Sujeto del deseo

El caso de las personas que deciden cambiar de sexo o de género, es el ejemplo más notable de una crisis identitaria que nos atraviesa a todos en tanto que seres hablantes. No somos eso que nos han dicho que somos, no es que seamos mejores o peores, es solo que en el fondo, siempre existe la posibilidad de ser algo más. El nombre que se le ha asignado a un cuerpo, es solo el inicio de una serie de atributos que hemos de cultivar.

Si, (como el griego afirma en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo
.

J.L. Borges, El Golem

Porque soñé que Siobhan me enseñaba a bordar

Por Luisa Fernández-Apan.

Los textos no se hacen solos. Los documentos con fecha de entrega o incluso sin ella, dependen de un sujeto capaz de sentarse a escribirlos. Parece una obviedad y sin embargo no lo es. La tierra es de quien la trabaja, declaraba la máxima zapatista, luego, algunas mujeres nos apropiamos de ella y convenimos en que también el orgasmo es de quien lo trabaja. Tenemos el texto, el territorio y el cuerpo con el trabajo como punto de encuentro.

El trabajo, decía Marx, es la posibilidad de la transformación de la naturaleza. En su seminario sobre Hegel, Kojeve[1] decía que ese trabajo estaba hecho de palabras, que se trataba de ordenar un discurso capaz de transformar lo natural, lo dado, en otra cosa mediante el símbolo. Se trataba entonces de poner objetos en el mundo y relacionarlos con otros objetos hasta crear otra realidad. Lo natural se considera desde este punto de vista, como un estado primordial que no ha sido transformado por la acción simbólica.

Nosotras las mujeres, nosotras las hablantes, hemos sido nombradas y reconocidas de manera diferencial por otros desde el principio de nuestros tiempos. Alguien me nombró y me llamó Luisa y me dotó de una humanidad nueva cuando sólo había algo, una cosa. Alguien dijo, “es niña”, alguien dijo “llora porque tiene hambre o porque tiene frío”. Esa palabra del otro sobre mí en aquel entonces condicionó y estableció una red de atributos cuya determinación sobre mis elecciones, todavía desconozco.

Fuimos nombrados, se dijo de mí que era niña y se me diferenció de un niño. Mi madre decía de mí cosas que algunas veces, cuando no sé quién soy, me da por creer. Pero no solo mi madre me ha nombrado, porque también está la palabra de mis amantes, la de mis amigos y también la de mis enemigos. En ese mundo de atributos y palabras me he perdido muchas veces. Todos los seres hablantes nos hemos perdido alguna vez en las palabras que nos dice el otro sobre aquello que creemos ser.

Conócete a ti mismo decía el oráculo en Delfos. Luego algunos filósofos[2] y artistas nos ayudarían a pensarlo de nuevo: conocerse a sí mismo era más precisamente, pensar nuestras preguntas, ya que en el mundo humano lo que prima es la interpretación y por lo tanto, el error. Tal vez hubo un error en la grafía, dice Borges en su poema. Una palabra en vez de otra, un adjetivo en vez de otro, configuran el modo en que percibimos al otrx o a nosotrxs mismxs. A menudo una confunde el sueño con el enojo, el enfado con el calor y la sed con las ganas de matarse. Y es que no hay una palabra capaz de nombrar a cabalidad lo que somos, lo que sentimos, lo que nuestro cuerpo es.

No hay entonces en el nombre en sí, nada de naturaleza. Conozco a mucha gente que se llama como yo y no se parece a mí. Parece entonces que el nombre propio, como la tierra, también es de quien lo trabaja. La posibilidad de apropiarse de un nombre que se parezca a lo que uno cree de sí, está en el centro de la cuestión. El caso de las personas que deciden cambiar de sexo o de género, es el ejemplo más notable de una crisis identitaria que nos atraviesa a todos en tanto que seres hablantes. No somos eso que nos han dicho que somos, no es que seamos mejores o peores, es solo que en el fondo, siempre existe la posibilidad de ser algo más. El nombre que se le ha asignado a un cuerpo, es solo el inicio de una serie de atributos que hemos de cultivar.

Alicia por ejemplo, en la novela de Lewis Caroll[3], se la pasa cambiando y preguntándose quién es. El cuerpo de Alicia es otro continuamente, se hace más grande de lo que era pero a la vez más pequeño de lo que fue. Dado que no hay una palabra que fije esa condición de cambio, el filósofo Gilles Deleuze[4] propone nombrarla devenir. Hablamos de una identidad infinita en la que el pasado y el presente, lo vivido y el porvenir ocurren y fluctúan relacionados. Se trata de un devenir cuya propiedad es esquivar el presente, escribe el filósofo.

Por presente entendemos también el tiempo verbal en el que una puede afirmar algo de sí. Ese escape del presente es una de las propiedades más fascinantes de la condición humana. Muchos escritores y artistas no han intentado otra cosa que capturar ese instante justo en que la acción se desarrolla, con el fin de fijarlo para la posteridad. Decir Yo soy pide, además de la enunciación, un sujeto que soporte esa palabra, un cuerpo cuyo corazón late mientras dice su nombre. Así, la condición de género, etnia o clase, no funcionan si no hay un cuerpo que las encarne.

Y aquí volvemos al punto de inicio. Si el nombre es de quien lo trabaja y el trabajo es desnaturalizante ¿quién puede nombrarnos? ¿quién es competente para certificar que esa que una a llegado a ser es una y no otra? El problema de que una palabra designe una cosa y se corresponda idénticamente a lo largo del tiempo, ya está en el Crátilo[5]. Las tesis de Hermógenes y Crátilo prefiguran la discusión: es el nombre un continente en sí mismo de la cosa, o se trata de un efecto derivado de la convención y la costumbre.

Borges ubica el problema en El Golem y nos hace ver perfectamente el conflicto de las palabras y lo que ellas designan. Esto no es menor cuando nos preguntamos cómo es que ese nombre llegó a constituirse como único. Decimos México y creemos saber a qué nos referimos, pero basta un poco de conversación para darnos cuenta de que ni siquiera en este caso, nos referimos a la misma cosa.

En el caso del nombre propio, el asunto es todavía más complicado. Decimos Adriana o Siobhan o Lucía o Toño y no sabemos automáticamente a quién nos referimos, a menos que tengamos otros datos como por ejemplo, que esa serie de nombres refiere a algunas de las integrantes del Laboratorio. Y aquí otra cosa curiosa: sabemos en qué trabajan pero ¿sabemos quiénes son? O todavía más lejos: ¿saben ellas quiénes son?

A menudo la pregunta por el ser puede llevar al nervioso investigador a refugiarse en esencialismos o construcciones inestables. Generalizaciones como que estamos hechos a imagen y semejanza de un dios; o que somos sapiens, o que somos buenos por naturaleza, no acaban de definir nuestro lugar en el mundo ¿Existirá entonces algún modo de nombrar aquello que deviene?

Se ha intentado definir a una persona por su etnia, por su género, por su clase y hasta por su estado civil, por ejemplo decir que alguien es viuda. El atributo viuda sin embargo, no alcanza a dar cuenta de la trayectoria de esa mujer. Lo imposible radica en la definición de una identidad permanente, porque cuando se habla de la vida, del cuerpo o del placer, existen tantas condiciones y tantas formas como somos capaces de inventarnos en presencia de otro.

Los nombres mutan como mutan los cuerpos. El cambio o elección de nombre no es un problema de traducción, sino de transposición; para el sujeto es crucial tener la posibilidad de mudar su nombre de un cuerpo a otro que le ajuste mejor, y es esa transposición del nombre lo que causa tejidos singulares. Según dice Sócrates en el Crátilo, un nombre se parece más a un tejido: es preciso un artesano que pueda trabajarlo y darle un lugar, así como un tercero que lo certifique. ¿Y si cambiamos certificar por acompañar?

A pesar de las diferencias, tenemos el deseo como horizonte en común. Alguien nos nombró y le dio un sentido a nuestras necesidades de mamíferos desvalidos. Luego, cuando crecimos nos dimos cuenta de que queríamos otra cosa y muy probablemente en un tiempo llegaremos a querer otra. No hay entonces una palabra única capaz de consignar exactamente lo que somos o el modo en que nos definimos, y es por ello que nos mantenemos deseantes. Esa condición entraña en sí misma un cambio y un paso a otra cosa.

La imposibilidad de nombrarnos a cabalidad nos revela entonces un problema interesante: por qué el acceso a una vida digna depende de algo tan cambiante como puede llegar a ser el nombre propio. La Institución designa y ordena los cuerpos, los numera y enlista para ejercer sobre ellos diversos poderes y dominios. Institución y deseo parecen incompatibles. Por ejemplo, es para el Estado que una debe ser algo fijo si quiere gozar de ciertos derechos, una debe ser capaz de llenar un formulario eligiendo claramente alguna de las dos opciones: mujer u hombre.

Sin embargo algo falla en esta lógica dual y excluyente porque es un hecho que no somos los mismos a lo largo de nuestra vida. Por ejemplo, no nos sirve un sistema educativo que excluye a unx niñx con ambigüedad genital[6] a quien sus padres no pudieron tramitarle un acta de nacimiento que certificara su sexo. La discriminación de la Institución radica en la exigencia de que todos los cuerpos correspondan únicamente a uno de dos géneros para acceder a un derecho que de suyo es inalienable. Se nos exige ser los mismos, vivir siempre en el mismo cuerpo y en el mismo nombre. Lo trans nos hace ver con claridad que en el momento en que el concepto de identidad estalla, los derechos de ese sujeto se ven amenazados.

Nadie debería perder sus derechos ni sus credenciales en la búsqueda de sí mismo, pero para las instituciones no basta el deseo como identidad; no basta el trabajo del nombre propio ni la construcción singular de cada persona. Algo falla en un Estado que es incapaz de asegurarnos el acceso a derechos a todxs por igual y sin condición. Algo no funciona bien y no somos nosotros en tanto sujetos cambiantes, no son nuestros cuerpos vivos, ni es nuestro deseo.

[1] Kojeve, A. (1933) La Idea de la muerte en Hegel. Buenos Aires: Leviatán, 2010

http://www.bibliopsi.org/docs/carreras/electivas/ECFG/Psicoanalisis-Escuela-Francesa-Rabinovich/kojeve%20-%20la%20idea%20de%20la%20muerte%20en%20hegel.pdf

[2] Puede verse Foucault, M. (1982) Hermenéutica del sujeto México: Fondo de Cultura Económica, 2002

https://seminarioatap.files.wordpress.com/2013/02/foucault-michel-hermeneutica-del-sujeto.pdf

[3] Carroll, L. (1865) Alicia en el país de las maravillas

https://www.ucm.es/data/cont/docs/119-2014-02-19-Carroll.AliciaEnElPaisDeLasMaravillas.pdf

[4] Deleuze, G. (2005) La lógica del sentido España: Paidós

http://www.uruguaypiensa.org.uy/imgnoticias/588.pdf

[5] CRÁTILO 388c en PLATÓN – Diálogos, II. Gorgias; Menéxeno; Eutidemo; Menón; Crátilo. Madrid: Gredos, 1983-1987.

https://empezandoafilosofar.files.wordpress.com/2017/05/dialogos-de-platon_ii-1.pdf

[6] Puede verse un fragmento de entrevista con la madre de Javier en esta dirección https://www.youtube.com/watch?v=sJqzdj-JqHw&t=14s

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