Heterosexualidad y diversidad

Sería ingenuo y falto de precisión política darle la bienvenida a la heterosexualidad dentro del manto del arcoiris, justamente porque la heterosexualidad, pensada como heteronormatividad, se alza en función de negar las múltiples tonalidades para instalar una visión monocromática.

Por: Leonardo Olivos

De manera recurrente, en las reflexiones dentro del movimiento de la diversidad sexo genérica aparece la idea del reconocimiento de la heterosexualidad como una condición más de la sexualidad humana y por tanto la admisión de aquellas personas que se reconocen como tales en tanto parte de esa diversidad. A esta visión se ha opuesto otra que observa que la heterosexualidad no es una preferencia más, ni siquiera una que puede considerarse mayoritaria, por concentrar al grueso de las prácticas e identidades existentes en el ámbito de la sexualidad. La heterosexualidad, recuerdan esas voces, se trata fundamentalmente de un régimen político, uno que gobierna los cuerpos y los deseos, argamasa las relaciones entre mujeres y hombres, pero además, edifica instituciones que reafirmarán la licitud y sobre todo la condición natural de una sola expresión sobre la cual tendría que transitar toda la sexualidad humana. La gestión de este régimen, a través tanto del consenso como de la coerción, precisa de evocar en tanto patologías y anormalidades, aquellos seres y aquellas expresiones consideradas abyectas que en los márgenes hilvanan historias eróticas, pero también afectivas y así como identificaciones genéricas que correrán la suerte del estigma. De tal forma, sería ingenuo y falto de precisión política darle la bienvenida a la heterosexualidad dentro del manto del arcoiris, justamente porque la heterosexualidad, pensada como heteronormatividad, se alza en función de negar las múltiples tonalidades para instalar una visión monocromática.

De manera paradójica, la heterosexualidad, en tanto régimen, requiere de la presencia fantasmal de aquellas sexualidades que transitarán en las periferias. Sostener el relato que fundamenta la normalidad precisa de otredades, de esas realidades excéntricas y anómalas que por efecto relacional permitan colocar y legitimar las formas de la sexualidad sancionadas como sanas y normales.

Sin negar la contundencia de esos argumentos, quisiera reflexionar sobre las posibilidades de erosionar la compulsa heteronormativa a través de interpelar su centralidad, justamente colocando la heterosexualidad como una posición más dentro del continuo sexual. Para ello compartiré una anécdota que se produjo en el marco de una investigación para identificar las condiciones de seguridad e inseguridad dentro de la Cuidad Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México durante 2016, hace relativamente poco tiempo.

Un amplio equipo de personas, en su mayoría jóvenes, nos dimos a la tarea de preguntar por las trayectorias que la gente realiza para llegar al campus universitario y para regresar a sus destinos. La investigación, enmarcada dentro de una perspectiva feminista, buscó dar cuenta de las diferencias y desigualdades entre mujeres y hombres por lo que hacía a las experiencias y las percepciones sobre la seguridad. Al mismo tiempo se reconoció que las diversidades sexo genéricas, étnicas y de capacidades funcionales constituían ejes que igualmente marcaban momentos específicos, muchas veces privativos de ciertos colectivos, frente a las condiciones arquitectónicas, urbanísticas y sociales que posibilitan transitar libremente y con seguridad por las ciudades y los espacios universitarios. De tal suerte, en esta encuesta se preguntó por la preferencia u orientación sexual con la particularidad de que la respuesta decidió abrirse. La intención fue recuperar también la propia enunciación que las personas participantes hacen respecto a su “identidad” en esa dimensión.

Los resultados mostraron, por un lado, la gama diversa que la gente hoy utiliza para reconocer su posición, incluyendo aquellas que refirieron a posturas que con humor resisten a la fijación en categorías inamovibles, de ahí el juego que se hace a través de la palabra heteroflexible o las evocación a lo indistinto, lo plurisexual y lo poliamoroso. Pero también se constató, al menos para esa comunidad de participantes, lo que se asume como un hecho pero que jamás se verifica mediante datos, esto es, la adscripción mayoritaria de mujeres y hombres dentro del campo de la heterosexualidad. Dentro de esta muestra específica, el 93% de mujeres y el 92% de hombres se reconocieron así.

Más allá de la fuerza de los números, cabe resaltar los matices discursivos de esta enunciación y las posibles inferencias que en términos de análisis cualitativo son susceptibles de generarse. Como mencioné, las respuestas abiertas permitieron recuperar las modalidades que la gente utiliza para nombrarse. En este caso, de forma sistemática, algunas de estas se expresaron como “lo normal”, “lo natural” o “lo correcto”. Algunos otros señalaron el cuerpo del sexo opuesto como aquello que despierta su deseo y su preferencia sexual; un número importante de mujeres refirieron “los hombres” como una reacción automática a la pregunta por su orientación o preferencia, y lo mismo ocurrió cuando se le inquirió a los hombres, quienes de manera recurrente contestaron “las mujeres”. En otros casos, las personas expresamente desconocían el término y entre furcios y dificultades para frasear se denominaron “heterogéneos” o “heterodoxos”.

Entre las pistas que abren estas variantes enunciativas, una de ella se relaciona con la ausencia o bien la dificultad que los sujetos de la heterosexualidad tienen para otorgarse una denominación, situación que no guarda analogía con quienes se posicionan dentro de cualquiera de las categoría de la diversidad, incluyendo a las personas que buscan trascender toda fijación. Pueden existir múltiples explicaciones que den cuenta de estas confusiones, desde las fallas y prisas que suscita la premura del tiempo en la aplicación de estos instrumentos, hasta la ignorancia que en materia de la sexualidad aún se observe dentro de una población universitaria. Pero la sistematicidad de los equívocos y el empleo otras denominaciones que no definen directamente una preferencia despierta sugerencias que giran en torno a las prerrogativas de quienes en el eje de la sexualidad comparten una condición de supremacía o de poder.

La primera línea de explicación sugiere que el poder no se explica, en esta dirección la heterosexualidad leída como dimensión organizativa de la sexualidad, cuenta entre sus facultades con la posibilidad de ser asumida como hecho incontrovertible, de esos que no precisan ser reflexionados, mucho menos desde posturas críticas. La heterosexualidad quizá represente una de esas formulaciones que mejor ha logrado sedimentarse en lo más profundo del sentido común. Por lo tanto, los equívocos o aquellos eufemismos mencionados, lejos de ser meros accidentes, vendrán a apuntalar esa asunción vital y sistémica de que no existe necesidad alguna de que esta condición sea explicada y por tanto explicitada. La heterosexualidad es. De tal suerte, las personas que así se consideran pueden transitar por la vida erotizando los cuerpos del sexo opuesto y produciendo los afectos conforme las reglas de ese régimen sin que medie pregunta sobre el origen y mucho menos la licitud de la misma.

Esta ausencia de reflexividad no solo marca las vivencias individuales, sino que también tiene una traducción en la producción de conocimientos, al menos dentro de las ciencias sociales. En la historia de las categorías es ilustrativo que la denominación heterosexual surgiera tiempo después de que la psiquiatría acuñase el término homosexual. Solo en ese momento, la norma se vio requerida en pensar una palabra que enmarcara ese campo que hasta entonces solo se asumía. De manera análoga, cuando las sexualidades entrañan algún problema, correrán la suerte de convertirse en materia de análisis y generación de conocimientos, así será la homosexualidad, el lesbianismo, la bisexualidad, pero también la disfunción eréctil o la falta de deseo, aquellos asuntos sobre los que se produzcan ríos de literatura dentro de la psicología, pero también en la antropología o la sociología y el derecho.

La heterosexualidad se pondrá en el centro cuando las feministas comiencen a reconocer ahí el núcleo de los hilos del dominio y subordinación que tejen los vínculos de las mujeres con los hombres. Esta fuerza, junto con los movimientos de liberación lésbico homosexual, hoy de la diversidad, interpelarán a ese régimen poco susceptible a preguntarse. Los cuestionamientos abren una fisura, quizá pequeña pero nada despreciable, porque permiten historiar aquello que se asume universal por sus lazos con la procreación. Preguntar hace factible el reconocimiento de que la heterosexualidad, como todas las posiciones dentro del continuo erótico y afectivo, resultan igualmente contingentes. Al inquirir sobre aquello velado por el manto del sentido común se descubre su factura social, el rey desnudo, y que así en ese terreno se pueden sumar estos flujos amorosos y eróticos que constituyen la sexualidad humana diversa.

 

@LNDiversidades

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