Y las feministas mataron el romance

Otra vez las mujeres alterando nuestro orden masculino, tan a gusto que estábamos, caray.

Por: Alexis Hernández  (@halexilio)

Los hombres están desconcertados, confundidos y, sobre todo, muy tristes, pues el romance ha muerto: las feministas lo mataron. Lo mataron aprovechándose de esa imparable ola de señalamientos y denuncias sobre acoso y abuso sexual que muchas mujeres han realizado recientemente tanto en lo individual como en lo colectivo. Otra vez las mujeres alterando nuestro orden masculino, tan a gusto que estábamos, caray.

Y es que nunca había estado tan presente en el debate público el tema del acoso y el abuso sexual contra las mujeres y, con ello, la necesidad de poner en el centro de la discusión algo tan elemental como el consentimiento. El movimiento del #MeToo/YoTambién, por su contexto y características tuvo una gran relevancia mediática, pero en los últimos años ya se venían observando cada vez más iniciativas denunciando casos muy específicos de acoso, abuso y violencia por parte de hombres diversos hacia mujeres diversas: mujeres estudiantes señalando a profesores, alumnos o personal de vigilancia; actrices y estudiantes de teatro denunciando a directores; activistas señalando a varones supuestamente aliados o afines al feminismo, son algunos ejemplos que muestran el hartazgo de las mujeres de haber permanecido en el silencio durante tanto tiempo.

Las feministas han iniciado una profunda y necesaria conversación sobre el acoso y el consentimiento, pero por nuestra parte los hombres no estamos debatiendo y mucho menos reflexionando sobre nuestras propias prácticas de abuso con la seriedad que amerita, nos hemos limitado a manifestar descontento y a dejar ver nuestra poca disposición para escuchar e intentar transformar las formas en las que nos relacionamos con las mujeres. Seguimos calificando a las feministas de exageradas y además las acusamos de atentar contra el romance y la seducción. Leyendo y escuchando las reacciones de muchos hombres, todo indica que nuestra molestia se centra en la dificultad para distinguir entre el coqueteo/seducción y el acoso, lo cual, desde nuestra miopía patriarcal, ocasionará que mujeres y hombres dejemos de relacionarnos para conformar parejas heterosexuales, poniendo fin a las historias épicas de amor y, a la larga, poniendo en riesgo la subsistencia de la especie humana.

Pero lo que en realidad incomoda a los hombres es que la atención va hacia las formas en las que hemos aprendido a expresar nuestra sexualidad, siendo ésta uno de los elementos con los que se evalúa nuestra masculinidad, nuestra hombría. Siguiendo a Judith Butler, la masculinidad tiene un carácter performativo, pues debemos ejecutarla reiterada y satisfactoriamente para ser reconocidos como auténticos hombres. Y como toda buena actuación, es preciso contar con un público al que le podamos demostrar no solo nuestra capacidad de ser un verdadero hombre, sino también nuestro deseo de entrar y permanecer en el club de los hombres.

La filósofa feminista Luce Irigaray explica cómo nuestras sociedades se rigen sobre una lógica falogocéntrica, basada en la supuesta superioridad del falo y a partir de la cual se construye una unidad masculina que establece relaciones de jerarquía con lo Otro, “lo femenino”. Bajo la lógica falogocéntrica los hombres desde la niñez aprendemos una sexualidad dominante, activa, supuestamente irrefrenable, basada en la competencia y la conquista y, muy importante, heterosexual y centrada en los genitales. Desde esta visión, es evidente la importancia que sigue teniendo el pene en la configuración y vivencia de la sexualidad masculina. Y no es que el pene, como las orejas, el dedo meñique del pie o cualquier otra parte del cuerpo, no deba tener importancia, lo que digo es que el asunto se pone problemático cuando el pene se constituye en un elemento de dominación y expresión de poder.

Las referencias al pene están por todos lados y de formas bien explícitas: el pene y su erección, el pene y sus dimensiones, el pene y su eyaculación, el pene y su poder para penetrar, el pene y su poder para abrir y separar, el pene y su poder para hacer sangrar y hacer gritar, el pene y su poder para someter y dominar. La centralidad del pene-penetrador opera como uno de los elementos que afirman la masculinidad, lo hombre. Y aquí entra en escena nuestra idea de conquista y posesión. Nos seguimos aferrando al mandato de que los hombres somos los sujetos activos y triunfadores en el terreno de la seducción y la sexualidad, en contraste con un actor femenino que debe ocupar un papel pasivo y dócil, a la espera de ser seducida y conquistada.

Nuestra sexualidad falogocéntrica hace que veamos a las mujeres como cuerpos dispuestos para ser invadidos, conquistados y, eventualmente, poseídos, lo cual puede llevar a que muchos hombres también vean a las mujeres como cuerpos intercambiables o desechables. Hemos construido una sociedad en la que los hombres nos sentimos con la facultad para acceder sexualmente a los cuerpos de las mujeres, ya sea en el ámbito privado o en el espacio público. Ser el sujeto activo, dominante y conquistador en términos sexuales es una expectativa social normativa que termina convirtiéndose en un mandato muy poderoso, por eso los hombres realmente llegamos a sentirnos con el deber de mostrarnos de esa forma.

El problema para los dandis nostálgicos que se aferran a esos mandatos es que las mujeres, independientemente de que se reivindiquen feministas o no, están desplazándose del papel de princesas y damitas dóciles, cuestionando los esquemas de pensamiento y alterando abiertamente las estructuras sociopolíticas a las que estábamos tan habituados. Hay que entender que las mujeres están planteando cuestiones fundamentales y urgentes en un contexto en el que el acoso sexual hacia ellas inicia desde la niñez, un contexto en el que las violaciones y los feminicidios persisten y en el que se sigue maltratando y encarcelando a las mujeres que han tenido un aborto, haya sido por decisión o espontáneo.

Las mujeres, y de manera particular las que se reivindican feministas, más que atentar contra el romance y la seducción, están planteando la urgencia de crear nuevos contratos de interacción en los que la diferencia sexual (y cualquier otra) no suponga jerarquía y en los que sea posible una sexualidad no de invasión, conquista, abuso y dominación, sino una sexualidad basada en la proximidad, el consenso y el placer mutuo. En serio me pregunto, compañeros varones, ¿acaso no podemos siquiera imaginarlo en lugar de seguir aferrándonos a esas formas que, más allá de que sean torpes o inoportunas, cada vez son más rancias? #PreguntaSeria.  

* Alexis Hernández es activista en cuestiones de género, masculinidades y acceso al aborto seguro.

 

 @ISBeauvoir

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Comentarios

  1. Román

    Otro #PorSiLaPongo