Mujeres rurales: desigualdad y defensa de la tierra

En México, las mujeres indígenas, mestizas y afrodescendientes, de las áreas rurales, representan el 29% de la fuerza laboral nacional, siendo la producción de alimentos su principal actividad. Dentro de este sector, las mujeres realizan labores no remuneradas, por ejemplo: los trabajos relacionados con el hogar y el cuidado de las personas.

Por: Paola Patiño 

Desde el 15 de octubre de 2008, en México, así como en otros países miembros de la Asamblea general de las Naciones Unidas[1] se conmemora el Día Internacional de las Mujeres Rurales, es decir, de aquellas mujeres indígenas, mestizas y afrodescendientes que habitan, junto a sus familias y comunidades los campos, bosques, selvas, y demás áreas próximas a los llamados cuerpos de agua como costas, ríos y lagos. Por siglos, habitar estos lugares ha implicado el despliegue y permanencia de modos de vida apegados a la naturaleza que en estos tiempos desarrollistas parecen casi extintos.

La conmemoración surgió entre otras cosas por la necesidad de reconocer y visibilizar la diversidad de actividades que las mujeres rurales llevan a cabo para el cuidado y sostenimiento de sus familias y comunidades, tareas que según múltiples estudios, también contribuyen al desarrollo agrícola y a la erradicación de la pobreza en el medio rural. Fue precisamente por lo anterior, que la Asamblea general de las Naciones Unidas, además de considerar de suma importancia el reconocimiento a estas mujeres, también se comprometió a impulsar y apoyar diferentes estrategias para mejorar su situación de desigualdad.

Trabajo sin pago

De acuerdo a la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de las Hogares (ENIGH), realizada por el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) en el 2016, las mujeres indígenas, mestizas y afrodescendientes habitantes de las áreas rurales, representan el 51% de la población rural total.

Según datos recabados por el Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES) en el mismo año, estas mujeres representaban el 29% de la fuerza laboral nacional, siendo la producción de alimentos una de sus principales actividades. Además, es importante mencionar que dentro del medio rural, las mujeres realizan muchas labores que no se remuneran y que ocupan gran parte de su tiempo, por ejemplo: los trabajos relacionados con el hogar y el cuidado de las personas.

El Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural (RIMISP) informó -en uno de sus trabajos sobre las juventudes rurales- que las mujeres rurales destinan en promedio 37 horas semanales a las tareas del hogar no remuneradas, mientras que los hombres destinan 8 horas semanales.

Desde una perspectiva de la historia reciente de México, diferentes estudios señalan que con el fin de instaurar las políticas neoliberales en nuestro país se promovieron diversas reformas estructurales a finales de los años ochenta y principios de los noventa, gracias a ello múltiples industrias se instalaron en los alrededores de territorios rurales y las mujeres que habitaban esas zonas comenzaron a insertarse en las industrias como mano de obra de bajo costo. Más adelante, los acelerados cambios de las actividades económicas de los territorios rurales propiciaron que las mujeres se volcaran a insertarse en el área del comercio y los servicios, situación que tuvo como correlato la disminución de su presencia en las actividades industriales y agropecuarias.

Históricamente las mujeres rurales en México han sido piezas clave no sólo para las regiones rurales sino para el desarrollo local y nacional. Sin embargo, las estadísticas nos indican que son ellas quienes a diferencia de las mujeres urbanas y de los hombres rurales y urbanos, tienen menores ingresos económicos, menos acceso a la posesión y tenencia de la tierra, escaso acceso a los servicios de salud y a la seguridad social, y una limitada participación en los diferentes espacios de toma de decisiones que tienen que ver con su entorno político, económico y social.

La defensa de la tierra y el territorio

Dentro de las últimas décadas, ha sido cada vez más notoria la participación de las mujeres rurales (indígenas, mestizas y afrodescendientes) dentro de las luchas territoriales; circunstancia que no es casualidad después de la aprobación de la reforma a la ley energética y a la ley de minas, las poblaciones rurales se han visto fuertemente impactadas tras el impulso de una gran variedad de megaproyectos dentro de sus tierras y territorios.

De acuerdo a un estudio realizado por un grupo de investigación de la Universidad Nacional Autónoma de México, de 2012 A 2017 se registraron 560 conflictos vinculados a los megaproyectos, la mayoría de ellos en territorios rurales y ocasionados por la exploración y explotación minera y petrolera, construcción de presas y carreteras, proyectos energéticos y mega-turísticos, tala ilegal de bosques, introducción de semillas transgénicas como el maíz y la soya transgénica, sólo por mencionar las actividades más recurrentes.

La entrada de este tipo de proyectos a los territorios rurales, ha implicado una serie de cambios que no precisamente han resultado positivos para las comunidades que los habitan. Dentro de estos cambios están: la contaminación de manantiales y recursos naturales en general, a partir del uso de nuevas tecnologías; la fragmentación y el despojo de territorios; los daños a la salud ocasionados por el derrame de tóxicos en el entorno; las persecuciones, asesinatos y hostigamientos a las personas que pretenden oponerse a dichos megaproyectos; el desplazamiento forzado de habitantes o de comunidades enteras; la presencia del crimen organizado dentro de la vida cotidiana, entre muchos más.

En este contexto de tremendo acoso a los territorios y a las personas que los habitan, las mujeres rurales indígenas, mestizas y afrodescendientes se han dado a la tarea de construir, junto a sus familias o junto a colectivos mixtos y/o de mujeres, una serie de estrategias para frenar megaproyectos o mitigar los daños que éstos ocasionan. Dentro de ellas se encuentran las estrategias jurídicas y políticas, como relata Isabel Monarca, rarámuri de la comunidad de Huitosachi, en el municipio de Urique, Chihuahua:Un compañero sí vendió el terreno, ahora sufre su familia porque ya no tienen donde sembrar. Enseguida de haberles pagado, les tumbaron la casa…. Nosotros seguimos luchando…, mi prima anduvo hasta Washington para dar información de todo lo que estaba pasando en la comunidad. A mí me toco ir a México, ahí nos resolvieron, ahorita ya nada más nos falta que nos den los papeles… pienso que eso está bien para nuestros hijos, para que no los molesten como a nosotros”.

Este trabajo de organización para la defensa de sus territorios se suma a sus ya múltiples responsabilidades: trabajo doméstico y de cuidados. Asimismo, el trabajo de subsistencia para el autoconsumo, que convive con prácticas productivas y modalidades de empleo instauradas en últimas décadas, todo en un mismo territorio rural.  Este, el escenario actual, nos muestra cómo las mujeres rurales a través del tiempo continúan siendo piezas clave para el sostenimiento de sus familias, comunidades, así como de la vida rural y económica del país.

*Paola Patiño es oficial de programa de Género y Derechos Económicos Sociales, Culturales y Ambientales

 

@ISBeauvoir

 

Referencia: 

[1]Órgano en el que se debaten temáticas como el cambio climático, la igualdad de género, la seguridad, además de otras de interés mundial.

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