Interseccionalidad, diversidades y medioambiente

El mundo atraviesa un periodo conocido como Capitaloceno, en el que la humanidad se ha vuelto fuerza geológica. Sus modos de producción, distribución y consumo han propiciado una ruptura entre el ser humano y la naturaleza que amenaza con producir una extinción no vista en varios millones de años.

Por: Siobhan Guerrero Mc Manus (@SiobhanFGM)

Pocas cosas parecen tan globales en su alcance y tan democráticas en sus efectos como el cambio climático. Podríamos pensar que un fenómeno que amenaza la estabilidad de los ecosistemas y la viabilidad de la vida humana es la clase de desafío que pondría en evidencia lo absurdo del racismo, el clasismo, el sexismo y otras formas de discriminación que pretenden establecer jerarquías entre unos y otros. Ésta parece una amenaza igualadora como ninguna; después de todo, el cambio climático, como la muerte, es algo que nos aguarda a todos. Los desafíos ambientales, podríamos pensar, nos empequeñecen al grado de hacernos ver la trivialidad de nuestras diferencias. Al hoyo en la capa de ozono, digamos a modo de ejemplo, no va a importarle tu nacionalidad, tu etnicidad o tu género. Su talla es tal y el riesgo que implica parece tan vasto que parece desdibujar las fronteras entre unos y otros.

Ello parece requerir volvernos a pensar como humanidad entera, sin distinciones. Y no únicamente porque parece que éste es un reto común sino porque hoy vivimos en una época que ha venido a nombrarse Antropoceno, término acuñado por el científico Paul Crutzen. Una época en la cual la humanidad misma se ha vuelto fuerza geológica. Esto no es poca cosa, cabe aclarar, ya que ninguna otra especie en la larga historia del planeta había logrado tal faena. Grupos enteros de especies lo habían logrado, como las cianobacterias que oxigenaron el planeta hace algunos eones. Pero nunca una especie había logrado lo que Homo sapiens, e.e., ser, en solitario, una fuerza geológica cuyos efectos no se medirán en décadas o siglos sino en decenas de miles de años.

Ello es así dada nuestra contribución causal y nuestra responsabilidad ante el cambio climático. Un fenómeno que, en cualquier caso, no sólo implica el calentamiento de la atmósfera y el derretimiento de los glaciares, sino que afectará también los patrones de lluvia, impulsando inundaciones en ciertas regiones mientras en otras se intensificará la desertificación. Se alterarán las dinámicas de las corrientes oceánicas y, con ello, de las temperaturas medias en prácticamente todo el planeta. Ello tendrá efectos desastrosos en la pesca, la agricultura, la ganadería, la caza, la silvicultura y en las dinámicas de prácticamente todas las poblaciones de seres vivos del planeta. Las playas se verán devoradas y prácticamente toda ciudad costera importante desaparecerá.

De allí que activistas como Pat Mooney hablen de un caos climático y no de un cambio climático. Se verán afectadas tal cantidad de interacciones ecológicas, termodinámicas, productivas y climáticas que resulta muy difícil anticipar la intensidad de los efectos que se vienen. Una gran extinción, como la que terminó con los dinosaurios, parece cada día un escenario apocalíptico propio de Hollywood y de aquellas voces que se dedican a estudiar el cambio climático.

La especie misma está en riesgo. Hoy, por primera vez en prácticamente dos siglos, se atisba la posibilidad de hambrunas generalizadas producto de una escasez real y no inducida por las dinámicas de los mercados; una escasez producto del colapso de las tierras que en la actualidad dedicamos a actividades primarias. Una escasez que afectará también a los cuerpos de agua dulce disponibles y ello no sólo por los cambios climáticos sino por las diversas formas de contaminación que amenazan hoy a las principales cuencas del planeta.

Y, sin embargo, en contra de lo que podríamos pensar, nada tiene de democrático e igualador el cambio climático. No hemos contribuido en igual manera a sus efectos y no nos afectarán de la misma forma. En contra de lo que pareciera, el cambio climático –el caos climático– interactuará con las prácticas de discriminación actuales y las potenciará en formas aún más perversas.

Es por ello que hoy comienzan a gestarse cruces importantes entre los estudios interseccionales y los estudios sobre medioambiente y calentamiento global. Los primeros hacen referencia a cómo la clase social, la raza, la etnia, el género –incluyendo orientación sexual e identidad de género–, la discapacidad, la edad, la casta y la condición rural/urbano se cruzan entre sí en tanto sistemas de opresión asentados en dinámicas sociales diferentes, unas originadas por el patriarcado, otras por el racismo, otras por el capacitismo, etc. pero que, en cualquier caso, dan lugar a una intersección compleja entre las diferentes modalidades de opresión y pintan un panorama en el cual la defensa de la dignidad humana requiere aproximaciones radicalmente transdicisciplinarias que atiendan a lo económico pero no solamente a lo económico, a lo jurídico pero no solamente a lo jurídico, sino también a las dinámicas mismas que cruzan a nuestros cuerpos en función de las diversas posiciones que ocupamos, en función de todos los ejes ya mencionados.

Los estudios interseccionales nacieron gracias al trabajo de feministas negras estadounidenses como Audre Lorde y Kimberlé Crenshaw, quienes señalaron que la experiencia de las mujeres negras no era la simple resultante, la simple suma, de las experiencias de un hombre negro y una mujer blanca.  Las opresiones se combinan de formas inesperadas, no lineales y no inteligibles en términos aritméticos. Entender la opresión demandaba así pensarla en sus diversos ejes y en la forma en la cual éstos se cruzan unos con otros. Cuando incluimos todas las variables ya mencionadas, el panorama que se percibe es necesariamente complejo.

Filósofas y antropólogas como Donna Haraway y Anna Tsing han construido una crítica desde los estudios interseccionales a las aproximaciones monodisciplinarias y monoteóricas que pretenden hacer diagnósticos del estado actual del mundo desde una sola perspectiva. Sostienen que no se puede entender el racismo sin las lógicas coloniales y económicas, que no se puede entender ni el capacitismo –discriminación por dis/capacidad– ni el etarismo –discriminación por edad– sin los imperativos productivistas del capitalismo, pero tampoco se puede entender la estratificación de una sociedad en clases sociales sin atender a dinámicas como la raza o el género.

Y, recientemente, dichos enfoques interseccionales han entrado en diálogo con los estudios sobre medioambiente y cambio climático dando lugar a disciplinas como la ecología política del cuerpo o a nuevas variedades de ecofeminismo. Las razones son varias. Por ejemplo, como también han señalado los teóricos Jason Moore y Donna Haraway, resulta enormemente impreciso el mote de Antropoceno para una época geológica en la cual los combustibles fósiles y sus implicaciones en las revoluciones industriales son un factor causal innegable.

Ambos autores sostienen que debiéramos denominar a este periodo como Capitaloceno, pues son los modos de producción, distribución y consumo asociados al capitalismo los que han llevado a una ruptura metabólica entre ser humano y naturaleza que hoy amenaza con producir una extinción como no se ha visto en varios millones de años.

Los vínculos entre capitalismo, producción, economía y ecología fueron puestos en evidencia por autores como Nicholas Georgescu-Roegen, padre de la termoeconomía, y pionero en los estudios acerca de la importancia que jugó el petróleo en el impulso industrializador de los últimos dos siglos, pero también del desbalance termodinámico que conlleva la sobreexplotación de recursos y la excesiva generación de basura y desechos en un mundo cuya capacidad de carga ha sido ya rebasada.

Estos desbalances implican también responsabilidades asimétricas pues no todo ser humano ha contribuido en la misma forma al caos climático actual. De allí lo inadecuado del término Antropoceno pues han sido las grandes economías del Norte global las que han, a través del colonialismo y el extractivismo, contribuido en mayor medida a dicha situación apocalíptica. Y, en ese Norte, han sido las poblaciones más privilegiadas las que han detentado mayor responsabilidad.

Asimismo, estas estratificaciones implican vulnerabilidades asimétricas pues el cambio climático no afectará en la misma forma al planeta entero. Los mejores modelos predicen que, trágicamente, será el Sur global el más afectado. Serán países como México los que sufran de peor forma las dinámicas de desertificación, producto de cambios en los patrones de lluvia. África, por ejemplo, verá al desierto del Sahara crecer a una talla nunca antes vista, amenazando con ello cualquier posibilidad de soberanía alimentaria –de por sí ya inexistente– en dichos países.

Peor aún, la capacidad de respuesta de las poblaciones humanas también está estructurada interseccionalmente. Las estrategias de mitigación y adaptación ante el cambio climático dependen de la riqueza de los países y las ciudades y también del grado de derechos humanos y capacidades para el desarrollo humano con el que cuentan sus poblaciones; la educación, por ejemplo, o el acceso a la salud o el conocimiento de los propios derechos, se cuentan como herramientas que ilustran en qué forma se puede hacer frente al cambio climático. Evidentemente no hablamos de demandarle sino de exigirle a los gobernantes y al Estado el que lleven a cabo su papel como responsables de velar por los derechos humanos en una situación de crisis, el que hagan un uso responsable y democrático y no en función de los intereses de unos cuantos. No saber que se cuenta con este derecho implica una injusticia epistémica que se traduce en una vulnerabilidad incrementada.

Así, estas nuevas variedades de ecofeminismo, como la ecología política del cuerpo, emplean las herramientas de la interseccionalidad para hacer ver en qué forma nuestras diversidades preexistentes deben ser tomadas en cuenta a la hora de juzgar la responsabilidad ante este fenómeno pero también ante las distintas vulnerabilidades e, incluso, la capacidad de respuesta ante esta crisis.

Por ello es que actualmente comienzan a gestarse cruces que todavía resultan novedosos al crearse perspectivas transdisciplinarias que interrogan acerca de cómo el género, la raza, la clase social, la etnia, etc., afectan nuestra vulnerabilidad y capacidad de respuesta ante el caos que se viene. Los estudios ambientales están tomando nota de estos nuevos enfoques. No hacerlo puede implicar el surgimiento de eco-fascismos que, en nombre de la supervivencia de la vida y de la especie, revictimicen a los más vulnerables.

Por eso es que se vuelve un imperativo comenzar a pensar al cambio climático desde las diversidades, desde las diversas formas de ser un sujeto humano, para evitar a la escila del eco-fascismo o al caribdis de una imputación de responsabilidades demasiado horizontal y que oculte las asimetrías históricas que nos han traído al Antropoceno. De allí también nuestro interés en el tema en tanto Laboratorio Nacional Diversidades.

 

@LNDiversidades

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