Integralidad, derechos y elecciones

México enfrenta hoy graves problemas de pobreza, delincuencia organizada, impunidad y corrupción. En este entorno, la elección debiera ser entre candidatos y no entre las violencias que se atienden y las que no, entre las dignidades que se protegen y las que no.

Por: Siobhan Guerrero Mc Manus (@SiobhanFGM)

En alguna ocasión, Ana María Martínez de la Escalera nos señalaba a las integrantes del Laboratorio Nacional Diversidades la terrible vaguedad del término “diversidades” así como la ambigüedad política de lo que dicho término connota. Y es que aquí cabe desde luego la pregunta acerca de qué o quiénes conforman a estas diversidades. Quiénes las integran y quiénes no.

¿Somos acaso todos y todas parte de las mismas o hay quienes sí y quienes no son parte de éstas? En función de cómo respondamos lo anterior es que se seguirán distintas apuestas políticas ya que, si dichas diversidades nos incluyen a todos, entonces de ello parece seguirse una dinámica de integración e inclusión mucho muy distinta de la que podría acompañar a una lectura en la cual el término “diversidad” se lea no tanto como variación sino como disidencia.

En el primer escenario la noción de diversidades parece echar abajo la idea de un pueblo homogéneo y con necesidades y voluntades homogéneas, de una humanidad con un solo rostro, con un solo cuerpo; bajo esta acepción todas y todos somos una variante más dentro de este multiverso llamado humanidad –recalco aquí sin embargo que en esta lógica se preserva todavía un tono humanista y universalista que, si bien reconoce nuestra heterogeneidad, sigue apostado por la idea una unidad en la pluralidad–.

Por el contrario, el segundo escenario parece remitir a la idea de que hay posiciones sociales privilegiadas y posiciones excluidas, oprimidas o silenciadas; las primeras, a diferencia de las segundas, suelen apropiarse de la primera persona del plural tomando para sí un “nosotros” que jamás es equivalente a un “todos y todas”. Dentro de este segundo escenario habría por ende posiciones que satisfacen, encarnan y ejemplifican una normativa social acerca de cómo debemos ser o cuál es el ideal de hombre o de mujer que debe aspirar a alcanzarse mientras que, por otro lado, hay quienes encarnan la transgresión misma de ese mandato, su desviación. En esta última posibilidad el término “diversidades” nombraría entonces al conjunto de sujetos desempoderados, excluidos de la norma, usualmente minoritarios, y, en uno u otro sentido, más vulnerados y vulnerables. Diversos son aquellos a los que les está negado el “nosotros”. 

Quizás, sin embargo, dicha ambigüedad pueda adquirir un matiz productivo. Ello al falsear esa idea de un pueblo homogéneo y unificado, un pueblo con un conjunto de necesidades que no están jamás segmentadas o ponderadas en función de la posición que se ocupa al interior de la sociedad; un pueblo, por ejemplo, que está esencialmente de acuerdo en lo que respecta a cuáles son los grandes problemas nacionales. La segunda acepción de diversidades, entendidas éstas como disidencias y minorías –al menos en lo que respecta a su peso político–, pone en jaque toda política que presume atender las necesidades de un “nosotros” que se concibe como co-extenso con el “todos y todas”.

El segundo término parasita así al primero y lo muestra ramplón e ideológico. La masa, esa gran masa llamada pueblo, concebida como un leviatán con una sola voz y una sola voluntad, con una demanda y exigencia única, es una mera fantasía del narcisismo de las posiciones hegemónicas.  Y, sin embargo, la exigencia de un discurso radicalmente democrático consistiría en no entregarnos al desamparo que puede emanar de una visión tan radicalmente desunificada de lo social, tan profundamente agonista. Una apuesta radicalmente democrática evitaría así la ficción que subsume a los otros en el nos-otros mientras que, a un mismo tiempo, persigue todavía el reconocimiento de que, en esa pluralidad irreductible, toda posición debe por principio ser dignificada y hecha habitable, gozosa y plena. Demanda así una generosidad sin narcisismo.

Y allí, espero, empieza a vislumbrarse la posibilidad productiva de la ambigüedad de un término cuyas connotaciones políticas resultaban al comienzo muy vagas. ¿Por qué decir esto? ¿Por qué decir esto justo ahora, en el preludio de unas elecciones que se antojan críticas?

Por dos razones. Para colocar en el centro de los discursos electorales al tema mismo de las diversidades que nos componen: diversidades sexo-genéricas, etáreas, corporales, funcionales, étnicas, lingüísticas, familiares, religiosas, bio-diversidades, etc. En efecto, México enfrenta hoy graves problemas de pobreza, delincuencia organizada, impunidad y corrupción. Pero es un error suponer que ello nos da licencia para entregarnos a una lógica sacrificial en la cual los problemas de aquellos que no habitan el “nosotros” son, por ende, prescindibles, postergables o menos prioritarios. Siempre será en función de la perspectiva de un sujeto concreto el que algo se juzga como urgente y amenazante.

Se equivoca quien sostiene que la urgencia de trastocar el status quo justifica el silenciamiento de minorías y se equivoca precisamente porque, en esa ponderación, está ya la reafirmación del status quo que subyace a ese “nosotros sin los otros”.

Y es que, me pregunto yo, cuántos transfeminicidios vale el acabar con la pobreza. Cuántos crímenes de odio cuesta el acabar con la corrupción. ¿Es acaso una buena transacción el renunciar a la laicidad a cambio de acabar con la delincuencia organizada? Ninguna de estas preguntas parece hacernos sentido. Ello es así justamente porque la lógica del sacrificio es atroz, es violenta y, sin duda, no es democrática.

Segunda razón. Traigo también a la luz esta discusión porque, si nos preguntaran a qué derechos preferiríamos renunciar, si a la libertad de creencia, a la libertad de asociación, al derecho a la educación o al derecho a la salud, muy seguramente nuestra respuesta sería que a ninguno. Tan fundamentales son los derechos civiles y políticos como los sociales, económicos y culturales. En palabras de Martha Nussbaum, los derechos engendran capacidades, capacidades para un desarrollo humano pleno, libre y gozoso. Pero se presuponen y fortifican mutuamente, de allí que se hable de la integralidad de los mismos. De allí, también, que no haya derechos más o menos importantes. La falta de uno resulta, en palabras de Nussbaum, en una discapacidad corrosiva que lesiona al ser humano como una totalidad. Es por ello que tampoco tiene sentido escoger entre unos derechos que consideramos más prioritarios que otros.

Esta es una idea que para algunos resulta difícil. Nos dicen que primero es necesario comer y luego lo que sea. Estrictamente hablando, primero es necesario vivir y eso requiere que se proteja la unicidad de cada identidad, de cada cuerpo. Pero, por supuesto, nadie ha venido a esta vida a sobrevivirla. No es aceptable el elegir vivir entre un abanico de opciones en las cuales todas ellas son indignas.

Lo anterior importa, precisamente, porque la lógica sacrificial impone un costo impagable –moralmente hablando– mientras que la cercenación de algunos de nuestros derechos implica aceptar como válida la idea de vivir vidas medio dignas, medio indignas, medio invivibles, medio vivibles, medio habitables, medio inhabitables. Y no, de eso no debiera ir la elección.

Este julio, habría que recordar, la elección no debiera ser entre una u otra parte del cuerpo social que habrá de amputarse y perderse ni tampoco acerca de qué parte de nuestros derechos es renunciable. La elección debiera ser entre candidatos y no entre las violencias que se atienden y las que no, entre las dignidades que se protegen y las que no. En suma, en esta elección no debiéramos elegir entre unas y otras diversidades. La apuesta debiera ser por las diversidades. Y, sin embargo, nuestra tragedia es que ello nos resulta hoy en día utópico, como si la esperanza fuera el aspirar a la forma de gangrena y necrosis menos debilitante.

Pero hay cosas entre las cuales no se elige. Se elige entre partidos y candidatos pero no entre diversidades o derechos. Habrá que recordarlo.

Close
Comentarios