Nombrar el feminicidio

La mayoría de los feminicidios en México quedan impunes sin importar edad ni estratos sociales. Vivimos en tiempos de guerra. A diario atestiguamos el espectáculo de la muerte como si fuese un orden natural y nos adaptamos al terror volviéndonos insensibles como estrategia de supervivencia.

Por: Viviana Pineda Partida

A Marisela Escobedo

 

“Mi hija Ana María tenía 10 años de edad, me la mataron de 16 puñaladas, la violaron y la tiraron en un cerro ¿por qué tanta saña… ella qué les podía hacer a esos 7 hombres?” exclama entre lágrimas Juana Villalobos. (1)

Juana tiene más de 20 años exigiendo justicia para Ana María, ultimada en Ciudad Juárez en 1997, pero su voz desde la pobreza no ha encontrado justicia sino un eco interminable de madres que lloran y buscan a sus hijas.

En una elipsis de la violencia feminicida podemos mencionar el caso también impune de la joven Diana Velázquez Florencio, violada, asesinada por estrangulamiento y tirada al lado de un rastro en el Estado de México en 2017.

También el caso de Lesvy Rivera Osorio, asesinada en el campus de Ciudad Universitaria de la UNAM, un espacio que devela que la violencia extrema contra las mujeres no es lejana sino una realidad que ha sido experimentada en Juárez por al menos 25 años.

En México cada día se registran al menos 7 casos como estos –7 feminicidios– que en su mayoría quedan impunes, destinados a diluirse en el caudal de sangre que tiñe al país.

Cabe hacer una pausa y preguntarnos: ¿Cuándo dejó de ser alarmante esta violencia? ¿En qué momento se volvió normal que una niña o una joven mueran torturadas? ¿Por qué no reaccionamos? ¿Acaso nos hemos vuelto espectadores de nuestra propia muerte?

La respuesta no es sencilla y es que vivimos en tiempos de guerra. Amanecemos a diario con el espectáculo de la muerte que reproducen los medios como si fuese un orden natural y nos adaptamos al terror volviéndonos insensibles como estrategia de supervivencia. (2)

Paralizarnos nos aleja de cualquier posibilidad de cuestionarnos ¿quién eligió esta guerra para nosotrxs? Nos acerca a creer que las 42 mil 583 personas asesinadas en 2017, el año más violento de la historia reciente, eran desechables al nombrarlas “sicarios” o “daños colaterales.”

Vivimos una guerra de exterminio que siembra el terror como estrategia de control social para dar paso libre a la militarización como política de despojo, de contención y criminalización del descontento social a favor del capital trasnacional.

Esta afrenta tiene también como objetivo el rompimiento del tejido social, en la cual es cotidiano tanto violar, mutilar, torturar, asesinar y desechar mujeres; como reclutar niños y jóvenes sin estudios u oportunidades a las filas del ejército desechable del sicariato.

En esta guerra el objetivo a exterminar no son los grandes capos, es la gente pobre a la que se le pueden violar sus derechos más básicos, incluyendo el derecho a la vida, con total impunidad. Y es que asistimos a una guerra que busca despojarnos de todos nuestros recursos, de todos nuestros territorios, incluidos nuestros cuerpos.

Entonces, en este contexto tan violento, que arrastra parejo con las y los subalternos/desposeídos/las mayorías o como guste usted nombrarse ¿Cuál es la relevancia de nombrar el feminicidio?

Hablar de feminicidio es un acto político, una forma de visibilizar la violencia estructural contra las mujeres y de denunciar que tanto el capitalismo como el patriarcado son sistemas de dominio que nos están matando. Es exigir justicia por las 3 mil 275 mujeres que fueron asesinadas con particular saña tan sólo en 2017, por el simple hecho de ser mujeres.

Nombrar el feminicidio permite negarnos a ser una mercancía más en el neoliberalismo que se inunda de riqueza con la trata de mujeres; que esclaviza mujeres en la maquila de Juárez y las avienta como desecho en el desierto; que viola tumultuariamente con sus soldados a indígenas en Guerrero para criminalizar la lucha social y apropiarse de los recursos naturales que defienden.

Es evidenciarlo como un crimen de Estado, el cual no es capaz de proveer las mínimas garantías de seguridad a las mujeres y que, en cambio, pone sus esfuerzos en invisibilizar la violencia de género como generadora de muerte. Es denunciar la indolencia del Estado cuando se le señala internacionalmente como feminicida, al tiempo que mantiene impunes a sus soldados cuando violan mujeres.

Hablar de feminicidio es denunciar el camino tortuoso en la búsqueda de justicia de las madres que han perdido a sus hijas y que ante la falta de respuesta se convierten en investigadoras de sus casos, poniendo en riesgo sus vidas.

Es también evidenciar a un sistema déspota que les presenta “chivos expiatorios” o que les entrega los huesos de otras personas como sus hijas para que desistan en sus denuncias.

Nombrarlo es mostrar la lentitud con que se modifican los códigos penales para castigar al feminicida. Es demostrar el sesgo patriarcal de una legislación que permite al asesino, “atenuar” buena parte de su pena si mata a su novia o mujer en un arranque de celos que atente contra su “honor”.

Hablar de feminicidio es hablar de descomposición social. Decir que la violencia no proviene de asesinos psicópatas escondidos, sino que se ubica en nuestros círculos sociales más cercanos: en nuestras casas, escuelas, trabajos, transportes.

Enunciarlo es no callar la misoginia brutal con que las mujeres pobres, las indígenas, las que no fueron a la escuela o las que son mano de obra barata son vistas como inferiores y susceptibles de ser violentadas. Es mencionar que a la mujer se le asesina con aún más saña por valerse por sí misma económica y emocionalmente al trasgredir los roles de género.

Nombrar el feminicidio es una estrategia política necesaria para frenar la violencia de género, exacerbada en este contexto de guerra. Es sumar voces para decir que no tenemos miedo, que ya no toleramos que se nos siga matando y torturando con total impunidad, que no somos botín de guerra, que no somos desechables.

Hablar de feminicidio es mostrar nuestra empatía con las madres, quienes con todo su dolor e impotencia comparten una voz: “no queremos que esto le suceda a ninguna más.” Es solidarizarnos con ellas y con sus abogadxs; acompañarles en su lucha por incidir en las legislaciones para que se reconozca al feminicidio –con todas sus letras- como un crimen de Estado.

Referencias:

(1) Los testimonios mencionados en esta columna fueron recabados durante el conversatorio Un crimen hecho sistema, feminicidio y desaparición, llevado a cabo el pasado 5 de marzo en la Facultad de Filosofía en Ciudad Universitaria.

(2) Esta situación es abordada de manera más profunda en: Berlanga Gayón, Mariana (2015). El espectáculo de la violencia en el México actual: del feminicidio al juvenicidio. Athenea Digital, 15(4), 105-128. Disponible en: p://dx.doi.org/10.5565/rev/athenea.1556

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