Razonamientos contra el matrimonio igualitario

El matrimonio tiene dos esferas: una legal y una social, la primera genera una red jurídica que protege la relación de quien se casa, mientras que para la sociedad, contraer matrimonio se entiende como una fiesta donde las parejas celebran con los vínculos de cuidado que ponderan entre los más importantes.

Por: Moisés Vaca

En el discurso público nacional, recientemente ha tomado fuerza una estrategia que pretende negar el derecho al matrimonio civil a las parejas del mismo sexo —aún cuando éste ya ha sido conquistado en la CDMX y en otras entidades de la República. En este texto analizaremos los cinco razonamientos más frecuentes que esta estrategia esgrime y veremos por qué son incorrectos. Para ello, veamos qué es el matrimonio civil realmente.

El matrimonio en nuestra sociedad tiene dos esferas igualmente importantes: una legal y una social. En la esfera legal, al contraer una unión matrimonial dos personas adquieren un conjunto de derechos y obligaciones que asegura derechos de tutela (p. e., el derecho a que usted decida por su pareja si ésta se encuentra temporalmente impedida para hacerlo —como en una sala de operaciones), a la seguridad social (p. e., el derecho al seguro médico de su pareja), a la filiación (p. e., el derecho a migrar al país de residencia de su pareja) y a la sucesión (p. e., el derecho a heredar el patrimonio de su pareja). Estos derechos generan una red jurídica de cuidado que protege fuertemente la relación de quien se casa. En la esfera social, por su parte, contraer una unión matrimonial puede entenderse como un acto expresivo, una fiesta donde las parejas celebran con la sociedad y sus queridas y queridos los vínculos de cuidado que ponderan entre los más importantes.

Dependiendo de su situación concreta, muchas parejas ponen más énfasis en una esfera que en la otra. En algunas ocasiones las parejas buscan el cobijo jurídico que ofrecen los derechos del matrimonio y, en otras, están más interesadas en celebrar socialmente su relación.

Vamos entonces a los cinco razonamientos más comunes que suele ofrecerse en contra de extender el derecho al matrimonio a las parejas del mismo sexo.

Primero: “Debido a que sentir atracción por una persona del mismo sexo es una enfermedad, en lugar de legalizar las uniones del mismo sexo se debería buscar ayudarlas a superar su condición”.

Este razonamiento es el peor de todos. Primero, patologiza algo que es totalmente normal, sano y respetable: la atracción hacia las personas del mismo sexo. A pesar de su prominencia en ciertos sectores, hace mucho que la idea en la que se basa este razonamiento ha sido negada, refutada y combatida por la medicina contemporánea. Segundo, recuerde que estrategias parecidas de patologización, inferiorización y repudio físico son una constante de los discursos de odio y xenofobia más atroces: el nazismo, por ejemplo, sostenía que su “raza” era naturalmente superior a todas las demás, ya que las “otras” (incluidos los latinoamericanos) tenían naturales deficiencias cognitivas, de carácter y físicas. Fray Ginés de Sepúlveda, igualmente, defendió que las personas que habitaban la tierra “descubierta” por los españoles a finales de siglo XV, por naturaleza carecían de humanidad, por lo que podían ser conquistados, esclavizados y despojados de sus tierras ancestrales. La lista de ejemplos, tristemente, puede continuar por horas. Por ello, debemos cerrar por completo la puerta de este discurso de odio patologizador.

Segundo: “Muy bien, acepto que la atracción hacia una persona del mismo sexo no es una enfermedad, pero el propósito del matrimonio civil es la procreación biológica. Ya que las parejas del mismo sexo están imposibilitadas para llevar a cabo tal propósito, ellas no deben tener este derecho”.

Puede ser que en algunas formas de matrimonio religioso se sostenga que su propósito es la procreación. Sin embargo, considerado tal y como es actualmente, el matrimonio civil no implica el compromiso de tener hijos. Piense por ejemplo en las uniones matrimoniales de parejas estériles, o en aquellas en que participan mujeres que ya no están en edad reproductiva, o en aquellas cuyos integrantes ya tienen hijos de uniones anteriores y no desean tener más. Nada en la ley impide estos matrimonios. De hecho, la procreación biológica no es una exigencia legal para contraer una unión matrimonial en ninguna sociedad democrática contemporánea.

Tercero: “Pero es que si permitimos el matrimonio de parejas del mismo sexo, entonces luego vamos a permitir todo: por ejemplo, el matrimonio con animales no humanos.

Otra vez, hay al menos dos problemas graves con este razonamiento. Primero, hay que decir que es el mejor ejemplo de lo que se conoce como la falacia de la pendiente resbaladiza. Como usted sabe, un argumento es falaz cuando su conclusión no se sigue de sus premisas. En este caso, la falacia de la pendiente resbaladiza surge al sostener, sin pruebas adecuadas, que una posición tiene consecuencias negativas, extremadamente lejanas e improbables pero supuestamente inevitables. Pensemos ¿de verdad, si aprobamos el matrimonio igualitario, todo se aprobará después? ¿Por qué, por ejemplo, es que algún sector social querría aprovechar esto para la aprobación del matrimonio con animales no racionales? ¿Qué trayectoria social y movimiento político enarbolaría dicha bandera? Que esto suceda si el matrimonio igualitario se aprueba es altísimamente improbable, tan improbable que es una muy mala razón en su contra.

Segundo, este razonamiento no toma en cuenta una característica fundamental del matrimonio en las sociedades democráticas contemporáneas como la mexicana: que es una institución consensual. Nadie puede casarse en contra de su voluntad, y para asegurarlo todos los interesados deben poder expresar libremente su deseo de hacerlo. ¿Cómo es que los animales no racionales expresarán este deseo? ¿Imagina usted a su perro pidiéndole matrimonio? Por más que le quiera como a nadie, ese deseo está fuera de su esfera de vida. 

Cuarto: “Bueno, está bien, permitamos que las parejas del mismo sexo tengan los mismos derechos que las parejas heterosexuales, pero no podemos permitir que su unión cívica se llame matrimonio porque, por definición, el matrimonio sólo es entre hombre y mujer”.

Esto es históricamente falso. A lo largo de la historia la definición del matrimonio ha variado significativamente: en occidente ha habido sociedades legalmente monógamas, polígamas, con tiempo definido, etc. En nuestra Constitución, por ejemplo, la definición de matrimonio como “exclusivamente entre hombre y mujer” no está en ningún lado. Además, note usted por qué dicha definición es equivocada. Como vimos, el matrimonio ofrece una red de cuidado jurídico y expresivo a las uniones de las parejas. En este sentido, las parejas del mismo sexo tienen exactamente las mimas necesidades de cuidado jurídico y expresividad que las heterosexuales. Es cierto que las parejas del mismo sexo necesitan compartir seguro médico, poder heredar sus bienes entre sí, tomar decisiones por su pareja, lo que sería cubierto otorgando esos derechos bajo una figura jurídica de distinto nombre. Pero también debemos recordar la esfera expresiva del matrimonio: las parejas del mismo sexo también tienen amigas y amigos con quienes quieren celebrar su relación en pie de igualdad. Sólo llamándose igual, evitaremos que en la sociedad existan uniones “de primera” y “de segunda”; sólo llamándose igual, estos derechos pueden expresar lo mismo. Por ello la importancia del moto: “los mismos derechos, con el mismo nombre”.

Quinto: “¡Bueno, ya, que se casen! Ah , pero eso sí, que no puedan adoptar ni criar hijos porque, ¡pobres niños, ellos qué culpa tienen!”

La idea detrás de este razonamiento es que los niños criados por parejas del mismo sexo ven afectado su bienestar. De nuevo, hay al menos tres razones que muestran que esto es un error.  Primero, esta idea es empíricamente falsa. Varios estudios detallan cómo no existe una diferencia significativa entre la crianza de hijos por parejas de diferente o del mismo sexo. Segundo, esta idea supone que debe existir un estándar extremadamente alto con relación a la crianza para que una pareja pueda acceder al matrimonio. Si el marco jurídico existente siguiera hasta sus últimas consecuencias tal supuesto, lo que se seguiría es que el estado debería ejercer un control mucho mayor con respecto a qué parejas heterosexuales pueden criar hijos. Y, finalmente, esta idea tampoco responde a la realidad cotidiana de los infantes que no son criados por sus padres biológicos sino por otros parientes o tutores legales. Asume injustificadamente que permitir la crianza a las parejas del mismo sexo sería romper con un patrón establecido en el que sólo parejas de diferente sexo se encargan de tal labor en nuestra sociedad. Pero tal patrón exclusivo simplemente no existe.

Así, pues, no se deje convencer por estas malas y comunes razones. Que se case quien quiera proteger jurídicamente sus vínculos de cuidado, quien quiera celebrar así su relación socialmente ¡porque los masoquistas, de hecho, pueden tener cualquier orientación sexual!

Post Scriptum: un ciudadano preocupado por su sociedad nunca ocuparía sus fuerzas en echar abajo los derechos que a otros les ha costado tanto conquistar y que él simplemente da por sentados.

 

@LNDiversidades

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