El acompañamiento otro y la experiencia feminista

Este acompañamiento nombra y describe una serie de prácticas y trabajos a través de los cuales las mujeres, sin recurrir a estructuras estatales, se solidarizan unas con otras que están en riesgo.

Por: Ana María Martínez de la Escalera

El acompañamiento bajo varias modalidades (legal, terapéutico, psicoanalítico, etc.) es suficientemente conocido en nuestros días. Se trata de un recurso que, por lo general, brindan profesionales de áreas distintas de la salud o de la práctica jurídica. Implica, por tanto, una relación de intercambio económico que se ha visto naturalizado y que reduce las interacciones entre individuos y grupos a finalidades escuetas de cumplimiento de un cometido medido temporal y monetariamente. Así, nos hemos acostumbrado a que se acompaña para tal o cual situación, por tanto o cuanto tiempo, y donde este último es medido por criterios de prestación de servicios. Sin embargo últimamente, como parte de prácticas del activismo feminista, se ha ido extendiendo la actividad de un acompañamiento otro.

Este acompañamiento nombra y describe una serie de prácticas y trabajos a través de los cuales las mujeres, sin recurrir a estructuras estatales, se solidarizan unas con otras que están en riesgo. Un ejemplo muy conocido es el acompañamiento para el aborto, tanto en entidades federativas que cuentan con causales legales, como en aquellas que no cuentan con excluyentes de responsabilidad. Acompañar brinda información, vincula a las mujeres con defensoras de derechos humanos pertenecientes a diversas profesiones o a ninguna en particular (es notoria la cantidad de estudiantes de educación superior comprometidas con tareas de acompañamiento), pero que poseen saberes colectivos necesarios para enfrentar la práctica mencionada. A veces, según se ha testimoniado, implica un compromiso preciso que resuelve una situación, situación de la que la mujer sale fortalecida para el uso de sus derechos ciudadanos o humanos. Otras veces, implica una temporalidad decidida por quien lo necesita y demanda. El acompañamiento pertenece a una dimensión colectiva de lo social que se autoorganiza más allá de políticas públicas e instituciones. En ocasiones, el acompañamiento recurre a la dimensión estatal con un propósito definido, por ejemplo, exigir un recurso médico o jurídico, pero no depende de este recurso que permanece instrumental.

El acompañamiento otro

El acompañamiento es un despliegue de estrategias de reforzamiento del desvalido cuerpo individual.[1] En este caso, la práctica se ubica más allá del mercado, al menos en lo referente a su núcleo relacional: quien acompaña y quien es acompañada. O más bien, entre quienes se acompañan, sin distingos jerárquicos. Sin duda, hay algo no tan positivo que pensar en el acompañamiento: en la medida en que el activismo del acompañamiento recibe recursos de organismos internacionales para sobrevivir, puesto que sus acompañadas no pagan el servicio, el tema de los recursos económicos y la supervivencia del grupo requiere una crítica permanentemente abierta al debate entre activistas,  para evitar que la prioridad sea, justamente, la búsqueda de apoyos económicos; hay que decididamente puntualizar que, de hecho, el acompañamiento no puede convertirse en un servicio comercial. De ahí el nombre de acompañamiento otro para hacer énfasis en la condición de diferente, alternativo y en la cuestión de que las acompañadas son sobre todo otras, producto de exclusiones a la vez que fuente de la invención colectiva de saberes y quehaceres.

Colectivización

El acompañamiento otro es apertura a profundos cambios en la colectivización de subjetividades de las mujeres y en la transmisión de experiencias compartidas, mediante la invención de nuevos vocabularios, los cuales, aunque singulares, imponen o ponen sobre la mesa de los debates entre mujeres la posibilidad de intercambiar las diferencias para aprender juntas el ejercicio y disfrute de derechos humanos y de quehaceres inéditos y gozosos[2]. Acercarse a las activistas del acompañamiento, escucharlas, participar en sus debates, deliberaciones, intercambios de testimonios, experiencias transmisibles y a la vez absolutamente no comunicables (por la ausencia de vocabularios colectivos[3]), es una tarea tan importante y necesaria para el pensamiento crítico, como teorizar mediante la interrogación de las evidencias del vocabulario a través del cual politizan las mujeres su participación social y sus cuerpos. En el acompañamiento cohabitan modos de saber que redefinen la amistad, la solidaridad, el aprendizaje colectivo, la experimentación y las estrategias que despliegan los cuerpos como soportes de un espacio público alternativo.

Descubrimos en el acompañamiento una dimensión mediada y a largo plazo, realizada en la incorporación de las tecnologías de la comunicación y sus redes de intercambio y circulación. Incorporación que, a su vez, incita un cuestionamiento crítico de los usos de las redes, y, por otra parte, no olvida conducir esas intermedialidades por derroteros otros, posibilitando usos diversos y diferentes; es decir, usos que hacen factible el devenir otro de la comunicación entre mujeres.[4] También encontramos en el acompañamiento una dimensión inmediata, que debe responder al peligro que acecha los cuerpos de las mujeres que sufren permanentemente formas de violencia. Estas dos dimensiones, por fortuna, entrelazan sus efectos, multiplicando saberes y finas tecnologías de la subjetividad.

Un laboratorio

La multiplicación de saberes de las mujeres, saberes situados, puntuales, ejemplifica la fuerza de la diversidad. Fuerza que el acompañamiento generoso contribuye a engrosar y profundizar. Nos referimos a una fuerza materializada en saberes del cuerpo y en su experimentación. A su manera, el acompañamiento actúa como un laboratorio en el cual, de manera acotada, se ponen a prueba prácticas y ejercicios de solidaridad. Se ensaya, en sentido estricto, el ser humanas de otra manera que como lo hemos sido hasta ahora.

Tecnologías

El acompañamiento pone en acción tecnologías muy específicas. A través de ellas el cuerpo del acompañamiento descubre sus posibilidades, aquello que puede llegar a ser y aquello que puede abandonar. Descubre que la transformación es factible además de posible. Estas tecnologías toman partes del cuerpo individual y autonomizan sus fuerzas a través de relaciones de coparticipación y coadyuvancia que respetan la diferencia y renuncian a jerarquías y autoritarismo. Así, el brazo que sostiene a la otra deja de servirnos, de funcionar para la unidad del cuerpo del que procede, y se transforma y muta temporalmente, provisoriamente, en bastón o incluso en brazo de la acompañada. El brazo casi siempre es voz. Esta mutación es muy valiosa para la teoría del acompañamiento. Las partes del cuerpo y sus efectos ocupan, cuando es necesario, otros espacios, otras relaciones, se ponen a mimetizar otras funciones. El brazo como es sabido habla, exige, demanda, “sirve” para mucho más que agarrar, sujetar: libera. En este caso la liberación no proviene del cumplimiento de una función prescrita sino del abandono de la prescripción y de la entrada en un mundo de posibilidades otras, alternativas.

Escucha responsable

Hoy los colectivos de acompañantes están reuniéndose para intercambiar experiencias e interrogar las mutaciones sociales que ellas implican en la vida de las mujeres. Las diferencias han sido tan bien recibidas como aquello en común y similar que las caracteriza en la forma de encarar la escucha. Precisamente es la escucha responsable de quien precisa apoyo y sostén, no solo para el goce de sus derechos sino para encontrar a las mujeres con las cuales establecer nexos de solidaridad, lo que el acompañamiento defiende de manera tácita y explícita. Responder a la demanda, a la necesidad, al dolor, al miedo y a la valentía de las mujeres que recurren, por ejemplo, al aborto, es lo que es enseñado prácticamente, colectivamente y transmitido sin reparo alguno.

 

@LNDiversidades

 

Referencias: 

[1] Cuerpo no desvalido per se sino efecto de desprendimiento de fuerzas obtenidas en la organización solidaria de tareas y de acciones. Este desprendimiento de fuerzas colectivas es un proceso o una tecnología de individuación del cuerpo que resulta similar a una conciencia subjetiva cuando en realidad es una suma de procesos.

[2] El gozo debe pensarse fuera de la esfera de influencia de un yo narcisista. El gozo, desde el ejemplo de la danza colectiva, enciende los cuerpos que despreocupados de su interés privado, tienen lugar públicamente, reinventando, es decir reactivando el gesto, la postura, el movimiento en respuesta a la dinámica de las demás.

[3] Ausencia que tendrá que ser permanentemente subsanada en comunidad, en cuya hospitalidad tendrán lugar maneras de nombrar, describir y teorizar, diferencialmente, procurando poner en marcha vocabularios para inventar lo humano y su relación con lo viviente.

[4] En el caso de Las libres de Guanajuato ellas han preparado una aplicación para el acompañamiento del aborto con información detallada para acompañantes y acompañadas. Está próxima a hacerse pública.

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