5 retos de la paridad a 65 años del voto femenino

Cien años después, sigue existiendo la incapacidad de las mujeres para ejercer sus derechos, o su pertenencia en el espacio de lo privado. Estos estereotipos, y los que subsisten sobre ellas en el ejercicio del poder son los retos que habrá que superar para que las mujeres accedan a él.

Por: Ana Joaquina Ruíz (@ana_joaca)

Mi abuela cumplió 95 años. La primera vez que fue a votar tenía ya dos hijos y una vida adulta; durante los primeros 30 años de su vida dependía para sus decisiones de lo que su padre, y luego su marido, le dejaran hacer. Mi abuela ha sido una mujer acostumbrada a no ejercer su ciudadanía de forma plena, pues los derechos políticos y civiles de las mujeres, en México, son más jóvenes que ella.

La historia de mi abuela es la de todas las mujeres mexicanas que tienen 66 años y más, pero afortunadamente, y gracias a la batalla que muchas mujeres han dado, tanto en el espacio privado como en el público, su lugar no quedó relegado a lo privado, a lo personal. A partir de 1953, las mujeres en México somos ciudadanas con derechos, al menos en asuntos políticos y al menos en papel.

Así pues, este 17 de octubre estuvimos de manteles largos y festejamos 65 años del voto de femenino en México. Sin embargo, la reforma que nos dio “ciudadanía plena” fue la que añadió al artículo 34 constitucional la palabra “mujeres” a la condición de ciudadano mexicano (antes decía “son ciudadanos de la República, y se reformó por “son ciudadanos de la República los varones y las mujeres que…). Adolfo Ruiz Cortines fue el mandatario que envío la iniciativa aclaratoria al Congreso; vale decir que varias mujeres y hombres mexicanos ya habían interpretado que la Constitución no requería hacer explícita la palabra “mujer” para dar derechos a las mexicanas; sin embargo, se tuvo que incluir para no dejar lugar a dudas.

Las incansables mujeres mexicanas como Hermila Galindo o Elvia Carrillo Puerto habían luchado por ser ciudadanas de pleno derecho desde el Constituyente de 1917. Las razones por las que se negó el derecho al voto de la mujer en 1917 fueron:

“La actividad de la mujer no ha salido del círculo del hogar doméstico, ni sus intereses se han desvinculado de los de los miembros masculinos de la familia; no ha llegado entre nosotros a romperse la unidad de la familia, como llega a suceder con el avance de la civilización; las mujeres no sienten pues, la necesidad de participar en los asuntos públicos, como lo demuestra la falta de todo movimiento colectivo en ese sentido”.

En el espacio público pervivía, entonces, la idea de la incapacidad de las mujeres para ejercer sus derechos, o su pertenencia en el espacio de lo privado, cuestiones que, después de 100 años seguimos escuchando. Estos estereotipos, y los que subsisten sobre las mujeres en el ejercicio del poder son retos que hemos identificado como los problemas para que las mujeres accedan al poder. Para dialogar sobre este tema, en el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir hicimos un Conversatorio que llamamos: Mujeres al Poder: y después de la paridad ¿qué sigue? Algunos de los retos que logramos identificar para el acceso de las mujeres al poder los podemos enlistar:

  1. Acceso al poder: los huecos de la paridad

Si bien hemos logramos que a nivel constitucional se incluyera la paridad de género y alcanzamos una bancada de mujeres en esta legislatura al ser el primer Congreso paritario de la historia de nuestro país, sólo han existido 7 gobernadoras y ninguna presidenta en México. En esta elección, sólo 27 % de mujeres ganaron alcaldías, lo que sumadas a las alcaldesas que estaban ya ejerciendo el poder suman a 22 % de mujeres en alcaldías.

En las entidades federativas, las condiciones de acceso de las mujeres al poder son todavía precarias, por ejemplo: las remueven de los puestos para los que han sido electas, se limita el ejercicio de la voz y del poder, o tienen que luchar en sus comunidades contra el machismo y la estigmatización de género. En las entidades federativas estamos todavía trabajando por mejores condiciones en el acceso al poder, en donde incluso las instituciones limitan la participación política.

  1. Reconocimiento de las diferencias, todas las interseccionalidades

Se nos plantea la cuestión de pensar qué significa ser más que mujer en política, es decir, ser joven, indígena, afromexicana, lesbiana y/o transexual, u otra. Cuando además de la condición de género se atraviesa alguna otra, no logramos derechos políticos en plenitud. Por ejemplo, las mujeres indígenas tenían derecho a 6 diputaciones, pero sólo lograron la mitad; las mujeres afromexicanas no tienen reconocimiento constitucional y pleno de sus derechos, y a pesar de que existe un protocolo para el acceso al poder de las mujeres transexuales, ellas denuncian aún violaciones constantes a sus derechos.

Hay que reconocer que las mujeres somos diferentes, lo que plantea todo un cuestionamiento a la imagen que se ha construido de una única forma de ser mujer en política. Somos mujeres, pero también somos indígenas, jóvenes, lesbianas, transexuales o afromexicanas; ello nos implica continuar reconociendo las exclusiones de las que son sujetas las mujeres políticas. Así pues, para garantizar la representatividad en los poderes, hay que incrementar las cuotas de participación pues se trata justo de eso, de garantizar que las agendas de la diversidad sean cubiertas. A ello le sumamos la importancia en la formación de liderazgos diversos.

  1. Violencia política por razón de género

Es también uno de los grandes dilemas del acceso al poder para las mujeres. Por un lado, debemos reconocer que vivimos en un país profundamente violento, en donde mueren 7 mujeres al día. Para las mujeres políticas, la violencia es parte de esta ola, pues en el proceso electoral fallecieron 17 mujeres. Aunado a ello hubo más de 113 denuncias de casos de distintos tipos de violencias, incluida la violencia en internet, tema que ha documentado la organización “Luchadoras,” que  ha presentado recientemente un reporte de violencia digital contra las mujeres políticas. Es decir, a la violencia por la condición de mujer, se suma la violencia por ser una mujer política y estar en la lucha por el espacio público.

Las mujeres políticas se convierten en actores simbólicos que cuestionan los discursos de lo que representa ser mujer, razón por la cual son juzgadas y violentadas, no sólo en el acceso al poder, sino en su integridad física. La violencia política busca que las mujeres cuestionen su lugar en un espacio que no es tradicionalmente suyo, que se sientan ajenas y con miedo de ejercer el cargo.

  1. Vida pública y vida privada, el reto de la conciliación

Hemos identificado que debemos discutir la contradicción que surge de querer empatar la vida privada con la vida pública. ¿Cómo se equilibra la vida familiar y doméstica con el espacio público cuando no hay un sistema de cuidados? Las mujeres tienen que ocuparse, por ejemplo, del cuidado de los hijos, adultos mayores, personas con discapacidad, entre otros, aportando en este trabajo un 21 % al Producto Interno Bruto (PIB).

Sin embargo, es un trabajo no reconocido que implica que las mujeres políticas tengan que hacer malabares para empatar el espacio privado con el espacio público. Las reuniones, horarios de trabajo, viajes y requisitos de la vida pública no son compatibles, en la mayoría de las ocasiones, con la vida privada. La incursión en la vida política implica, entonces, un sistema de cuidados, así como un reparto de las responsabilidades en el cuidado, debemos hablar más de corresponsabilidad.

En el ámbito político, hemos visto a pocas mujeres enseñando su vida privada, algunas acuden con sus hijos al Poder Legislativo, pero la vida doméstica en general se esconde, ya que se pelea por el acceso al poder con los mismos códigos de los hombres. Así, las políticas enfrentan un cuestionamiento sobre sus decisiones privadas, sobre la forma en que ejercen su maternidad, y se les cuestiona el ingreso al espacio de hombres con responsabilidades “de mujeres”. Es decir, cuando las mujeres acceden al poder, se cuestiona (como en 1917) su capacidad para salir del espacio doméstico y ocupar posiciones de poder.

Cuando el trabajo de cuidados se pone sobre la mesa en el caso de  las mujeres políticas, llegamos a la finura del traslado de los cuidados al espacio de los partidos políticos. En dichas organizaciones, son las mujeres las que se encargan de planear las reuniones, de la gestión social, de organizar foros y mítines, e incluso de colocar el café para que inicien las reuniones. Pero se cuestiona su pertenencia a los espacios de ejercicio del liderazgo y el reparto equitativo del poder.

  1. Superar los estereotipos de género

Las mujeres son duramente juzgadas por no poseer atributos ligados a lo que se considera femenino. Como en 1917, se menciona aún en el discurso que las mujeres se deben limitar al ámbito del hogar o el trabajo doméstico; por tanto, deben continuar luchando por su inclusión en el espacio de lo público. El costo para ellas es alto y no lo estamos ni nombrando ni reconociendo.

La buena noticia es que hoy día hay la suficiente masa crítica de mujeres como para seguir impulsando la participación política. Como se vio reflejado en el caso de las alcaldesas que se hicieron renunciar en Chiapas, la autoridad electoral empujó que se cumpliera la ley y no se les hiciera renunciar. O como se ha visto con mujeres que siguen peleando posiciones de poder aún cuando esto tiene un alto costo personal, profesional, o hacia su vida.

En el caso de las mujeres en política, como para todas nosotras, lo personal implica al espacio de lo público. Lo personal se vuelve político porque las mujeres han tenido que ajustarse a los códigos y símbolos de un poder principalmente masculino. Lo que sigue de la paridad es la transformación del espacio público, particularmente para que sea un espacio incluyente, representativo de la diversidad y que atienda a las desigualdades. En cuanto las mujeres estén más en el espacio público, podrán ir transformando la estructura de poder y, quizás un día, las desigualdades sean menores y logremos hacer un espacio político más corresponsable, con empate entre la vida familiar y laboral, y que busca la generación de derechos.

 

* Ana Joaquina Ruíz es Coordinadora de Innovación Social y Participación Ciudadana.

 

@ISBeauvoir

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