga de trabajo que aumenta exponencialmente la brecha entre mujeres y hombres, incrementando la desigualdad social y de género sobre todo en contextos de extrema pobreza.

En México, según estimaciones de la Encuesta Nacional sobre el Uso de Tiempo (ENUT), las mujeres realizan 29.8 horas de trabajo semanales en labores domésticas, frente a las 9.7 horas que destinan los hombres a estas actividades. En materia de cuidados, los hombres invierten 12.4 horas a esta labor mientras que las mujeres 28.8 horas semanales, es decir, ellas destinan 39.8% más de su tiempo a las labores de cuidados de otras personas.[2]

Esta desigualdad en el uso del tiempo entre mujeres y hombres se debe a la repartición de tareas sociales derivada de la persistente división sexual del trabajo que coloca a las mujeres en las actividades de crianza y labores del hogar, mientras los hombres son los encargados de las tareas de provisión y defensa, [3] tareas que se realizan en el espacio formal del trabajo, donde el intercambio monetario es la relación que sella la validez de esta actividad.

Sin embargo, es necesario visibilizar que si bien el trabajo de cuidados y del hogar no está monetarizado, tiene un valor económico y social importante. En 2015 alcanzó un nivel equivalente a 4.4 billones de pesos, lo que representó el 24.2 % del PIB del país, el cual fue superior al alcanzado por algunas actividades económicas como la industria manufacturera, el comercio y los servicios inmobiliarios y de alquiler de bienes muebles e intangibles de manera individual, las cuales registraron una participación de 18.8 %, 17.5 % y 11.7 % respectivamente.[4]

Desde esta perspectiva, la carga de trabajo que realizan principalmente las mujeres dentro sus hogares, se convierte en un subsidio de los procesos de desarrollo del modelo económico actual. El trabajo doméstico y de cuidados expande el bienestar social de manera invisible y gratuita a costa del trabajo de las mujeres, impactando de manera negativa en su propio desarrollo y autonomía, ya que incrementa las condiciones de pobreza e impide que las mujeres puedan remontar las condiciones adversas al no contar con las mismas posibilidades de acceder a mayor educación, mejores trabajos y mejores remuneraciones económicas. Tan sólo en América Latina y el Caribe se mostró que más de la mitad de las mujeres de entre 20 y 24 años no buscan trabajo fuera del hogar debido a la carga de trabajo que tienen con las tareas domésticas. Asimismo, cuando las mujeres tienen acceso a un trabajo remunerado, esto no es suficiente para su autonomía debido a que siguen cargando con la responsabilidad de las tareas de cuidado y actividades domésticas e inclusive gestionar servicios en la comunidad (agua potable, servicios básicos) después de que termina su jornada laboral. [5]

Los cuidados, un problema público

El trabajo de cuidados que realizan las personas en casa y que permite la sostenibilidad de la vida, está en crisis debido a factores demográficos y sociales. Dentro de los primeros, podemos señalar por ejemplo el envejecimiento paulatino de la población, lo que significarán en un futuro costos importantes producto de la prolongación de enfermedades crónicas-degenerativas o de discapacidades derivadas de la edad.

Los cambios socioeconómicos que han llevado a que las mujeres se integren intensivamente al mercado laboral (en condiciones subvaloradas derivado de la división sexual de trabajo) y a la vez seguir llevando a cabo las tareas de cuidados, limitando con ello el ejercicio de sus derechos humanos fundamentales como el derecho al trabajo, a la salud y a la educación, al mismo tiempo minando su desarrollo y autonomía. El cuidado es, por lo tanto, un problema público urgente realizar políticas públicas que visibilicen la importancia del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado y lo coloquen como responsabilidad de la sociedad en su conjunto.

La nueva constitución aprobada en la Ciudad de México este año, es la primera en su tipo en reconocer el derecho al cuidado en el artículo 9 del apartado Ciudad Solidaria y considerar la creación de un sistema integral de cuidados para la ciudad así como la generación de políticas públicas al respecto.

El derecho al cuidado pone el énfasis en la necesidad de cuidado y de cuidar que todas y todos experimentamos en alguna etapa de nuestras de vidas. Como tal, coloca como tarea gubernamental desprivatizar el cuidado y posicionarlo como un asunto que atañe todos y todas, no únicamente a las familias ni a las mujeres. Sin duda el gran reto será la aplicación de este derecho e integrar a hombres y mujeres en las actividades de cuidado, así como acompañar el sistema de cuidados con un cambio de paradigma de la esfera productiva y económica en donde se valoren las actividades para la sobrevivencia humana, sean o no remuneradas. Asimismo, será fundamental el engarce entre Estado, mercado, comunidad y sociedad civil, para lograr un nuevo pacto social que no conciba de manera separada las esferas de trabajo y familiar sino parte de un mismo continuum vital.

Hacia un cambio estructural  

En este momento hay una oportunidad de generar un sistema público de cuidados, ello traerá consigo una reflexión sobre el papel actual de mujeres y hombres, así como la división de tareas entre los sexos, en donde se requiere un cambio de modelo centrado en la sostenibilidad de la vida y en la generación de nuevos pactos sociales y de género. Es urgente impulsar la corresponsabilidad entre el Estado, empresas y actores sociales clave para generar políticas públicas integrales que permitan a las personas cuidar de sí mismas y de sus familias sin descuidar su desarrollo profesional, y dotar de servicios de cuidado públicos y de calidad para conciliar los tiempos de trabajo y familia.

Se requiere repensar las prácticas laborales actuales, centradas en la idea de que la disponibilidad y presencialidad constante en los centros de trabajo significan una mayor productividad. Estas exigencias extremas derivadas del mercado y del modelo económico no contemplan el tiempo para la recreación, el descanso y el cuidado de las y los otros, lo que genera la sensación de escasez de tiempo constante.

Una de las acciones que han implementado algunas empresas es la flexibilización del horario de la jornada laboral, así como impulsar el teletrabajo optimizando el uso de la tecnología. El compactar la jornada y trabajar por resultados, permite compatibilizar las labores de cuidado de hijas e hijos con las actividades y metas laborales y personales.

En países europeos una tendencia importante ha sido la extensión de los tiempos de cuidados de hijos e hijas recién nacidos y éstas se caracterizan por incluir a los hombres. En aquellas latitudes las licencias parentales pueden ser utilizadas por mujeres y hombres y son periodos de licencia más largos, al que puede optar alguno de los dos progenitores para cuidar de un recién nacido o de un(a) hijo/a pequeño/a, por lo regular son ocupadas una vez que se agotada la licencia de maternidad o de paternidad.[6]

En América Latina un paso importante lo constituyen las licencias de paternidad que varían desde 18 semanas en el caso de Chile y 16 semanas en Brasil, hasta 12 semanas en México y Argentina. Un caso interesante es la robusta política de cuidados de Uruguay que se cristaliza en un sistema de cuidados y una ley que universalizan el cuidado para toda su población, focalizada por grupos de edad y que incorpora acciones para personas cuidadoras.

A nivel de hogares se requiere una distribución de tareas distinta entre los sexos; los hombres deben integrarse a las actividades de cuidado y una gran parte quieren hacerlo, pero ven limitadas sus opciones. Otros ya están cuidado a sus padres y madres adultas mayores, sin embargo no lo asumen como una actividad sustantiva y siguen siendo vistos de manera negativa en sus centros de trabajo si piden permiso para ausentarse y colaborar en el cuidado de sus familias. Por tanto, se necesitan cambios en la cultura organizacional y las normas institucionales para garantizar que los hombres inviertan tiempo para el cuidado en las distintas etapas del ciclo de vida de sus familias y personas cercanas, liberando el tiempo de las mujeres para desarrollarse en otras esferas.

De la misma manera, las mujeres requieren tiempo para los cuidados sin descuidar sus objetivos profesionales o bien contar con tiempo para el descanso y la recreación. Una política pública debe ser capaz de ser sensible a las diferencias entre mujeres y hombres generando acciones integrales para cerrar las brechas existentes y dejar márgenes para las decisiones individuales, en un marco de derechos humanos.

Un cambio de paradigma así permitiría la reconstrucción del tejido social y nuevas relaciones sociales más incluyentes que no sesgaran a los individuos como seres productivos o seres cuidadores, sino concebir a las personas como seres integrales construyendo en conjunto, en palabras de Amaia Orozco -economista feminista-, una vida que merezca la pena ser vivida.

 

@ISBeauvoir

 

 

[1] 2015, Guerrero Albarracín, Anyela María, “Día internacional del trabajo doméstico no remunerado” disponible aquí.

[2] 2014, INEGI Encuesta Nacional sobre Uso de Tiempo.

[3] 2016, Lamas Martha “Una mejor división del trabajo implica más igualdad en la calidad de vida”

[4] 2015, INEGI, Cuenta satélite del trabajo no remunerado en los hogares

[5] 2014, Sepúlveda, Magdalena, “El imperativo de los Cuidados”, ONU-MUJERES

[6] 2011, OIT, Trabajo y Familia: Hacia nuevas formas de conciliación con corresponsabilidad social.

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