Abrazar la diferencia

Hablar de “diversidad” está de moda, pero la realidad es que no podemos convivir con ella. Porque en el fondo hacemos todo por homologar las actitudes, los comportamientos, las estéticas y los pensamientos de quienes nos rodean.

Por: Mariana Berlanga

Ser diferente no es fácil. Hay que estar dispuesta a pasar tragos muy amargos si es que decidimos salirnos del molde. Hay que ser fuerte. Hay que saber aguantar. Hay que tener estómago.

Puede ser que con el tiempo, esa carga se aligere. Puede ser que hasta nos ganemos el respeto de nuestros seres queridos. Pero es un hecho que siempre vamos a tener puesta la etiqueta de “raras”. Y que esa frontera entre nosotras y el resto del mundo estará ahí, como una grieta que de tan cotidiana pasa desapercibida.

Tal vez ignoremos esa línea divisoria por momentos, o nos duela tanto verla, que tendamos a pensar que desapareció. Pero su trazo (sutil o evidente) estará ahí para recordarnos nuestra singularidad, nuestra separación. Ser diferente es asumir el lugar del señalamiento, del chiste y, en los peores casos, del castigo. Es así y quienes hemos decidido jugárnosla, lo sabemos.

Hablar de “diversidad” está de moda, pero la realidad es que no podemos convivir con ella. Porque en el fondo -y hablo también de nosotrxs, aquellxs que nos consideramos políticamente correctxs- hacemos todo por homologar las actitudes, los comportamientos, las estéticas y los pensamientos de quienes nos rodean.

En lo personal, hace tiempo que no sentía en la epidermis ese frío que nos recorre cuando nos bombardean incesantemente con preguntas o comentarios sobre nuestra forma de ser o de vivir. Consideraba que, a mis 44 años, ya había roto todas las reglas posibles (al ser una mujer soltera, sin hijos, feminista, con una vida bisexual). Incluso, llegué a sentir que había aprendido a lidiar “bien” con mi ser diferente. Pero no, el afán disciplinador de nuestra sociedad es tan compulsivo, que se manifiesta en todas las dimensiones. Incluso en aquellas donde una consideraría que no hay normas (interesantes) que romper.

De un tiempo a la fecha he venido modificando mi alimentación. Pero en el último mes lo he hecho de manera radical: sin carne animal, sin lácteos ni derivados, sin gluten. Puede decirse que de un mes para acá soy 100 por ciento vegana. De hecho, soy algo peor que vegana. Privilegio los alimentos crudos y evito los irritantes. Mis razones no viene al caso discutirlas ahora. Traigo esta decisión de vida a cuento porque ese pequeño cambio (que según yo, no le tendría que afectar a nadie) ha suscitado las reacciones más increíbles.

En estos días,he tenido que escuchar todo tipo de opiniones sobre mi forma de comer. Comentarios que van desde: “¿Y entonces qué puedes comer?”, pasando por “te vas a enfermar”, “el cuerpo necesita carne”, hasta “ser vegano es muy caro” o “las personas veganas son responsables de los peores daños ecológicos . ¿Lo dicen en serio? Durante varios años de mi juventud fui adicta a la Coca-Cola y no recuerdo haber escuchado tantos cuestionamientos. Ahora nadie me pregunta cómo me siento con mi nueva alimentación, aunque los beneficios sean tan evidentes.

No hay nada más íntimo que el acto de comer. Todos nuestros sentidos entran en juego a la hora de llevarnos un bocado a la boca. El deseo casi siempre entra por los ojos, pues los colores y las formas invitan, seducen. Pero el olor, sin duda, es determinante. Los aromas de un platillo son capaces de despertar el más feroz de los apetitos. Tocar los alimentos: primero -con la mano o con los labios- para después degustarlo, es una experiencia comparable al beso, pero más profunda todavía. Porque la comida no sólo entra en nuestro organismo, sino que se vuelve parte de nosotrxs. La ingerimos, le exprimimos los nutrientes y la desechamos.

Cada cuerpo tiene sus requerimientos, sus fobias, sus dificultades. En ese sentido, ¿a quién se le ocurriría pensar que todas las personas tengamos que comer lo mismo? ¿Por qué nos convertimos en traidoras las personas que decidimos alimentarnos “conscientemente”? La única explicación que se me ocurre es: “porque no soportamos lo diferente”. Porque desde el momento en que alguien decide qué comer y qué no, queda fuera de la convención, del rito protocolario de sentarse a la mesa. Una vez más, se delimita una frontera entre esas personas que “deciden” y el resto.

Mi reflexión es la siguiente: decimos que queremos una sociedad diversa, pero no soportamos que alguien opine, haga, piense distinto. Sucede hasta en el interior de nuestros propios feminismos. Nos ha costado demasiado romper con ciertas reglas, que encontrarnos con otras personas que lo han hecho ha resultado un remanso de alegría incomparable. Tanto, que nuestra manera de cuidar de ese lugar tan preciado termina por ser casi tan vigilante como el propio mundo excluyente al que algún día decidimos renunciar.

Desde mi punto de vista, el problema comienza cuando buscamos que un discurso sea totalizador de todas las experiencias. Puede ser el discurso más crítico, más potente, pero en el momento en que pretende esa totalidad, termina contradiciendo su propia esencia. Señalar como enemigas o traidoras a todas aquellas personas que no piensan como nosotras es el germen del pensamiento autoritario. Es en ese sentido que me preocupa el tono de algunos de los debates actuales al interior del feminismo y de otros movimientos sociales. Pareciera que el enemigo está adentro o en las personas que no se identifican con nuestros discursos.

Soy consciente de la necesidad de la radicalidad de estos movimientos en ciertas coyunturas, pero también he visto con tristeza la fragmentación de las organizaciones y los grupos durante los últimos años. Más tarda en brotar el germen de la organización que la división de ella misma. Y junto con ella, la idea de que no es posible.

Los grupos se dividen al infinito y aquella experiencia gozosa del primer momento se convierte en la guerra misma. Tal vez habría que aprender a abrazar más nuestras diferencias. A convivir con lo inacabado, con lo impuro, con lo incompleto. En el caso de México, la violencia cobra vidas todos los días. Eso debería unirnos más que nuestras singularidades, pues a decir verdad no somos tan importantes. Habría que comenzar a transformarnos a nosotrxs mismxs, a intentar ser más empáticxs con nosotrxs, entre nosotrxs y con lxs otrxs que parecen tan distintxs. Habría que salirnos de la lógica de la descalificación, y del juicio, y del sentimiento de superioridad moral. Habría que ir borrando fronteras en lugar de insistir en dibujar más.

@LNDiversidades

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