Despatologizar lo trans, una tarea pendiente

Hoy en CDMX podemos acceder al derecho legal a la identidad sin necesidad de presentar un diagnóstico psicológico, o comprobar que hemos ingerido hormonas, o que nos hemos practicado alguna cirugía para validar nuestra identidad, y esto es gracias a la lucha en contra de la lógica patologizadora. Sin embargo esto no siempre ha sido así y tampoco es el caso en todos los países.

Por: Leah Muñoz

Este 21 de octubre es un día para hacer un fuerte llamado en la lucha contra la patologización de las identidades trans y las consecuencias médicas y sociales que tiene esta patologización.

En el año 2009 fue lanzada la plataforma internacional STP, Campaña Internacional Stop Trans Pathologization con el objetivo de impulsar acciones por la despatologización trans en todo el mundo. Desde entonces cada 21 de octubre en distintas partes del mundo alzamos nuestra voz por la despatologización trans.

Este año la fecha es aún más significativa porque en junio pasado la Organización Mundial de la Salud (OMS) eliminó la transexualidad del apartado de “trastornos mentales” de su Catálogo Internacional de Enfermedades en su edición 11 (CIE-11).

Despatologizar el deseo, el cuerpo y la subjetividad

La patologización de la subjetividad y del cuerpo trans, que ha construido históricamente la psiquiatría, la ha hecho sobre una serie de imaginarios respecto a lo que es un cuerpo normal y lo que es un cuerpo patológico. Dicho imaginario sobre la normalidad sexual está sustentado en ese paradigma que ya señalaba Judith Butler como el eje sexo-género-deseo que constituye sujetos en esta sociedad heteronormativa.

Dicho paradigma postula, apelando a la biología y a la naturaleza, que a cada sexo, dentro del binarismo sexual, le corresponde un género específico, dentro de una lógica binaria de género, y a cada género una forma de deseo, dentro de la lógica heterosexual.

Desde este paradigma es que las personas trans hemos sido patologizadas al ser consideradas como sujetos que no nos ajustamos a la normatividad de este eje sexo-género-deseo de normalidad (hetero) sexual.

Así pues, esta patologización construyó al sujeto trans bajo la narrativa del sujeto disfuncional y en el cuerpo equivocado. Dicha narrativa ha versado sobre el sujeto trans como intrínsecamente enfermo que, dado que tiene su mente atrapada en un cuerpo equivocado, rechaza dicho cuerpo y en especial rechaza su genitalidad.

Esta construcción médica, además, traía consigo una serie de prácticas tecnológicas de intervención sobre el cuerpo para “corregir” eso que se concebía como un desajuste en el terreno del eje sexo-género-deseo en los sujetos.

De esta manera la psiquiatría y la medicina reconstituyeron la normatividad de dicho paradigma en el tratamiento de los cuerpos trans. Si se es mujer, se tiene que tener una vagina y ser femenina dentro de los roles sociales dados a las mujeres. Si se es hombre, se tiene que tener un pene y ser masculino dentro de los roles sociales dados a los hombres.

Esta mirada patologizante y normativa sobre el género, de hecho, sigue operando en cierta medida en las instituciones de salud del país cuando una persona trans se presenta en un consultorio médico para acceder al tratamiento hormonal.

Primero, el psicólogo o psiquiatra hará un diagnóstico diferencial para descartar algún tipo de enfermedad mental. Si se descarta algún tipo de enfermedad mental, en la siguiente parte entra en acción una lógica de veridicción de parte del psiquiatra o psicólogo que evaluará el discurso de la persona trans para verificar que realmente se es hombre o mujer.

En esta veridicción se evalúa la historia de vida de la persona trans y, en la mayoría de los casos, se espera que dicha historia contenga la narrativa patologizadora que formuló la psiquiatría en donde existe el rechazo hacia el propio cuerpo y los genitales, y además que contenga un relato transnatalista y normativo sobre el género, en donde siempre se ha sido del género que reclama la persona y esta forma de ser, ya sea mujer u hombre, esté marcada de forma estereotípica.

De ahí que el objetivo del día por la despatologización trans sea señalar las consecuencias que esta patologización históricamente ha tenido, y continúa teniendo, sobre la vida de las personas trans.

Así pues, las consecuencias de esta patologización han sido de diversa índole. Por un lado ha conllevado a una injusticia hermenéutica en donde la mayoría de las personas trans tienen ante sí como herramienta principal de interpretación el discurso y la mirada patologizante hegemónica, lo cual lleva a interiorizar dichos discursos y las afectividades que éstos implican, como es el sentirse un sujeto enfermo, fallido o incompleto.

Por otro lado, esta patologización genera una injusticia al nivel del testimonio y del deseo ya que para poder acceder a los tratamientos hormonales o quirúrgicos se debe modificar la historia personal sobre cómo cada quien ha seguido una trayectoria distinta en el ser trans, y además, una forma distinta de desear incorporar y encarnar el género, como sería el caso de las personas trans que disfrutan de su genitalidad.

Habiendo dicho esto, quisiera señalar que la crítica a la patologización no implica negar las experiencias de disforia o dismorfia que llegamos a experimentar las personas trans, sin embargo sí implica señalar que dichas experiencias no son exclusivas de las personas trans y que dichas experiencias nacen de una emocionalidad colectiva que constantemente nos invalida como hombres o mujeres  y que señala nuestros cuerpos como falsos o fallidos.

Por ello, tampoco se trata de criticar los caminos específicos que cada persona trans decida recorrer en su transición y el uso que haga de las diferentes tecnologías para modificar el cuerpo.

Más bien de lo que se trata es de criticar el discurso de la psiquiatría y ahí donde ese discurso se ha vuelto la norma para acceder a nuestros derechos como el acceso legal a la identidad, o a la salud.

Hoy en Ciudad de México podemos acceder al derecho legal a la identidad sin necesidad de presentar un diagnóstico psicológico, o comprobar que hemos ingerido hormonas, o que nos hemos practicado alguna cirugía para validar nuestra identidad, y esto es gracias a la lucha en contra de la lógica patologizadora. Sin embargo esto no siempre ha sido así y tampoco es el caso en todos los países.

Por otro lado, otra de las consecuencias de la patologización es que el acceso a la salud trans se ha estructurado desde este paradigma de la enfermedad que, desde el binarismo de género, nos concibe como cuerpos que deben ajustarse mediante hormonas y cirugías para ser mujeres u hombres “completos”.

Por esto, en este día las personas trans exigimos el acceso a los tratamientos hormonales otorgados por el Estado de forma gratuita desde el derecho a la salud y el derecho al libre desarrollo de la personalidad. Desde un paradigma que conciba el acceso a la salud trans como un derecho no de alguien que está enfermo sino como el derecho que se tendría que otorgar a toda persona porque se considera que dicho derecho es fundamental para su desarrollo dentro de una sociedad.

¿Nos hemos despatologizado ya? 

Como mencioné es un inicio, este año es significativo para la lucha por la despatologización porque en junio la OMS eliminó la “incongruencia de género”- la transexualidad- del apartado de enfermedades mentales y la colocó dentro del apartado de “disfunciones sexuales” en el CIE-11.

No podemos decir que la lucha por la despatologización trans no ha tenido impacto alguno sobre la concepción hegemónica que se tiene sobre nuestros cuerpos y subjetividades. El reciente cambio emitido por la OMS y los cuestionamientos que ha habido al interior de la psiquiatría en los últimos años, en donde se plantea que una persona trans no es sinónimo de una persona con algún tipo de trastorno mental, y que más bien toda perturbación mental obedece a la transfobia, es el efecto de este largo proceso de lucha por la despatologización.

Si bien es cierto, como han criticado activistas trans, que dicho cambio no elimina la patologización por completo, porque mantiene la transexualidad dentro de un catálogo de enfermedades y dicha permanencia ya es en sí misma estigmatizante, también es cierto que la permanencia de la transexualidad dentro de dicho catálogo obedece al paradigma imperante en medicina sobre el acceso a la salud.

Dicho paradigma, que ya mencioné en el punto anterior, construye la salud como un derecho para las personas que están enfermas. Es por eso que la salida de las personas trans de los catálogos de enfermedades ocurrirá en la medida que dicho paradigma cambie, no solo para dignificar a las personas trans sino otras condiciones que se abordan desde la enfermedad, como el embarazo.

Sin embargo, como ya han señalado distintos analistas, la permanencia de la transexualidad dentro del CIE-11 es necesaria porque las personas trans requieren de tratamientos médicos y farmacológicos estandarizados, a la vez que un monitoreo constante sobre nuestra salud, y dicho catálogo contiene un conjunto de conocimientos estandarizados que sirven de base para que en distintos países los programas de salud sepan abordar y llevar a cabo transiciones hormonales, o cualquier otro tipo de intervención, en personas trans.

Mientras tanto, dicha modificación la encuentro positiva, pero todavía insuficiente para nuestra radical despatologización.

No obstante, celebro los aspectos positivos en los que se tendría que traducir dicho cambio en el CIE-11, como es el hecho de que tendrían que ser eliminados los diagnósticos psicológicos como parte de los procesos de acceso a los tratamientos médicos de transición.

Llegados a este punto, también es importante señalar que la eliminación de las identidades trans de los apartados de trastornos mentales y los manuales psiquiátricos es un paso ganado en la lucha por la despatologización. Es un paso en eliminar la letra que por décadas ha justificado la patologización y el estigma social.

Es por esto que despatologizar en la institución médica es solamente un paso en la lucha por despatologizarnos completamente, ya que la lógica patologizante sigue operando aún fuera de las instituciones de salud en espacios como la calle, la escuela y el trabajo.

Un ejemplo de esto es la actual ola de transfobia desatada a raíz de la participación de Ángela Ponce en Miss Universo. Esta ola de transfobia ha dejado ver cómo la patologización está más que instalada en el sentido común y es ejercida en las redes sociales por los sujetos de a pie, con comentarios que afirman que las personas trans somos “un intento de normalizar los trastornos mentales”, o que es políticamente incorrecto querer “normalizar un problema psiquiátrico”.

Es esta lógica patologizante la que gesta odios que llevan a nuestra exclusión del trabajo, de la familia, de las amistades, del amor y, en el peor de los casos, nos excluye del derecho a la vida.

Por ello en este #OctubreTrans seguiremos luchando contra la transfobia y por la despatologización de nuestro deseo, cuerpo y subjetividad.

 

 

@LNDiversidades

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