La violencia silenciosa hacia la intersexualidad

Nuestra sociedad narcisista ha estado tan ensimismada en “lo igual”, en aquello considerado “normal”, que se ha vuelto resistente a la voz de todo aquello no-igual.

Por: Miriam Padilla García

Una mujer muda, una mujer negra y con sobrepeso, un hombre anciano y homosexual, y un pez, son algunos de los principales personajes de La forma del agua”, la reciente película del director mexicano Guillermo del Toro. Cada una de estas personas (incluyendo al pez)[1], simboliza la transgresión de un orden social establecido, el orden de “la normalidad”. Todas aquellas vidas que de una u otra forma transgreden dicho orden sufren distintas formas de violencia.

Un elemento cardinal de esta dictadura de “lo normal” es el imperativo de la congruencia entre sexo/género/deseo/prácticas sexuales. De este modo, nos quedamos ante dos únicas posibilidades para habitar este mundo: se es hombre o se es mujer, con sus adheridos deseos y prácticas establecidas. Como si esta congruencia no fuera suficiente, la dictadura también se inmiscuye en el interior y en el exterior de los cuerpos. Debemos tener cuerpos en los que nuestros cromosomas, gónadas, hormonas y genitales conformen una unidad “lógica”.

Todos aquellos cuerpos cuyas características sexuales no cumplen con esta expectativa de unidad congruente resultan entonces ilegibles y quedan fuera del campo de la representación social. Como la apariencia es substancia para la sociedad que habitamos, aquellos genitales que presentan variantes anatómicas en relación con “lo típico” suelen ser sometidos a cirugías cosméticas que pretenden ajustar los cuerpos al orden de “la normalidad”. Estas intervenciones se realizan usualmente en la temprana infancia, antes de que el sujeto tenga voz para decirnos lo que desea para su vida. O si ya tiene voz, no es frecuente que haya escucha que posibilite su surgimiento. El filósofo coreano Byung-Chul Han (2017) llama “el violento poder de lo igual” a aquella proliferación de lo igual que expulsa lo distinto, o más aún, que es ciega y sorda a todo aquello que no es igual.

Cuando nace un ser humano (con variantes genitales o no), las decisiones que se tomen con relación a su salud y su bienestar deben guiarse por el principio ético del mejor interés. Este principio nos obliga a seguir aquel curso de acción que conlleve el mayor beneficio neto para el individuo (Buchanan y Brock, 2009, p.133). En los años cincuenta se empezó a considerar que las genitoplastías[2] eran las intervenciones que conllevaban dicho beneficio para los bebés con variantes anatómicas genitales. Se suponía que al hacer típico lo atípico mediante cirugía se aminoraban los riesgos (sociales, psicológicos y familiares) que se creían asociados al hecho de ser intersexual[3].

La necesidad de tener que suponer sobre la vida de otros pone en evidencia que llevábamos ya mucho tiempo sin escuchar a las personas intersexuales, sin prestar atención a lo que tuvieran que decir sobre sus necesidades para vivir bien. Como su alteridad ha estado nulificada, históricamente se ha pensado en el bienestar de los individuos intersexuales con parámetros de lo deseable o lo necesario para una buena calidad de vida provenientes de la mayoría no intersexual. De acuerdo con Byung-Chul Han (2017), “la sobrecarga narcisista que caracteriza centrarse en sí mismo nos vuelve sordos y ciegos para el otro” (p.84). Nuestra sociedad narcisista ha estado tan ensimismada en “lo igual”, en aquello considerado “normal”, que se ha vuelto resistente a la voz de todo aquello no-igual.

Escuchamos, como dice Han, porque nos preocupa el otro (2017, p.116). El principio ético del mejor interés lleva implícita esa preocupación: debemos decidir aquello que procure el mayor bienestar de un otro. Sin embargo, una característica que ha imperado en la historia de la intersexualidad ha sido la traición del otro por nuestros prejuicios, el protagonismo de un yo frente a un tú que se desvanece y se niega: yo sé lo que tú necesitas para vivir mejor, tú no.

A pesar de que han pasado más de 60 años desde que las cirugías tempranas de asignación sexual comenzaron a realizarse, en la actualidad no tenemos conocimiento suficiente sobre cómo es ser intersexual en México ni cuáles son los efectos de las intervenciones quirúrgicas tempranas en la vida de las personas. Y a pesar de esta escasez abrumadora de conocimiento, las genitoplastías tempranas se siguen realizando en nuestro país y en otras partes del mundo. Siendo esto así, está claro que persistimos en la no escucha, seguimos sin prestar atención, suponiendo sobre la vida de otros en lugar de guardar silencio y escuchar.

Byung-Chul Han dice que “en el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará oyente. A cambio de pago, el oyente escuchará al otro atendiendo a lo que dice. Acudiremos al oyente porque, aparte de él, apenas quedará nadie más que nos escuche” (2017, p.113).  Si no escuchamos, ¿cómo tomar decisiones por otros cuando ellos aún no pueden decidir por sí mismos?, ¿cómo pretendemos tomar decisiones subrogadas basadas en el principio ético del mejor interés si no puedo “afirmar al otro en su alteridad” (Han, 2017, p.113)?

Afortunadamente, se están generando las condiciones sociales e históricas necesarias para posibilitar que las voces de las personas intersexuales comiencen a surgir y a ser escuchadas. Conocer sus historias nos ayudará a comprender y a dilucidar cómo contribuir a su bienestar y al de sus familias. Adquirir este conocimiento sobre la vida de las personas intersexuales también resulta necesario para responder mejor a las generaciones futuras, es decir, para responder de tal manera que hagamos menos daño y generemos el mayor beneficio posible: el fin último del principio ético del mejor interés.

En una sociedad de rampante sordera, escuchar es un acto subversivo. Si todos nos escucháramos más y mejor, atentaríamos contra el sexismo, el racismo, la homofobia, la xenofobia, el especismo, en fin, contra cualquier tipo de discriminación y violencia. La sociedad del futuro, dice Byung- Chul Han, “podría llamarse una sociedad de los oyentes y de los que atienden” (2017, p.123). Practiquemos entonces el ser todo oídos sin la molesta boca, como dice él. Demos paso al silencio. Escuchemos.

 

@LNDiversidades

 

Referencias

Buchanan, A. E., y Brock, D.W. (2009). Decidir por otros: Ética de la toma de decisiones subrogada. México: Universidad Nacional Autónoma de México/Fondo de Cultura Económica.

Han, B. (2017). La expulsión de lo distinto. Barcelona: Herder.

Hutson, J. M., Warne G. L., y Grover, S. R. (2012). Short-, medium- and long-term outcomes following surgery for disorders of sex development (DSD) at Royal Children´s Hospital. En J. M.  Hutson,  G. L. Warne and S. R. Grover (Eds.), Disorders of sex development: An integrated approach to management. Verlag Berlin Heidelberg: Springer. Doi: 10.1007/978-3-642-22964-0.

Laura Inter. (2015). Recuperado de aquí. (Consultado el 29 de enero del 2018).

Singer, P. (2009). Ética práctica. Madrid: Akal.

Wisniewski, A. B., Chernausek, S. D., y Kropp, B. P. (2012). Disorders of sex development: A guide for parents and physicians [Versión electrónica]. Baltimore: The Johns Hopkins University Press.

[1] De acuerdo con Peter Singer, el pez de la película sería también una persona. Para Singer, una persona es todo ser racional con conciencia propia, consciente de ser una entidad diferenciada con pasado y futuro (Singer, 2009, p.118).

[2] Las genitoplastías son intervenciones quirúrgicas que pretenden hacer que los genitales externos con variantes anatómicas luzcan como típicamente masculinos o femeninos. Hay genitoplastías feminizantes y masculinizantes (Hutson, 2012, capítulo17; Wisniewski, Chernausek, y Kropp, 2012, posición 885).

[3] “Intersexualidad es un término que en general se utiliza para una variedad de situaciones del cuerpo, en las cuales, una persona nace con una anatomía reproductiva o sexual (genitales, gónadas, niveles hormonales, patrones cromosómicos) que no parece encajar en las definiciones típicas de masculino o femenino” (Laura Inter, 2015).

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