Reflexión en torno a la diversidad y la disidencia

No existe una única idea de “Diversidad” ni una única idea de “Disidencia” y cada cual en su interior alberga una multiplicidad de sujetos y demandas imposibles de pensar sin antes haber evaluado su contexto.

Por: Victoria López Rosete

Leticia Sabsay remarca la necesidad de agudizar críticamente la mirada sobre aquellos sistemas democráticos que se autodenominan “inclusivos de la diversidad”, ya que tras ese receptáculo cuasiilimitado se están gestando esencialismos de lo diferente respecto a lo propio, discursos protolerancia y nuevas políticas de control —las cuales, dicho sea de paso, han ido proliferando en formas perversas que fomentan la libertad de elección, la búsqueda de la felicidad y una economía del deseo.

En este problemático contexto, la diversidad sexual contenida en el acrónimo “LGBTTTI” alude, muchas veces, a la búsqueda de su inclusión al interior del modelo heterenormativo y a la institucionalización de sus demandas, más que a la constitución de un agente político. El modelo al que me refiero es un dispositivo que continúa reforzando el tráfico y la explotación de mujeres, la heterosexualidad y la monogamia obligatorias, la competencia entre mujeres, el sexismo, la naturalización y la coherencia entre sexos/géneros/sexualidades/prácticas sexuales/deseos; en suma, es un movimiento generado desde lo que Judith Butler denomina matriz heterosexual.

Esta expresión está basada en las ideas de heterosexualidad obligatoria de Adrienne Rich y de contrato heterosexual de Monique Wittig, y Butler la utiliza para referirse a la rejilla de inteligibilidad cultural a través de la cual se establecen, y se naturalizan, relaciones coherentes y continuas entre sexo, género, práctica sexual y deseo. El resultado de esto son cuerpos producidos y normados en función de la coordenada en la que se localizan dentro de esta matriz. El orden de los cuerpos y su comportamiento, finalmente, obedece a un conjunto de prácticas obligatoriamente heterosexuales.

Ahora bien, de cara a este discurso, tenemos, por su parte, a la llamada disidencia sexual, la cual, en términos generales, busca, mediante distintos procesos de subversión, alterar la coherencia heteronormativa que los movimientos que pugnan por la diversidad sexual, como antes mencioné, continúan replicando.

Obviamente, con esta breve reflexión no pretendo establecer una dicotomía moral en donde se tilde de “buenos” a los movimientos que se reivindican desde la disidencia y de “malos” a los que se reivindican desde la diversidad. No existe una única idea de “Diversidad” ni una única idea de “Disidencia” y cada cual en su interior alberga una multiplicidad de sujetos y demandas imposibles de pensar sin antes haber evaluado su contexto. En el último de los casos, adscribirse a uno u otro discurso puede tener efectos adversos, si éste no cuestiona su realidad histórica y sus propios límites. En ese sentido celebro que desde sus inicios el Laboratorio Nacional Diversidades se considere a sí mismo como un ensayo, como un laboratorio de prueba-error, y, a su vez, que sea consciente de que llevar en su nombre la palabra “Diversidades”, encierra en sí mismo una enorme complejidad.

Sobre la disidencia sexual hay mucho que decir; sin embargo, el punto que más me interesa resaltar es que ésta además de constituirse como un discurso crítico, es también una praxis, o, mejor dicho, un conjunto de praxis. Dentro de ellas se encuentran las rebeldías lésbicas, nombre que este movimiento adquirió el 13 de octubre del 2007 durante el VII Encuentro Lésbico Feminista de América Latina y el Caribe y que a partir de esa fecha se celebra año con año. Esta conmemoración busca visibilizar un movimiento que politiza la existencia lesbiana en un contexto latinoamericano de misoginia y feminicidio.

Desde el lugar en el que yo me sitúo, como mujer latinoamericana, lesbiana y feminista, me sumo a la idea de que, desde sus bases, la voluntad de distanciamiento de la disidencia —en este caso, lésbica— no debe nunca omitir el campo de los afectos como lugar de la subversión. Se trata, entonces, de que la construcción de relaciones entre mujeres desdibuje el carácter romántico de los afectos y las afinidades, y pondere su potencia política. No hay mejores palabras para describir esta urgencia que las de la poeta mexicana, también lesbiana y feminista, Artemisa Téllez, cuando afirma que “la última subversión [consiste en] amar a las mujeres en un mundo que las odia”.

 

@LNDiversidades

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