Conversatorio con familiares de personas desaparecidas

Lo que ayuda a las familias destrozadas por esta guerra son los vínculos con otras personas en la misma situación, su acompañamiento ayuda a que no pasen en soledad en la lucha por reencontrarse con sus seres queridos.

Por: Andrea Angulo Menassé 

 

Alguien dice: Tamaulipas es una fosa.

Y el reclamo se extiende: Veracruz es una fosa. Nuevo León es una fosa. Guerrero es una fosa. Jalisco es una fosa. Sinaloa es una fosa. Coahuila es una fosa.

México es un país cementerio, como diría María González: Un país en ruinas[1].

(Reunión de víctimas con el presidente electo, 16 septiembre 2018).

 

El 20 de agosto de este año se abrió un espacio heterotópico[2]en un aula sencilla y sin internet de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, en San Lorenzo Tezonco, Iztapalapa. Un grupo de estudiantes y docentes de esta comunidad se encontraron con docentes invitadas de otros centros de educación y posgrado (ILEF) para escuchar lo que miembros del colectivo Uniendo Cristales (Colectivo de Familias en Búsqueda de desaparecidos) vinieron a compartir de su lucha, desafíos y necesidades en un país que no conoce el paradero de al menos 37.000 personas, de las cuales 16.594 son menores de 29 años (El País, febrero, 2018). Realidad monstruosa porque además se le suma el “complemento” de que, de acuerdo con el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, “nadie sabe qué porcentaje de ellas son obra de las autoridades” (Azuela, 2018) gracias a lo cual se han tenido que conformar organizaciones civiles, más de setenta colectivos para buscar a sus familiares, por la evidente y pronosticable falta de respuesta y/o medidas eficaces de los gobiernos locales y federales (sinlasfamiliasno.com,  2018).

El colectivo Uniendo Cristales se nombró a sí mismo inspirado en la idea de Kintsugi, que es el arte tradicional japonés de la reparación de la cerámica rota con un adhesivo para luego rociarle polvo de oro en cada una de las grietas para volverlo más fuerte. Dicen los diccionarios que en lugar de tratar de ocultar los defectos y grietas, esta práctica artística acentúa y celebra cada cicatriz, ya que representa la parte más sólida de la nueva pieza[3]Kintsugi, como metáfora, no niega la ruptura y la fragmentación de la que han sido víctimas sus cuerpos y sus comunidades, pero deciden poner el acento en su capacidad de resistir y reinventarse.

La metáfora parece ser aún más potente cuando se refiere a cristales, por ser los materiales más sensibles frente a los azotes y al mismo tiempo, más maleables. Son tenaces los cristales porque son capaces de desordenar su estructura molecular para transformarse, con altas temperaturas, en un líquido con capacidad de adquirir cualquier  forma e incluso cambiar de color, producto de esta transformación.

Los polvos de oro gracias a los cuales las familias destrozadas por esta guerra se transforman, nos confiaron, son por supuesto los vínculos con otros como ellos que, a la vez que batallan para esclarecer el caso que les compete directamente a sabiendas que nadie más lo hará por ellos, acompañan a otras familias que recién comienzan su búsqueda, para que no pasen en soledad lo que ellos ya sobrevivieron por su cuenta.

Las familias “pares” que buscan a los suyos al mismo tiempo que acompañan a otras, sanan un poquito cuando ven que las demás, por su sostén lo hacen mejor; su lema: “Acompañando, nos fortalecemos”. Haciendo redes y construyendo comunidad donde el Estado se ha encargado de romperla, los familiares organizados han logrado encontrar algunas respuestas, y en el proceso, reconstruir, en una dimensión, el doliente tejido social. No buscan responsables dicen, buscan a sus familiares, buscan poder sepultarlos como Antígona y no dejar sus restos en una cuneta para que sean alimento de los buitres.

Sin embargo, explican, “cuando en una familia hay un desaparecido, el efecto desaparecedor es expansivo, porque implica que uno o varios más de esa familia van a ‘desaparecer’ por ir a buscar al ausente”. “Desaparecen” entonces, los que obligados, abandonan las dinámicas de la vida cotidiana y se dedican a la investigación, rastreo, diligencias, activismo, denuncia, organización, acompañamiento, excavación, excursión, exhumación, identificación, difusión, etcétera de su familiar desaparecido. Centenares de personas que ahora se dedican a la averiguación del paradero de algún hijo, hermano, padre o madre, hija o hermana, tienen a su vez, otros hijos e hijas, nietos, hermanos, madres que, mientras ellos buscan, se viven solos. Muchos de ellos son niños y niñas, no es poco frecuente que vivan el abandono de sus madres o padres que buscan, sin un acompañamiento especializado, sin una explicación construida de acuerdo a las características de la etapa de desarrollo en la que se encuentran y sin una contención apropiada que responda a sus preguntas, necesidades afectivas y carencias post desaparición. A ellos también les cambia la vida.

Y es que no son solo los 37,000 desaparecidos los que se necesita denunciar y buscar, son los mismos sistemas familiares que de un día para otro dejan de funcionar de la manera en que lo hacían.

¿Cuánto adhesivo se va a necesitar si se multiplican 37,000 por cuatro, cinco o más miembros de una familia enfrentados a la doble, triple pérdida?

Los integrantes de las familias, los que desaparecen, los que buscan, los que se quedan en casa, los que gritan en las plazas públicas, los que guardan su dolor en silencio, los adultos, los jóvenes, las niñas y los niños que atestiguan y se arman sus propias explicaciones, confirman en el camino que la narrativa de buenos y malos construida para legitimar esta guerra es de nuevo no solo dañina, reductiva y caricaturizada, sino que impide lo que al tiempo urge; recobrar la humanidad.

Y es la búsqueda del oro lo que a veces se extravía. El material precioso que en esta nota invito a mirar son los miles de otros que pasan información, a pesar del miedo, para que los familiares que buscan sepan donde hacerlo; o los millones de anónimos que, aun sumidos en el silencio se acercan a abrazar a los deudos, a contener la rabia y el dolor del absurdo. Los muchos otros que colaboran con un lingote de “oro” para que los parientes encuentren algo de su familiar en un paraje, en una cuneta, en un barranco.

Todos aquéllos que honran el duelo imposible de estas familias y lejos de presionarles para que cierren sus procesos –como lo hacen algunos “profesionales de la psicología” que “invitan” a cerrar, entre más pronto mejor, su duelo- acompañan su búsqueda, respetan su tiempo y garantizan su derecho a la información y a la participación en todas las diligencias que les afectan.

Polvo de oro necesitamos, además de un adhesivo fuerte para juntar los pedazos de este país que se nos descompone en camiones abandonados a plena luz del día y frente a cada una de nuestras narices. Polvo de oro podemos ser todos, cada uno desde un su lugar[4] desde donde cuestionar el discurso que criminaliza a los desaparecidos y sus familias y ganar la batalla de significar el mundo de otra manera; abrazar la alianza en espacios, muchos espacios, también heterotópicos; pues la lucha por la verdad, la justicia y contra la violencia criminal que hoy atestiguamos en México, debería estar en etapas de movilización masiva[5].

Los cristales son el material con el cual están construidos los espejos: ustedes dirán.

 

@LNDiversidades

 

Referencias: 

[1] Revisar aquí.

[2]Contra-espacios que construimos con la imaginación como: el jardín donde los niños plantan la tienda de apache,  la cama de los padres que se convierte en un océano,  un bosque poblado por fantasmas entre las sábanas. Espacios donde los ideales se hacen posibles. Analogía de María Antón.

[3]Revista Mira. Disponible aquí.

[4]Diríase en los comunicados de la selva lacandona

[5] Se vale involucrarse aquí. 

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