Lo político de lo lúdico

Este es un texto acerca de lo que aprendí bailando, de lo que me enseñó Garibaldi a las tres de la madrugada, de lo que comprendí al corear un “¡Qué perra!, ¡Qué perra!, ¡Qué perra mi amiga!”.

Por: Siobhan Guerrero Mc Manus

Pasé diez años enclaustrada en la universidad, leyendo sobre género, feminismo y diversidad sexual. Trataba de entender cómo funcionaba el género –qué era esa cosa llamada “género”–, cómo operaba la discriminación y qué tan globales y transculturales, o tan contingentes y específicas, eran las identidades sexo-genéricas. Creía tener respuestas pero no había puesto atención.

Filósofa como soy, no había puesto atención a los detalles, a los cuerpos, a los espacios que venían mencionados en los libros; me había enfocado en lenguajes, en estructuras de poder y en actos performativos. Había tomado como meros ejemplos a esos casos de estudio reseñados, como meras ilustraciones de una abstracción teórica que había que comprender en sí misma; para mí eso era el género. Me faltaba barrio, como me dijo alguna vez Begonia, drag queen mexicana y madre de House of Jotas.

Un día, por azares del destino, me encontré un meme circulando en Facebook anunciando un evento de Vogue, un baile urbano inmortalizado e hipersubsumido ante la lógica del espectáculo y el gran capital gracias a la canción homónima de Madonna. Primero pensé en la emblemática película de Paris is burning y luego en Bodies that matter, de Judith Butler. Acudí esperando comprender mejor a la teoría. Pero esto no pasó.

No pasó porque no aprendí de teoría, pero sí aprendí algo. Por eso este texto no habla de nada de eso que discutimos en la academia. Este es un texto acerca de lo que aprendí bailando, de lo que me enseñó Garibaldi a las tres de la madrugada, de lo que comprendí al corear un “¡Qué perra!, ¡Qué perra!, ¡Qué perra mi amiga!”. Esto es una recolección breve de vivencias, de la sorpresa que generó en mí ver por primera vez una batalla entre dos vogueras –Zebra y Pikachú– y verme cautivada por una magia que me fundió afectivamente en una masa celebratoria. Una recolección, asimismo, de ese año en que me atreví a explorar el drag, el año en que fui Eva Diva.

Aprendí que la diversidad sexual no es una sopa de letras ni es una colección de términos, otrora médicos y ahora políticos. Aprendí que hay mucho más que el nombrarse cuando nos adscribimos a cierta identidad. Aprendí que el deseo suele ser viscoso y colectivo, entretejiendo cuerpos que comparten placeres, risas y bufes. Aprendí que la diversidad es un conjunto de cuerpos, gozosos y celebratorios, con historias no siempre tan gozosas y celebratorias.

Comprendí, por ejemplo, la ansiedad que genera esa mirada, casi siempre masculina, que te sigue por las noches sólo porque traes minifalda. Que te juzga sexualmente disponible sólo porque llevas botas altas. Y que te deja fría, expuesta y vulnerable a pesar de que midas, con todo y tacones, básicamente dos metros.

Aprendí que hay veces en las cuales las identidades no importan. Y que esa mirada violenta no distingue entre aquella que se nombra mujer –cis o trans– y aquella otra, quizás no binaria, quizás solamente travesti; todas ellas, todas nosotras, somos colapsadas cuando vamos de noche, en un cuerpo que, sin importar como se nombre, se vuelve de pronto algo más vulnerable.

Aprendí de las turbulencias, de las fricciones, que se experimentan al salir a ese gran espacio público que a todos, todas y todes nos espera siendo siempre heterosexuales y cisgénero pero, sobre todo, indistinguibles del otro. Turbulencias y fricciones que se gestan cuando una dragqueen transita una calle, cuando una mujer trans anda por un bulevar o cuando una voguera baila en modo femenino con un cuerpo masculino.

De forma algo más optimista, la primera vez que me atreví a poner un pie en una clase de baile –de Vogue– me di cuenta de lo corpóreo del género. Me sorprendieron las enormes inercias, académicas, sedentarias y otrora masculinas que este cuerpo de mujer trans acarrea consigo; me sentí –y aún me siento–, tiesa, lineal y lenta, emulación quizás de mi seriedad académica. Encontré una relación con el cuerpo que no sabía posible y, mientras ello ocurría, comprendí por qué el género se vuelve carne.

Aprendí, asimismo, del placer que implica una pasarela, del poder que conlleva andar en tacones, bella y excelsa, altiva casi altanera, y del deseo que se enciende con esos pasos de fuego que engendran miradas que, por una vez, no significan objetivación y fetichismo sino la celebración del género que se resquebraja cuando un cuerpo expresa una imagen, una sensualidad, que la calle no le otorga.

Finalmente, de la mano de la gran emérita de Garibaldi, la Honoris Causa del drag, la profesora Paris Bang Bang, entendí lo que es una subcultura, una contracultura. Entendí finalmente la creación de lenguajes, de idiolectos, cuyos códigos cohesionan comunidades, identidades y sujetos plurales. Del “¡qué perra!” al “¡qué heraclia!” comprendí lo que es un slang, un modo de habla, con sus códigos que crean comunidad, que celebran cuando parece que no, que denostan cuando no sabes qué te están diciendo. Comprendí que “echar sombra” es algo que no sólo llevan a cabo las plantas sino también las zebras –así, escritas con z– porque aquí ya no se trata y no se habla de la obstrucción de la luz causada por un cuerpo opaco o translúcido sino del juego de palabras que transluce una burla, una respuesta que es, en todo caso, la restauración de la dignidad.

El drag y el vogue me enseñaron lo que quiere decir cultura. Cultura como ese acto de cultivarse en un ambiente del cual nos vamos volviendo parte. Irte apropiando, por tanto, de ese nicho, de ese espacio; irlo celebrando como propio.

Las diversidades sexo-genéricas son esa contingencia callejera, siempre casuística, de cuerpos unidos por nombres pero también por afectos viscosos y colectivos, por corporalidades que transgreden celebrando sus vidas, gozando incluso si la calle y las miradas las observan vejatorias.

Post-scriptum.

Predicción: La Carrera la ganará La Madama. En el NAAFI House of Drag arrasará.

 

@LNDiversidades

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